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El arte de cazar en los bosques de Misiones

domingo 25 de septiembre de 2022 | 6:00hs.
El arte de cazar en los bosques de Misiones

Un cazador de monte requiere dos condiciones esenciales: el conocimiento de los rastros y la facultad de orientación. Esta facultad es realmente asombrosa, y si ella puede ser innecesaria en las cacerías de llanura, en los bosques es primordial. Supóngase una selva inextricable, densa hasta ahogar el sol, y de vegetación y terreno uniformes. No hay modo de avanzar media cuadra o efectuar una corrida circular, sin perder absolutamente la conciencia de donde se está. Si los avances, ahora, duran desde el amanecer hasta el crepúsculo, y las corridas tras las piezas han ocasionado, no uno, sino cuarenta círculos y contracírculos, fácil es suponer la remota probabilidad que tiene un buen hombre de saber hacia qué rumbo precisamente está su casa.

Este conflicto no preocupa al verdadero cazador. Esté donde esté, de las vueltas que quiera en el monte, sabrá siempre qué dirección es menester seguir para hallar la entrada del monte. Hay casi siempre indicaciones que el cazador utiliza. Por ejemplo, la dirección del viento, que ha tenido buen cuidado de observar al principio. Concluída la cacería, nuestro hombre levanta la cabeza y mira, allá arriba, en la cima de los árboles, la inclinación de las ramas.

Otras veces, cuando la pieza no se ha internado mucho, vuelve sobre su propio rastro, es decir, por el corte que su machete ha ido haciendo en la maleza al pasar. Pero cuando los perros acorralan al animal, ya no se hacen piques con el machete; los brazos y la cabeza en cuña, el cazador se lanza por entre la maleza, arrollándolo todo. Y, a veces, también, el sol y el viento faltan. ¿Qué impulso inconsciente indica al cazador que por aquí justamente, y no por allí, se va al sitio del monte por donde se entró? Ellos, como nosotros, lo ignoran en absoluto. “Porque sé -responden—. ¡Pero es que por aquí debemos ir!”. Como se ve, la explicación es convincente.

Los perros, luego, son un factor de primera fuerza. El perro de monte es por lo general un animal alto, enjuto, en cuya ascendencia hubo sin duda un lebrel. Conservan mucho del tipo originario, en especial la delgadez del cuerpo, que los cazadores estimulan con la escasa comida.

Perros delgados, en verdad, hay muy pocos; pero flacos, flacos hasta el esqueleto, casi todos. A más, casi todos también reumáticos. Pasan el día tirados en un rincón, huraños, y al caminar arrastran dolorosamente las patas.

Pero estas bestias miserables cambian súbitamente de aspecto al menor apronte de caza, y son las mismas que corren, luchando siempre, catorce horas seguidas tras un tapir o un tigre. Luego quedan una semana tullidos, hasta nueva ocasión.

A veces se internan dos o tres leguas en el monte. Vuelven sobre su propio rastro o guiados, cuando están cerca, por la voz del cazador. Raramente abandonan una u otra de estas dos guías, y parecen en esto inferiores, como orientación al hombre.

Un perro, sin embargo, iba todas las semanas con su amo desde Apóstoles a Posadas. El camino tiene una marcada curva. Una mañana, el perro en cuestión se dio cuenta de que su amo había partido sin él, y se lanzó hacia Posadas; pero en vez de tomar el camino único que conocía, marchó a través de los campos, en línea recta a Posadas, convencido, evidentemente, de que con esa maniobra acortaba mucho el camino. Pero es posible que no abunden animales así.

El conocimiento de los rastros es, como se supondrá, capital en todo cazador. La diferenciación de uno y otro no es difícil, a excepción de algunos con escasa diferencia de aspecto, como el del venado y de pecarí, o de otros que pueden ser confundidos por la edad de los causantes: el de un cachorro de tigre, por ejemplo, y el de una onza o yaguatirica, pueden ser perfectamente iguales.

El escollo grande del estudio de un rastro está en averiguar si es fresco o no, es decir, si remonta a menos de dos horas.

Más allá de este plazo, se considera vieja, por la razón de que el olor del animal se ha desvanecido ya, y los perros no pueden, por lo tanto, seguir el rastro.

Esta debilidad del olfato es el gran defecto de los perros de monte, y cuando se recuerda que en los certámenes de perros de caza es eliminado aquel que después de veinticuatro horas no es capaz de seguir el olor dejado por un pedazo de arenque arrastrado por el suelo, al recordar esto se ve cuán poco se puede contar con nuestros perros, maravillosos, por otro lado, en cuanto a tenacidad, bravura y resistencia.

Las condiciones de la atmósfera influyen también poderosamente. Así, en un día seco, apenas si persistirá dos horas el tufo de la bestia; y en mañanas húmedas, en cambio, puede ser perceptible a un perro hasta cuatro horas después.

Desgraciadamente la caza, que abunda en épocas de sequía, se entorpece mucho por el rápido desvanecimiento del tufo. La intensidad de éste está muy lejos de ser igual en todas las bestias. El del tigre es terriblemente fuerte, y sensible aún para el hombre; persiste mucho tiempo. El del tapir o anta se pierde, en cambio, con gran rapidez. No así el del venado, cuya intensidad compite con la del tigre. El del tateto es fuerte, pero no dura; el del tatú persiste largo tiempo.

Pero la ciencia del rastro estriba en casi dos únicos factores: la diferenciación de un rastro de otro, apenas sensibles en la hojarasca del monte, y el arte de conocer la frescura del mismo rastro. En efecto, un perro de caza corre siempre tras un tufo de bestia, por leve que sea; pero al cabo de una hora, calentando el sol, el olor se desvanecerá del todo, y la corrida está perdida. Cumple, pues, a un buen cazador, no soltar sus perros sino tras un rastro fresco.

Por lo general, y especialmente en tiempo de seca, nada mejor que visitar al aclarar el día el abrevadero habitual de los huéspedes del bosque. Los venados, jabalíes y tapires, son grandes amigos de embarrarse y embarrar su charco o arroyo. Llega el cazador y halla el rastro, la mayor parte con agua dentro. Si el agua está clara, el rastro es anterior algunas horas, y por lo tanto viejo; si el agua está turbia aún, el rastro es reciente. Esto es claro; pero puede no serlo tanto si el terreno varía. Así, en tierra arenosa el agua se aclarará muchísimo más pronto que en turba o arcilla; he aquí una plancha posible para el cazador.

Dentro del monte, o en el campo, la presencia de un rastro es ya más difícil de apreciar. Descontando el eterno factor del tiempo -seco o húmedo- todo depende de la práctica y del olfato.

La mejor trampa, aunque no la más usada, es el cepo común de lobos. No hay modo de que se escapen la pata u hocico que caen en él. Sobre la recia cáscara del tatú, sin embargo, las mandíbulas de acero no tienen efecto alguno, resbalan. Para este gran comedor de mandiocas se usa el mondeu, palabra a todas luces portuguesa. Consiste en un fuerte tronco que se suspende por un extremo, gracias a un ingenioso sistema de que los nativos son creadores. Por cebo, un pedazo de mandioca. El tatú se insinúa bajo el tronco, y éste cae sobre su lomo, con un peso no inferior a 100 kilos. De aquí, seguramente, el nombre de ¡Dios mio! que tiene esta trampa.

Para aguties, pacas, venados, zorros, se arma una cimbré, aparato muy conocido, aun en los pueblos. Un lazo corredizo sujeto a una vara fuerte y flexible que se endereza ahorcando al animal, en esto consiste.

Para el mismo venado, y sobre todo para el tigre, se utiliza una armadilla, que es en suma una, dos o tres escopetas con los gatillos unidos por una cuerda de que cuelga el cebo.

El fuego de las armas converge a éste, y es muy raro que la pieza escape.

Otras veces, en vez de poner cebo, se cruza la cuerda sobre el sendero -o carrero, de la bestia, que al pasar hace disparar el arma.

Mas, a veces, el tigre, cuya desconfianza corre parejas con su astucia, se resiste a toda armadilla; cambia día y noche de sendero. Entonces se establece en el teatro de sus incursiones un girao, también palabra portuguesa, y que consiste en una especie de alta ramada sobre la que se establecen los cazadores al caer la noche. El tigre llega al olor del cuarto de vaca y se aproxima, o no. Si no se aproxima, al día siguiente se ata allí una ternera o aun una vaca. Los cazadores no acuden esa noche, pero sí a la siguiente, porque el tigre vuelve irremisiblemente, y por más desconfianza que tenga, a concluir en una segunda noche su comida de la víspera. En ocasiones la fiera, en vez de saltar sobre la vaca deshecha, salta directamente sobre el girao; pero esto es asunto de los cazadores, y bien conocen ellos esta probabilidad.

No es raro que, a menudo, estas interesantes cacerías concluyan en forma trágica.

El menor descuido puede costarle la vida al cazador más hábil.

Una vez que el tigre enfurecido ha clavado sus garras en la carne del hombre, no abandona su presa. Prefiere morir antes de abandonarlo.

Los compañeros del cazador ultiman, allí mismo, a la fiera que, en un espasmo de agonía, abandona entonces el cadáver de su víctima.

De ahí que muchas veces estas excursiones a través de los montes, terminen con una nota triste: el entierro del cazador cazado...

El relato es parte del libro La vida en Misiones. Quiroga vivió varios años en San Ignacio. Algunos de los libros publicados: Historia de un amor turbio; Cuentos de amor locura y muerte; Cuentos de la selva y El desierto.

Foto: Cazar en Misiones. “Silverio Pedroso, con sus perros Desempeño y Cortavientos, que contuvieron a un puma mientras el cazador lo agarraba de la cola, 1912”. (Archivo General de la Nación)

Horacio Quiroga 

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