miércoles 29 de junio de 2022
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Van Meegeren

domingo 15 de mayo de 2022 | 6:00hs.
Van Meegeren

Durante los tres años estudié en Holanda. Me hospedé en la casa de la familia Polman Tuin en la ciudad de Deventer.

Hace un tiempo se me ocurrió buscar la casa en Google Earth. Efectivamente la encontré. Hasta vi la ventana abierta del cuarto que ocupé desde 1945 hasta el 48.

El dueño de casa era profesor de literatura holandesa en varios colegios secundarios de la ciudad. La señora era muy culta y simpática. Tenían un hijo de alrededor de 10 años llamado Pim.

La casa estaba decorada con exquisito gusto. Había muchas alfombras Persas y muebles antiguos de roble. Las paredes estaban decoradas con cuadros. Muchos de ellos pintados por un hermano de la señora, un pintor llamado Han Van Meegeren.

Era conocido en Holanda. Había cursado Bellas Artes después de abandonar la carrera de arquitectura contra la voluntad de su padre que también había sido arquitecto.

Tenía una considerable fortuna y vivía sobre uno de los Grachten (canales) que atraviesan Amsterdam. Era un poco excéntrico y extrovertido, muy hospitalario y con un sentido del humor fino y mordaz. Fui invitado varias veces a pasar fines de semana en su casa. Me venía muy bien porque había conocido a una chica que vivía en la afueras de Amsterdam y pasamos muchas horas en su estudio.

En el año 1946 fueron repatriadas muchas obras de arte que los Alemanes habían confiscado (robado) durante la ocupación.

Entre estas obras se encontraba una pintura del famoso pintor Johannes Vermeer, del siglo 17. La rescataron de la colección de arte de Herman Goering, el comandante de la Luftwaffe alemana y lugarteniente de Hitler. El cuadro tenía en nombre de “La cena de Emaús”.

La pintura fue evaluada por los mejores entendidos y críticos de arte. Llegaron a la conclusión que era una pintura de Vermeer no conocida hasta entonces e hizo furor.

 Sin embargo Han van Meegeren se presentó declarando que el cuadro había sido pintado por él y se la había vendido a Goering durante guerra.

Lograr engañar a expertos holandeses y alemanes en todo caso no es cosa menor.

Con el orgullo herido los críticos se unieron y van Meegeren fue acusado de falsificador.

 La pintura no era una falsificación. Era un tema original, elaborado con toda la técnica y los típicos colores amarillo, azul y verde que había utilizado Vermeer.

La había pintado cuando vivía en el sur de Francia. Fue pintada con pintura mezclada con baquelita. Se obtuvo así un endurecimiento precoz. Al enrollar repetidamente la tela se produjo el típico craquelado que fue después tratado con tinta china para rellenar las fisuras haciéndola parecer antigua. Además estaba firmada con V M. Así firmaba Vermeer y así también siempre firmaba van Meegeren.

Para probar esto se puso a disposición de sus acusadores y pintó otro cuadro con los mismos métodos bajo estricta vigilancia.

Los críticos retiraron la acusación de falsificador y lo acusaron de colaboración con el enemigo. De ser condenado tendría que cumplir hasta tres años de prisión.

Todo esto tuvo gran repercusión en diarios y revistas y radio. Todo el mundo estaba enterado de los detalles. En consecuencia sus pinturas subieron inmensamente de valor en el mercado.

Obras de arte siempre pagaron impuestos muy altos en Holanda.

Cuando volví de mis primeras vacaciones de verano noté que habían retirado muchas pinturas del living y la sala de lectura y las habían reemplazado por otras.

Entre ellas había un cuadrito de un interior de iglesia. Mi preferido. Con él había ganado un concurso en Amsterdam antes de la guerra. El premio era dinero y una medalla de oro. Mi dueña de casa me contó que vendió la medalla inmediatamente y el premio lo convenció abandonar el estudio de arquitectura para dedicarse únicamente a la pintura.

Entre otros, también desapareció un Cristo crucificado del descanso de la escalera. Nunca pregunté, pero me imaginé que los habían guardado para evitar pagar los altos impuestos.

Quedó colgado en el comedor un magnífico cuadro de una chica campesina con un enorme ramo de flores en los brazos.

Efectivamente unas semanas más tarde aparecieron inspectores en el domicilio para hacer un inventario de las pinturas que había.

El juicio estaba en pleno proceso.

Han van Meegeren era un fumador empedernido y no le escapaba al trago. Tenía alrededor de 50 años y sufría de angina péctoris. De eso, por supuesto, yo no estaba enterado.

Estaba en su casa en Amsterdam un sábado a la tarde cuando llamaron a la puerta e hicieron pasar a un señor vestido con un uniforme de marina extraño para nosotros. Era un oficial de la marina Brasileña, acompañado de un intérprete.

Lo invitaban a almorzar al día siguiente en el buque escuela Almirante Saldanha que estaba anclado por unos días en el puerto, le comunicaron que el capitán tenía algo importante que decirle. Todo muy misterioso. VM aceptó con gusto y preguntó si yo lo podría acompañar. No hubo objeción.

Al mediodía de ese domingo bajamos de un taxi en el muelle al lado del buque escuela. Nos recibieron con los silbatos y la fanfarria digna de hombres a quien obedecen todos y nos guiaron a un salón donde fuimos presentados al capitán y otros oficiales. Nos invitaron a tomar una copa y luego nos dirigimos al comedor.

 El capitán se sentó en la cabecera, van Meegeren a su derecha y el traductor a su lado. A mí me ubicaron al lado de éste. Si bien no soy ducho en portugués pude entender bien la conversación. Además el intérprete traducía con precisión. Hablaron de arte moderno y de pintura en general. Me llamó la atención lo informado que estaba el capitán y el grado de cultura general que tenía.

Después del almuerzo nos invitó a una salita contigua. Nos sentamos y le comentó que estaba al tanto del juicio al que estaba sometido y mencionó que en ese momento estábamos todos en territorio brasileño.

Le comunicó que el gobierno brasileño le ofrecía la ciudadanía con la condición de instalarse en el Brasil para continuar con su arte. Nos mostró las fotografías de varias casas en los alrededores de San Pablo donde podía instalarse si quería. El traslado lo podía hacer con el mismo barco escuela si así lo deseaba. De cualquier manera que viajara, el gobierno brasilero lo recibiría con los brazos abiertos.

Después de reponerse de la sorpresa, van Meegeren le contestó que estaba muy asombrado y agradecido por el magnífico gesto y le pedía un día para contestar. Luego volvimos al comedor y media hora después abandonamos el barco con todos los silbatos de rigor.

En el taxi me comentó “Que lástima que no puedo aceptar, estoy demasiado enfermo! “.

El juicio siguió su curso. En el año 1947 fue condenado a un año de prisión. Ese mismo día tuvo un ataque cardíaco. Lo hospitalizaron.

Fui a visitarlo al hospital, estaba un poco mejor. Lo encontré de muy buen humor sentado en la cama. Había recibido cientos de cartas de todo el mundo y estaba contestando cada una de ellas con un dibujo de sus conocidos cervatillos. Cada uno distinto.

 Me dijo que él no pensaba a ir a la cárcel.  A los pocos días falleció.

Muchos meses más tarde, su hermana, mi dueña de casa, me comentó que su hermano era muy amigo de su cardiólogo y que ella sospechaba que éste lo había asistido para morir.

El relato corresponde a vivencias del autor en la década del 50. Son parte del libro Recuerdos de Misiones, inédito. Klomp tenía propiedades en Eldorado. Falleció en 2019 en Buenos Aires.

Gerardo Klomp

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