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La traición del rey

domingo 15 de mayo de 2022 | 6:00hs.
La traición  del rey

Dios te guarde a ti Vuestra Majestad que eres nuestro padre, te decimos nosotros, el cabildo y todos los caciques, con los indios e indias y niños del pueblo de la reducción del Yapeyú.

El 11 de noviembre, día de San Martín, nos cantó misa el padre Diego en la iglesia principal. Terminada la celebración nos llevó a la plaza central. Se paró en la escalinata de la iglesia para hablarnos. Su rostro serio y solemne presagiaba que un mal muy fuerte turbaba su corazón. Entre lágrimas y profunda congoja nos dijo que él personalmente y todos los otros padrecitos de la Compañía debían abandonar nuestro pueblo y todos los otros pueblos, de estas las misiones guaraníes del Paraguay.

Los indios, indias y los niños reunidos en la plaza no podemos creer, tampoco podemos convencernos de que nuestro Rey, tan santo, tan bueno y justo, ordenase por disposición real que nosotros, sus vasallos tan fieles, quedáramos a merced de nuestros enemigos, que son también enemigos de Vuestra Majestad.

Nosotros tenemos muy bien entendido que somos vasallos de Nuestro Santo Rey y, como tales, veneramos y cumplimos sus mandatos en correspondencia de las promesas que desde los principios nos tiene hechas. Pero de ningún modo podemos creer, ni aun sospechar, que lo que vosotros intentáis sea voluntad suya. Nuestro Santo Rey no sabe ciertamente lo que es nuestro pueblo, ni lo mucho que nos ha costado. Más de 100 años hemos trabajado nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos para edificarlo.

Nuestros abuelos arriesgaron sus vidas y otros fueron muertos cuando acompañaron al padre Roque a evangelizar toda la tierra tan basta del Tape.

Nosotros no nos merecemos esto. Y tampoco podemos creer que un rey a quien fuimos y somos leales, desde tan lejos, rodeado de su corte y desconociendo nuestras condiciones, decida así, por una orden, el futuro de nuestras vidas y de nuestras familias.

Vuestra Majestad, es preciso recordarle y describirle de dónde venimos, cómo llegamos aquí y el ominoso futuro que nos espera.

Todos los hombres nacemos libres. En el principio no teníamos más que un nombre y una condición, la naturaleza nos había hecho a todos iguales. Nuestra libertad natural duró poco. Hasta que llegaron los españoles. La codicia se apoderó de sus corazones y con las fuerzas de sus armas obligaron a nuestros hermanos a trabajar como esclavos en sus plantaciones.

Ahí están los yerbales del Mbaracayú como testigo de nuestra desgracia. Están llenos de nuestra gente. El cementerio solo tiene huesos de nuestras mujeres; los huesos de nuestros jóvenes y hombres. Son lechos de muerte.

Cuando nos veíamos pobres y maltratados por los españoles, nos parecía que Vuestra Majestad nada sabía. Hacía tiempo que habíamos escuchado esa palabra: no vayan al Mbaracayú contra su voluntad. Pero los españoles no hacían caso.

De esos trabajos no traíamos la más mínima cosa. Nada pagaban los españoles por el cansancio de nuestra gente. Lo único que conseguíamos era agotamiento y enfermedad.

Nosotros no hemos sido conquistados por español alguno, por razón y palabras de los padres nos hicimos vasallos de V.M. Los padres de la Compañía de Jesús saben conllevarnos, y con ellos somos felices. Ellos nos han rescatado de esos infiernos. Además, nosotros no somos esclavos, ni tampoco gustamos del uso de los españoles, los cuales trabajan cada uno para sí, en lugar de ayudarse uno a otro en sus trabajos de cada día.

¿Será pues un español el que dará el primer golpe contra nosotros, un español bendecido por Dios y su iglesia el que destruirá todo esto, todo lo que con la ayuda de los padres hemos hecho? ¿Sabrá Vuestra Majestad de nuestras magníficas iglesias construidas de piedras de sillería, de nuestras casas, de nuestras plantaciones, de nuestras estancias?

Estamos y estuvimos siempre deseosos de complacerle en lo que nos ordenara; habiendo ido muchas veces a la colonia como auxiliares, trabajando para pagar el tributo. Hemos ido a Buenos Aires a hacer el fuerte, fuimos también a Montevideo a hacer el fuerte, fuimos a sosegar a los del Paraguay y hacerlos fieles vasallos como nosotros. Hemos abastecido a Asunción, a Córdoba y a Buenos Aires con las vacas y yeguas de nuestras estancias. Cumpliendo y venerando siempre sus palabras.

Y ahora Vuestra Majestad ordena nuestro extrañamiento. ¿Por ventura nuestro Rey ha mudado su voluntad santa, que era la misma con la voluntad de Dios?

Pedimos, imploramos una respuesta, que los padres se queden. A cambio invitan a nuestros caciques y corregidores a fastuosas comidas en Buenos Aires. Los visten, los halagan con honores y promesas. Y a nosotros nos envían mensajeros que nos piden cacemos y enviemos loros y otras aves de colores, vistosas para V.M. Sentimos mucho no podérselos enviar, porque dichos pájaros viven en las selvas donde Dios los crió, y huyen volando de nosotros, de modo que no podemos darles alcance. Pedimos a cambio que Dios le envíe la más hermosa de las aves, que es el Espíritu Santo, para que lo ilumine y entienda nuestro pedido.

Vuestra Majestad, bien puedes tu venir a sacarnos a nuestros padres y echarnos de esta tierra en donde Dios nos puso ¿y hemos de abandonar de balde, por ventura, nuestra grande y hermosa iglesia, que Dios nos dio con el sudor de nuestro cuerpo? En ninguna manera es bien que nos quedemos sin el cuidado de la Compañía y que ante la amenaza de los portugueses que avanzan desde el este, nos mudemos. Aún los animales se hallan y aquerencian en la tierra que Dios nos dio, y queriéndolos alguno echar, acometen ¡cuánto más nosotros, aunque forzados y contra nuestra voluntad, acometeremos!

Vuestra Majestad ordena esto que tanto dolor produce entre nosotros. ¿Acaso nuestro Rey ha mudado su voluntad santa?

Si el rey nos ha abandonado, nosotros seguiremos fieles a la voluntad de nuestro Santo Dios que nos cuidará y levantará alguien de entre nosotros, de nuestra tierra para protegernos. Porque así está escrito: “Cuando los hijos de Israel clamaron al Señor, el Señor levantó un libertador de entre los suyos”. (Jueces 3.9)

Esto te decimos y escribimos los caciques y todos los indios de la misión del Yapeyú, hoy 11 de noviembre.


Nota del autor
:
Inspirado en los escritos de los indios guaraníes de las reducciones recopilados y traducidos por el estudioso Bartomeu Meliá.

El rey Carlos III ordenó la expulsión de los sacerdotes de la Compañía de Jesús entre enero y febrero de 1767, lo que se concretó un año más tarde. Los intentos de caciques y principales de las misiones guaraníes para que los padres se quedaran con ellos fueron desoídos, ni siquiera contestados por las autoridades españolas. Diez años después de la salida del último de los padres jesuitas, nació en Yapeyú José Francisco de San Martín, libertador de América.

El relato es parte del libro La clave Zipoli, que fue seleccionado para representar a la provincia de Misiones en la Feria Internacional del Libro realizado en Buenos Aires.

Roberto Maack

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