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La adivina

domingo 27 de marzo de 2022 | 6:00hs.
La adivina

Los servicios predictivos de la supuesta “vidente” se lo había recomendado su sobrina. “Es muy buena en lo suyo y te dice la justa”, repetía con entusiasmo y convencimiento.

El profesor de biología, Jorge Lamosquen, se declaró siempre escéptico de las ciencias esotéricas. Nunca creyó en la astrología, la adivinación, la magia, la alquimia y las demás artes que, desde la antigüedad, estudian los secretos del universo no revelados por vías de la razón. Sin embargo, el docente universitario tenía cierta curiosidad por sus prácticas, y quería conocerlas en primera persona. Aceptando la sugerencia de su sobrina, decidió visitar a la pitonisa que “atendía” en las periferias de la ciudad. En la húmeda siesta de septiembre su sombra caminó por un lienzo de chivato florecidos que anunciaban la morada de la profesional de las ciencias ocultas. La puerta se abrió y con Jorge ingresaron sin permiso un sin número de interrogantes.

Ella estaba sentada en soledad, acodada sobre una mesa redonda de madera. Asediando el mueble, decenas de velas aromáticas parpadeaban su lumbre de bajo consumo. Lucía un vestido rojo que combinaba perfectamente con el pañuelo atado en su cabeza. Portaba vistosos aretes, collares y pulseras de perlas blancas. Variedad de añillos en todos sus dedos y un piercing del lado derecho de su nariz. Su mirada era beneficiaria de dos deslumbrantes gemas verdes que podrían intimidar, paralizar o seducir a cualquier mortal. El escenario esotérico se completaba con lechuzas, águilas, palomas e iguanas disecadas y  artesanías de gnomos, duendes, atrapa sueños y llamadores de ángeles. Demasiado marketing para el escepticismo del profesor.

La adivina lo invitó a sentarse. Con miradas penetrantes y voz pausada, comenzó a desplegar su arte.

—Sé perfectamente a qué has venido. La curiosidad es una exquisita fragancia que mis velas y sahumerios no pueden absorber.

—Puede ser —respondió aborrecido Jorge, aprobando a medias la acertada afirmación de la mujer.

—Sólo voy a responder lo que usted pregunte caballero. Y si me permite su mano derecha leeré más de usted en su palma como estímulo a su descrédito.

El profesor extendió su brazo y abrió la palma de su mano en plenitud. La mujer observó con atención. Con la uña de su dedo índice recorrió las cinco líneas que pregona la quiromancia: las líneas de la vida, de la sabiduría, del amor, del destino y del matrimonio. Después de mantener los ojos cerrados unos segundos abrazando el silencio, la vidente encendió una vela de color rojo y comenzó a describir su visión.

—Sos un hombre sensible y muy responsable. El trabajo siempre te abrió sus puertas. Único hijo. No conociste a tu papá, él falleció cuando todavía estabas en pañales.

Jorge escuchaba sorprendido cada afirmación de la mujer procurando que se equivocara en alguna apreciación. Pero ella lo reseñaba a la perfección.

—En el amor todavía no has encontrado una compañera. Disfrutas de tu soltería y te agrada la soledad. La sabiduría es el motor de tus virtudes. Pero cuidado, pronto, muy pronto, culminará tu soledad y tu dicha será eterna por ser un hombre justo.

—¡Eso es imposible! —respondió Jorge frunciendo sus cejas en total desacuerdo con la predicción—. No tengo intenciones de comprometerme y no creo en el amor. Eso demuestra claramente tus prácticas fraudulentas. 

El profesor se levantó de su silla ofendido y se retiró de la casa. Ingurgitando ese mal momento y sumamente distraído trató de atravesar la calle, pero en una fracción de segundos un colectivo urbano lo embistió violentamente causándole la muerte en el acto.

Una procesión de vecinos alterados se acercó al lugar a husmear lo sucedido aglutinándose junto al óbito. Entre ellos la adivina, quien apenada murmuraba nuevamente su predicción: “cuidado, pronto, muy pronto culminará tu soledad y tu dicha será eterna por ser un hombre justo”

Inédito. Rodríguez ha publicado los libros Cuentos con Esencia Misionera y Poemas con Esencia Misionera.

Juan Marcelo Rodríguez

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