martes 09 de agosto de 2022
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Pedro Fonseca contó un sucedido

domingo 30 de enero de 2022 | 6:00hs.
Pedro Fonseca contó un sucedido

Esa tarde en la espesura de la selva en el alto Uruguay misionero, el tiempo presagiaba seguir lloviendo, el sol que aparecía de a ratos, hacía que el calor húmedo no quemara los cuerpos, los hervía. Al llegar la noche, luego de cenar en el campamento del obraje, Pedro Fonseca con voz pausada comenzó a relatar un sucedido, padecido por él mismo y un compañero, en un obraje en las nacientes del río Iguazú:

- “Aquella vez, estuvimos varados en el medio del monte, en un lote de buena madera de ley. Justo ahí en esas soledades, hacía ya casi diez días que llovía sin parar y con mi compañero habíamos quedado presos en aquel monte, con muy poca comida, porque la harina y el charque habían terminado, solo sobraba un poco de grasa y queso duro. La caza no rendía o teníamos mala suerte porque en varias corridas los cuatro perros encontraban algún bicho y esperamos esas corridas con las escopetas y los perros volvían despavoridos, algunos lastimados con heridas que chorreaban sangre en las patas. Para nuestra sorpresa, un día dos perros no volvieron más, los otros sí volvieron ladrando despacito, temblando de miedo; no dije nada, mi compañero también vio lo mismo, pero tampoco dijo nada. Pasó un día, y a la mañana temprano vi cuando ellos salieron del campamento caminando despacito, sin ladrar y entraron al monte, yo pensé que enseguida iban a volver; pero pasada una hora más o menos entré en el trillo que habían agarrado los perros, y nada, ni los rastros de ellos. Busqué bastante y nada. Preocupado decidí volver y mi compañero casi gritando desde lejos me preguntó; “e os cachorros?” — (¿y los perros?), no le contesté nada, él también había desconfiado, cuando ellos salían despacio del campamento caminando uno atrás del otro, enfilando derechito para un trillo por donde se entraba al monte. Ya no teníamos más perros, y prácticamente no comimos tres días, aguantamos a mate y agua de lluvia. Como el fuego estaba prendido abajo de la carpa doble, con el techo reforzado por hojas nuevas de pindó, solo pasamos a mate. Al final del segundo día hice un mate y comenzamos a tomar sin hablar. Al tiempo no aguanté más y le dije a mi compañero muy despacio, que era la Ka’a Póra. Mi compañero quedó blanco, porque estoy seguro que él también sabía que era ella, pero no quería pensar que era ella, y me contestó casi gritando “Eu não tenho medo, nunca mato animais atoa, só mato para comer”, — (Yo no tengo miedo, nunca mato animales de balde, solo mato para comer) para mí que gritó de miedo. Le contesté, que era cierto eso que él decía, pero hacía poco tiempo unos carreros, vinieron a buscar unas toras de pino paraná y mataron siete tatetos allá en la última curva del arroyo, con esas armas nuevas que tiran muchos tiros, solo aprovechamos uno, los otros seis fueron algunos comidos por los bichos y otros se pudrieron en el monte. Levantándose, me devolvió el mate, salió de la carpa y gritó descontrolado: ¡“Não conheço o medo, agora vou caçar um bicho para comer, ninguém segura Jair dos Reis”! — (¡No conozco el miedo, ahora voy a cazar un bicho para comer, a Jair dos Reis nadie ataja!) Ahí no más agarró la escopeta de él y se fue caminando nervioso por el mismo trillo agarrado por los perros y que después ellos no volvieron. Estaba creído que la Ka’a Póra nos estaba castigando, porque nosotros también comimos ese guiso carrero hecho con la carne de ese tateto matado a tiros junto con más de seis bichos, todos matados de balde, sí, así fue que pasó, fueron matados todos de balde esa cantidad de tatetos sin necesidad, nosotros nos divertimos y nos reímos cuando ellos contaban cómo hicieron la matanza de esos tatetos con esas armas nuevas que tiran muchos tiros. Antes del mediodía corrió un vientito fresco y calculé la llegada del sol para el otro día, al otro día con suerte, iban a llegar los cachapés a buscar las toras y seguro los carreros iban a traer comida, y pensé, si no agarraba nada en la aripuca solo era cuestión de aguantar, con suerte, un día y la mitad del otro con agua y mate, y pensé, total yerba hay.”

El silencio era absoluto, todos concentrados no escuchaban los ruidos del monte. Ninguno se animó a interrumpir el relato, siquiera para ir a orinar. La cena ya había terminado, Fonseca se puso de pie y amagó hacer un mate, y Desiderio inmediatamente lo sustituyó y se puso a prepararlo. Alcides Amaral tomaba tereré. Fonseca se acomodó otra vez, en el mismo tronco convertido en banco; y continuó relatando el sucedido:

- “Pasado bastante del mediodía, pensé que era hora de seguir el trillo por donde se había metido en el monte mi compañero Jair dos Reis, anduve como dos horas y los trillos se abrían para distintos rumbos, era imposible saber cuál agarró él. Enfilé por el que me parecía mejor abierto, y nada. Me di en cuenta que si seguía sin rumbo me iba a perder, porque ya noté la luz del día un poco mermada, porque en medio del monte la noche llega antes, pero en ese momento escuché un tiro de escopeta, no demasiado lejos, imaginé el ruido del tiro llegando del norte, justamente para ese lado continuaba un trillo bastante abierto. En media hora encontré a Jair en un claro del monte, acostado en el suelo boca para arriba, tenía la escopeta en la mano y cruzada arriba del cuerpo de él con los dos cartuchos usados. Estaba con los ojos abiertos, primero me miró y no me conoció, le sacudí y le hablé un rato, y recién empezó a conocerme, estaba medio boleado, parecía bastante perdido porque hablaba cosas sin pensamiento. Le ayudé y se sentó en el suelo y yo también me senté junto a mi compañero. Estaba perdido porque Jair no sabía qué estaba haciendo en el monte, ni la hora que era, despacito fue mejorando, y cambió la mirada. Me dijo que había cazado tres palomas en una espera, que ellas estaban atadas y colgadas en el cinto de Jair. En ese momento abrió bien los ojos con mirada firme y recién se despertó mismo. Un poco atolondrado me mostró una tora caída, apuntando con el dedo, esa tora estaba casi podrida. “Nessa tora estava sentada uma mulher com roupa escura, e tinha o rosto branco como leite”, — (En esa tora estaba sentada una mujer con ropa oscura, y tenía la cara blanca como la leche) también me explicó que tenía dos ojos grandes de color negro, medio redondos, sin brillo, parecía que no miraban y nunca ella se había levantado de esa tora podrida, a diez metros de distancia. La cosa que le dio más miedo a Jair dos Reis, fue el momento que ella levantó una mano sin dedos haciendo una seña para las palomas muertas y acollaradas en el cinto de él, y las tres palomas salieron volando, no importó que estaban muertas y atadas. Volaban alrededor de la cabeza de la mujer de cara blanca, con ropa negra, pero volaban muertas, porque no movían las alas y tenían el pescuezo colgando. Una en una, fueron entrando despacio en la boca de esa mujer que con paciencia masticaba y tragaba. Me dijo temblando, que en cuanto ella masticaba una paloma, las otras seguían volando alrededor de la cabeza de ella, seguían volando muertas, hasta que solo quedó volando una paloma muerta, que no movía las alas. Me contó que estaba paralítico de miedo al ver lo que ella hacía y que salían escupidas muchas plumas de la boca de ella, y casi no aguantaba más al mirar eso de tanto miedo. Ahí, usó el último cartucho que estaba en el otro caño de la escopeta, le apuntó bien en el corazón de esa mujer de cara blanca como la leche, y apretó el gatillo, junto con el tiro él quedó sin mente, porque no se acordaba más de nada; de nada mismo.”

Fonseca tomó un mate y se hizo un tenso silencio que nadie atinaba a romperlo, devolvió el porongo, cerró los ojos como buscando la palabra exacta para proseguir con el sucedido:

- “¡Era la Ka’a Póra! porque en el momento, cuando empezamos a volver, me fui hasta la tora donde estuvo sentada esa mujer de cara blanca y ¡yo mismo vi las plumas desparramadas por el suelo! esas plumas que fueron escupidas por la boca de la mujer, mientras masticaba despacio y tragaba una a una la carne de ellas. Fuimos al campamento y tomamos mate, ya no teníamos hambre, así pasamos todo el otro día sin cazar nada en la aripuca, porque de seguro, la Ka’a Póra espantaba las palomas y también cualquier bichito que se arrimaba. A la tardecita del siguiente día llegaron dos cachapés a buscar más madera, y recién comimos un guiso carrero con carne de vaca, nada dijimos de lo que había pasado, para no nombrarle. Si uno habla de ella demasiado, ella te anda revisando de cerca todo el tiempo. Volvimos al pueblo con los carreros. Llegué a mi rancho atrás de la estación del tren en Uniâo da Vitoria, dejé rápido mi ropa, tenía apuro para hablar con la negra Doralina, ella tenía cerca de cien años de edad, y era conocida por saber de lo que iba a pasar, pero mucho más conocida porque sabía de las cosas que ya pasaron, y ella me confirmó todo ¡fue la Ka’a Póra la que nos castigó! era acertado mi cálculo de la rabia de ella por la matanza de balde de los tatetos. La Doralina me dijo que tuvimos suerte porque ella se dio en cuenta de nuestro verdadero arrepentimiento, de reírnos de la matanza de esos pobres bichos. La Ka’a Póra no es mala, tampoco es buena, solo depende de lo que el hombre hace en el monte y del pensamiento de cada uno de los hombres; ella tiene por costumbre andar en las noches oscuras recorriendo para cuidar los montes, porque ella no mira con los ojos, no necesita los ojos para mirar, ella no hace ruido cuando atraviesa el tacuaral en tiempo de la seca. Las balas no le matan, por eso cuando mi compañero Jair dos Reis le tiró el tiro con la escopeta, él quedó sin pensamiento.”

-¿No le entran las balas? — Preguntó conmocionado Desiderio, el correntino más joven.

Fonseca con serenidad y seguridad, mirándole fijamente a los ojos, con palabras pausadas le respondió:

- No le entran ni le salen, no tiene cuerpo de carne. A veces es un ángel y otras veces es un demonio. Ella ve todo lo que vos haces en el monte, también sabe adivinar tu pensamiento. — Sentenció Fonseca.

Se incorporó lentamente, desperezándose, se arrimó al balde de agua fresca y con un jarro bebió algunos sorbos y por un momento quedó mirando concentrado la misteriosa oscuridad del monte; luego rumbeó sin hacer comentarios hacía su camastro. Todos hicieron casi lo mismo, en un silencio contagioso fueron acomodando sus enseres con los acostumbrados movimientos de final de jornada, y el chillido de las tacuaras iba indicando el instante del saludo corto al acostarse. La noche se mostraba oscura como pocas veces, se alcanzaba a escuchar el rumor cadencioso del agua en el pedregoso lecho del arroyo sin nombre que a metros iba a desaguar en el arroyo Paraíso; los músculos llamaron al sueño. En el momento en que el sol prometía llegar, Vicente Amarilla avivaba los tizones de canela viado en el fogón del campamento, iniciando la liturgia mañanera de los montaraces.

* Sucedido: Relato transmitido oralmente, de un hecho fabuloso o inexplicable, con la finalidad de asombrar y dejar un mensaje aleccionador.

Ricardo Argañaraz

Fragmento de la novela: Federico Batista, Matador de tigre. Argañaraz ha publicado además Nevada en Oberá, cuentos.

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