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Misterio en la Forestación

domingo 30 de enero de 2022 | 6:00hs.
Misterio en la Forestación

Esto que les voy a narrar nunca se lo conté a nadie. No fue por falta de valentía, sino porque algunos creerán que estoy loco, otros que soy supersticioso y muchos directamente desatarán las amarras de la burla. Pero realmente me ocurrió y hoy me animo a contarlo

El verano de 1995 comenzaba a dar sus primero pasos. Yo terminaba de cursar mi tercer año en la facultad. Imperiosamente necesitaba trabajar tres meses hasta el inicio de clases en alguna labor de temporada. De Posadas viajé a la localidad correntina de Ituzaingó a probar suerte en la temporada alta. Pero la fortuna no me acompañó en los trabajos tradicionales de playa. En la terminal, aguardando mi colectivo de regreso, un guarda me pasó el dato de que una empresa forestal estaba tomando personal para trabajar de vigilante en las forestaciones. Estábamos atravesando en todo el litoral una prolongada sequía con un elevado nivel de riesgo de incendios.

Ya en la empresa el encargado de recursos humanos me entrevistó y me explicó que el trabajo consistía básicamente en estar alerta en la cima de una torre de 25 metros, vigilar un determinado radio y dar aviso de inmediato a la central si divisaba algún foco de incendio en las cercanías o en la propia forestación. Me ofrecían comida y alojamiento con turnos de trabajo y descanso de 12 por 12 horas. Sin alternativas a la vista acepté la oferta laboral. De inmediato me entregaron un uniforme de grafa y me informaron que a los 18:00 horas comenzaba mi turno. En una camioneta, el capataz me trasladó hasta la torre de vigilancia número 26 distante unos 30 kilómetros del pueblo, donde la empresa era propietaria de plantaciones de eucalyptus saligna. Llegamos a destino y mi ánimo era de los mejores. La torre estaba estratégicamente ubicada y fue construida íntegramente con perfiles de hierro. Trepé entusiasmado por la escalera los 25 metros. En la cima pude observar una extraordinaria vista panorámica de todos los campos y de las plantaciones, que según me dijo el capataz, tenían de 8 años de antigüedad. Handy en mano, hice mi primer reporte: “Aquí Juan Alberto, tomando posición del puesto 26, sin novedad”. Y la respuesta no tardó en llegar: “Copiado Juan Alberto, estaremos atentos”. Después de esa breve comunicación el silencio fue mi compañero.

Mi lugar de trabajo en la cúspide era una especie de cabina abierta muy precaria, con una superficie de 2 x 1,5 metros para que me pueda desplazar. Había una banqueta y, en la parte superior, un plástico negro oficiaba de techo protector contra la lluvia y el sol. Antes de partir el capataz me entregó un revolver calibre 38 largo cargado con 6 cartuchos “por si algún animal salvaje pusiera en riesgo mi vida”.

En las primeras horas el viento norte me murmuraba al oído y una bocanada de aire candente me quemaba el rostro. Los animales del campo vecino estaban exasperados y miraban con deseo la sombra de la forestación. Una línea extensa de alambrado de 5 hilos les frustraba el paso.

El ocaso pintaba un maravilloso lienzo con matices naranja y rojo en la despedida del astro rey, quien se escabullía abriendo los portales del cielo a una imponente luna llena, que en plenitud, emergía con su lumbre para colaborar conmigo en la vigía. En ese majestuoso momento me acordé de una frase que mi abuelo repetía mientras miraba el crepúsculo: “la noche trae consigo infinitos misterios”.

Desde la altura sólo se escuchaba las andanzas del viento acariciando las copas de los eucalyptus. Su efecto somnífero me venció. Sentado en soledad cerré mis ojos en la opacidad. No sé cuánto tiempo quedé dormido, sólo recuerdo que el sonido de un tropel de vacas mugiendo alteradas me despertó. Sus embestidas contra el alambrado estremecían la noche. Todavía medio dormido no sabía lo que estaba ocurriendo, hasta que un desgarrador y prolongado aullido quebrantó definitivamente la serenidad de mi puesto de vigilancia y detonó el temor unos 5 km a la redonda. El escalofriante bramido provino de cercanías del tropel que, en cuestión de segundos, terminó derribando el alambrado. Se produjo una gran estampida y los animales corrieron hacia el laberinto vegetal de la forestación. Un centenar de vacas pasaron bajo la torre. El golpeteo de pesuñas era incesante. Estaba en la cúspide asustado, intrigado y sin saber qué hacer. Mi trabajo consistía en cuidar la forestación y no los animales del campo vecino. El aullido espeluznante era un completo misterio para mí, y el ser humano desde su génesis, teme a lo desconocido. De repente escuché, a metros de la base de la torre, el ataque feroz de “algo” sobre los animales. El horripilante aullido se hizo eco nuevamente entre gruñidos, mugidos, violentos revolcones y topetazos. El plenilunio me permitía ver bultos en movimiento y a un animal oscuro, que con un despliegue veloz, atropellaba y atacaba con ímpetu al ganado. Temeroso e impotente en la cúspide de la torre, quité el seguro del revolver y efectué varios disparos en dirección a esa sombra que no paraba de arremeter a las vacas. En segundos ese animal estaba en la base de la torre tratando subir mientras gruñía salvajemente. Embestía la estructura de hierro que trepidaba en cada impacto. El sonido chirriante del metal rozando dientes o garras, la verdad no lo sé, revolvieron mis entrañas de miedo. Temiendo por mi vida y bajo los efectos del espanto efectúe desesperadamente nuevos disparos hacia esa “cosa”. No sé si le asesté alguna bala, pero conseguí que ese engendro endemoniado se fuera. Vi su silueta alejándose. Trotaba como un perro pero era grande, casi del tamaño de una vaca. Nunca pude determinar qué fue lo que atacó la manada ni a lo que le disparé.

Me reporté a la central sumamente alterado pidiendo que me pasaran a buscar, que algo había atacado al ganado, que desde mi posición podía ver en el suelo varios animales muertos y que temía su regreso. “Tranquilo Juan Alberto, si no hay focos de incendios en su posición no se activa su búsqueda, en tres horas ya termina su guardia y lo relevan”, fue la respuesta que recibí. Me quedé conmovido y sumamente asustado esas restantes tres horas.

La llagada del alba dejó ver el alambrado caído y los vacunos muertos. Siete en total. No me animé a bajar de la torre, el miedo me abrazaría por meses. La camioneta con el relevo al fin llegó. Yo no quise hablar. El capataz recorrió la zona de los alambrados caídos y se tomo el tiempo para ver los animales muertos. Una mirada adusta y un prolongado suspiro lo dijeron todo. En completo silencio volvimos al pueblo. El capataz no permitió que se quedara el relevo. Mencionó, antes de arrancar el utilitario, que él mismo se ocuparía del puesto esa noche. Durante el viaje, mi compañero le preguntó si lo que habían visto se trataba del ataque de un “lobizón”. El capataz nunca le respondió.

Al llegar a la empresa renuncié al trabajo. Devolví los equipos que me habían suministrado incluyendo el revolver al capataz. Él me pagó la jornada y revisó el arma, pero su último comentario me perturbó aún más: “Tenía 6 balas de plata bendecida, tal vez lo mataste”. Me estrechó la mano, encendió la camioneta y regresó al puesto de vigilancia.

Días más tarde, mientras me reponía emocionalmente de lo sucedido y escuchaba la radio, una noticia me dejó estupefacto y con la piel erizada, más aún cuando el locutor ubicó el suceso en el mismo campo donde trabajé: “Muere capataz de forestación en violenta estampida de vacunos”.

Mi abuelo tenía razón: “la noche trae consigo infinitos misterios”.

Juan Marcelo Rodríguez

Inédito. Rodríguez tiene publicados los libros “Cuentos con Esencia Misionera” y Poemas con Esencia Misionera.

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