miércoles 08 de diciembre de 2021
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Nevada en Oberá

domingo 17 de octubre de 2021 | 6:00hs.
Nevada en Oberá

Elegía camisetas de franela para sus nietos en la tienda Blanco y Negro, en la esquina de la calle Tucumán y Avenida Sarmiento; en ese instante ingresó un joven que comentó al vendedor:

—Creo que está nevando.

Salieron a la vereda el encargado de la tienda que estaba en la caja, acompañado por un viajante de comercio, un señor mayor que por su tonada y por lo locuaz era porteño, quienes luego de observar detenidamente al plomizo cielo y notar lo que caía más lentamente que las gotas de la llovizna, volvieron y el cliente supuesto conocedor, afirmó:

—No es nieve, es aguanieve. ¡No existe nieve en el sub trópico! — Fue contundente.

La señora, doña Walda Bauer, seguía eligiendo ropa interior de abrigo para sus dos nietos varones que quedaron en la casa, hijos de su hija mayor Marlene, quien desde que se casó, había vivido con ella en la chacra camino a Los Helechos, cerca de Oberá. Justamente con esa hija ese día había viajado en la camioneta; Marlene tenía que hacer un trámite en la Cooperativa Agrícola Limitada de Oberá, para cobrar el saldo del té que hacía meses había entregado. Walda pagó lo comprado y salió a la vereda, no tuvo ninguna duda:

—¡Es nieve! — Se dijo con seguridad contradiciendo el pronóstico anterior, enunciado por el viajante, pretendido meteorólogo.

Realmente era nieve; se dirigió a la Cooperativa Agrícola y le entregó a la hija el paquete con lo adquirido en la tienda Blanco y Negro, y como su hija le comentó que todavía tenía para un largo rato y que después iría hasta el Banco de la Provincia a cobrar los cheques que esperaba recibir, Walda le manifestó que iría a caminar hasta la plaza para ver la nieve; bajó las amplias escaleras del edificio de la Cooperativa, apurada, nerviosa, noto que le palpitaba con fuerza el corazón. Salió a la vereda y cruzó la calle, quería caminar por el boulevard de la Avenida Sarmiento, arbolado, adornado con las flores de las azaleas que parecían hablarle, ambas eran originales de tierras con nevadas. Sintió la seca humedad de la nieve en su rostro y vio como sus pisadas comenzaban a dejar hundidas huellas blancas, recordó nítidamente el patio de su casa natal en Alemania.

Hacía cuarenta y cinco años que había llegado al puerto de Buenos Aires, con sus padres y dos hermanos menores. Walda había cumplido los quince años en el barco durante la larga travesía por el Océano Atlántico. Inmediatamente desde Buenos Aires el tren los trajo hasta la estación Apóstoles, y desde ahí a San Javier por precarios caminos terrados bordeando el río Uruguay, donde vivieron pocos meses, hasta que se mudaron al Yerbal Viejo a comienzos del año 1926, donde se afincaron sus padres y ella encontró el amor de un buen hombre y juntos fundaron una familia. Hacía cinco años que había enviudado. Después de cuarenta y cinco años viviendo en el sub trópico, otra vez, ese día se había reencontrado con la nieve, que la llevó en recuerdos a los años felices de la infancia, a los tiempos de angustias y de carencias por la guerra y a la nítida remembranza de la última nevada en Alemania impregnada de esperanza, cuando en el puerto de Hamburgo habían embarcado con un ignoto y lejano destino final: la Argentina. Habían dejado atrás los horrores de la guerra, las penurias económicas, una hermana de veinte años de edad casada en Aheremsburg y al hermano mayor que se alistó en la guerra y nunca más volvió, ni tuvieron noticias de él.

Caminó por el bulevar hasta la Parroquia San Antonio, levantó su vista y con dificultad alcanzó a visualizar la cruz en lo alto del campanario ¡era el cielo de su infancia! y lentamente, como en éxtasis, siguió caminando por la avenida Libertad donde los lapachos ya mostraban sus flores blanqueadas, y los árboles modificaron sus perfiles al inclinar sus ramas para soportar el incipiente peso de la nieve, y Walda los confundía con los abetos de su Aheremsburg natal, y con el aumento de la intensidad de la nevada, mientras caminaba, imaginó estar viviendo el tiempo de la navidad, en su mente se reproducían los acordes de los villancicos aprendidos de niña y los canturreaba, ya temblando de frío, O Tanenbaum, o Tanennbaum. Wie grün sind deine Blätter… (Oh abeto, oh abeto. Qué verdes son tus hojas…) estaba convencida de que paseaba por la ancha calle de su pueblo natal, que si continuaba hacia adelante podía llegar hasta el Castillo Medieval de la comarca.

Walda avanzaba sin destino fijo “por las calles de Aheremsburg”, le parecía conocer esas casas de techos blancos y los árboles nevados. Walda no fue a la plaza a contemplar la nieve como le dijo a su hija, sino que caminó por el pueblo de su infancia llevada por la nieve como un disparador que le hizo saltear en el tiempo su propia historia y colocar en un paréntesis sin memoria cuarenta y cinco años de su vida; tiempo que no había esfumado el desarraigo en el alma de Walda.

La señora Walda había salido abrigada desde su casa en Los Helechos, para estar en la camioneta o en algún negocio, no para caminar sin rumbo por barrosas calles bajo la nieve.

Su hija Marlene la esperó en el Banco hasta la hora del cierre, su preocupación no le hizo perder el raciocinio y esperó un tiempo prudencial, entreteniéndose con la nieve que había cubierto todo de blanco, transformando la Avenida Sarmiento con la arboleda, sus prolijos canteros de especies florales y las hileras de azaleas, en una postal mágica. Ella sentía la alegría de los transeúntes, especialmente la de los niños jugando, vestidos con ropas encimadas. Recordó que su madre le había dicho que iría a la plaza a mirar la nieve y hacia allá se dirigió, no la encontró, pero se embelesó con un espectáculo de otra latitud, por un instante olvidó su naciente preocupación por el desencuentro con la madre y recordó que ese paisaje era idéntico al que sus abuelos describían cuando recordaban a su pueblo natal, y habló para ella misma:

—Qué lástima que la oma y el opa ya no están, seguro que desde el cielo están mirando. — Y giró su vista hacia lo alto como intentando verlos en la encapotada y movediza blancura del cielo de Oberá.

Se dirigió hasta la camioneta que había dejado estacionada en la calle Córdoba, frente a la librería Niní, donde su madre aún no estaba. Preguntó en los negocios vecinos, pues no habían cerrado al mediodía por la nevada y nadie la había visto. Su reloj marcó las 14,30 horas y la preocupación la hizo concurrir a la Comisaría, allí estacionó frente a la puerta misma, descendió apurada y logró hablar con el oficial de servicio, explicándole la situación. Le entregó al muy joven oficial el documento de su madre, que estaba en la camioneta, intentó mantenerse en calma. El oficial Aquino notó la creciente angustia de Marlene, le pidió que corriera la camioneta del lugar en el que estaba estacionada y que permanezca en su oficina, que en instantes volvería y se retiró con el documento de Walda en su mano. Regresó con un gesto más distendido y le comunicó:

—Señora Marlene, no existen reportes de accidentes, desde las 10 horas hasta este instante. Tampoco se registró el ingreso de accidentados al Hospital Regional hasta esta hora. Estamos chequeando las clínicas y sanatorios privados.

Marlene se tranquilizó, pero su madre no aparecía. Se quebró en llanto. El oficial le ofreció una oficina lateral para que esperara y le preguntó si acaso tenía un equipo de mate porque en la guardia podían proveerla de yerba y agua caliente.

Le parecía que había pasado mucho tiempo, cuando Imprevistamente ingresó el oficial, arrimó una silla, se sentó a su lado, y le habló con tono fraternal.

—Tranquilícese señora, su madre está bien. Ingresó al Hospital Regional con un principio de enfriamiento, que los médicos llaman hipotermia. La internaron por precaución en la guardia hasta que recupere la temperatura corporal.

Marlene se puso súbitamente de pie y sollozó. Espontáneamente abrazó al joven oficial de la Policía de Misiones:

—Gracias, mi hijo. — Le parecía que el oficial tenía la edad de sus hijos.

Marlene llegó al Hospital Regional y se presentó en la guardia, donde un enfermero escuchó el motivo de su ingreso y le pidió que lo espere un momento; volvió con la información que su madre se había dormido, pero ante la insistencia de Marlene en verla, el enfermero la acompañó hasta la camilla donde efectivamente Walda se había dormido. Cuando salían se encontraron con el médico de guardia, a quien el enfermero le informó que era la hija de la señora que había ingresado con hipotermia. El médico con deferencia le comentó el diagnóstico:

—El estado de su madre en principio no reviste gravedad, presentó un principio de mínima hipotermia y estaba muy nerviosa, la sedamos por un par de horas. Esta noche puede dormir en su casa. Tráigale ropa seca y abrigo.

Walda había sido encontrada por un vecino en una barrosa calle en el barrio de Las Tres Esquinas, estaba caída, perdida y hablando en alemán. Llamaron a la policía y la trasladaron rápidamente al Hospital.

La nevada había cesado, pero el frío aumentó en la tarde noche. Marlene regresó al hospital en la camioneta acompañada por uno de sus hijos para cerrar los trámites en la guardia, donde le recomendaron que vigile con atención la punta del dedo gordo del pie derecho y que ante cualquier modificación regrese al hospital inmediatamente. Ingresó a la sala de la guardia y encontró a Walda sonriente acostada en la camilla, cubierta por dos frazadas, hablando en alemán con una enfermera. Siguió hablando en ese idioma con su hija, hasta que terminó de vestirse con la ropa y los abrigos traídos desde su casa. En la camioneta esperaba su nieto. Walda lo saludó en alemán.

Marlene había instruido a su hijo para que no preguntara a su abuela nada referente a la causa por la que fue internada en el hospital, le dijo que seguramente con el tiempo ella mismo lo contaría.

Durante el corto viaje de regreso a la casa, los tres iban sin hablar y cuando estaban llegando, Walda con entusiasmo rompió ese silencio, esta vez en castellano, exclamó:

—¡Qué suerte que mi papá vino a vivir a Oberá! ¡es igualito a Aheremsburg!

Ricardo Argañaraz

El relato es parte del libro Nevada en Oberá publicado este año. Argañaraz es autor además de la novela Federico Batista, matador de tigre

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