martes 19 de octubre de 2021
Cielo claro 18ºc | Posadas

La cola

domingo 26 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
La cola

Daba tres vueltas sobre sí misma.

Si alguien se colgara del tubo fluorescente (tendría que ser algún mono cómico), que desde el techo iluminaba el salón, la podría ver como una descomunal zeta, que comenzaba en la entrada y finalizaba frente a la única ventanilla habilitada, donde el cajero, parsimoniosamente, contaba el efectivo y sellaba los recibos. Sos la vergüenza de la familia, todos tus hermanos estudian o trabajan pero el señorito no se decide.

Me da mucha bronca estar solo en una cola. Entro a darme manija y ya no me desenchufo más.

Estaba en la mitad de la zeta. Era el queso de un sándwich cuyo pan anterior estaba constituido por un pelo larguísimo, platinado, una blusa agujereadita lila oscuro, un cinturón negro bastante ancho y dos nalgas dentro de un “jean”.

La mitad posterior de dicho sándwich la descubrí al girar la cabeza sin ningún asomo de discreción: una viejita chiquitita, como una pasita, el pelo teñido de marrón zanahoria, apretando con inusitada fuerza una anticuada y voluminosa cartera.

-Para usarla, ponente siempre lo que te dije. Todos esos infelices que ves en el centro haciendo morisquetas son la descendencia de los que no se fijan donde la meten.

A mi derecha, una jovencita en traje de aerobismo:”I’m Free” (Free se perdía a veces en las suaves ondulaciones de sus valles interiores).

Delante de la aerobista, alterando un poco la fila, dos curiosas personas, una con gabán de corderoy gastado y botas, y la segunda trajeada con un delantal gris de portero, conversaban animadamente mientras revisaban entre ambos un gran álbum de color indefinido. Lanzaban frases como: “teleptisis, guasatumba, timus vulgaris” y otras obscenidades. En fila, naturalistas vegetarianos, ecologistas, nada de eso o quizás todo eso junto.

-¿Otra vez los pantalones rotos? Mis pobres ojos cosiendo y cosiendo…

¡Carancho! Pareciera ser que esta cola se ha congelado.

Detrás de los naturalistas (algún nombre les debo adjudicar), un gordo comenzó a fumar pero fue rápidamente amonestado por una delgada mujer toda forrada de negro.

Comencé a sacar y poner en orden los recibos de la luz y el teléfono. También introduje la mano en el bolsillo interior de la campera para verificar aun la existencia de la billetera.

Detrás del mostrador veía las caras de los bancarios que tenían caras de bancarios.

Un chico entró con una bandeja y comenzó a repartir café.

El reloj anunciaba que faltaban diez minutos para las doce del mediodía.

Los grandes ventanales tenían corridas las cortinas y la lluvia recomenzaba con inusitada violencia.

Oír y ver llover siempre me hace bien.

-Perdone señor, ¿aquí también se paga barrido y limpieza?

Examiné al “jean” con detenimiento. Vaqueros buenos persiguiendo durante horas y horas a siniestros cuatreros, feroces pieles rojas acechando sigilosamente detrás de unos matorrales. Gary Cooper se apresta a enfrentar a su duelista. Katty Jurado y Grace Kelly sufren, cada una a su manera. Gary es altísimo, desgarbado. En sus reflejos y en su cartuchera está la última verdad. Pero una voz, aunque débil, me dice que la justicia al fin triunfará.

No eran glúteos paraditos, esos que nos desafían, pero tampoco péndulos. Yo diría que eran armoniosos. Sin embargo al seguir el surco que descendía y que luego se bifurcaba para contener gozosamente en ambas concavidades, yo dejé de pensar en la armonía. Bueno, ya que estamos reunidos. Es muy poco lo que dejó el finadito. Él lo distribuyó de acuerdo a los merecimientos de cada uno.

La lluvia en su glorioso apogeo. Lidia y yo con un whisky en el “Kentucky”. Una gotera impertinente cae sobre mi pupitre, manchando mi dictado. Espero que la señorita Nilda me llame al frente.

Lucía me seba mate. El temporal de agua martillea sobre el techo del Volkswagen, mientras el limpiaparabrisas, ingenua y servicialmente, trata de mejorar mi panorama.

Las nalgas y yo (casi formábamos una misma cosa) estábamos más cerca de la ventanilla. El minutero abandonaba las doce.

Habría doce o quince detrás de mí.

Ya no existía la zeta.

Tampoco la nalga. Era mi turno.

Salgo corriendo de casa: ¡papá te olvidaste los lentes!

El viejo se detiene mientras con la mano derecha se toca la zona del corazón: pero mi hijo, me vas a matar de vergüenza, todo un profesional y salís a la calle en ojotas y vaqueros.

El cajero tenía una cara gelatinosa, inexpresiva y ausente y con una voz que me pareció salida de otras galaxias me pregunta:

-¿Qué paga, señor?

-¿Yo? Y bueno, yo todo, absolutamente todo, señor cajero.

Del libro  Lo que mata es la humedad. El autor, posadeño, fue médico y se dedicó a la literatura y a la plástica.
Isidoro Lewicki

¿Que opinión tenés sobre esta nota?


Me gusta 0%
No me gusta 0%
Me da tristeza 0%
Me da alegría 0%
Me da bronca 0%
Te puede interesar
Ultimas noticias