sábado 25 de septiembre de 2021
Cielo claro 15ºc | Posadas

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domingo 05 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
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La mañana de este domingo de agosto está empezando a terminar.

Acabo de salir de casa para ver si llegaron los diarios de Buenos Aires, pero hay algo que casi de inmediato me hace cambiar de rumbo.

Ese algo debe ser el azul.

El azul es, en esta época del año, más intenso que en cualquier otra. El cielo es distinto, tanto, que ya no cabe la expresión “cielo azul”. El cielo desaparece; es desplazado por el azul. Y sin embargo, el fenómeno no es exclusivo de este mes. Es muy probable que se produzca ya a partir del mes de julio, pero los sentidos, las retinas, los pulmones, se habitúan hacia fines de ese mes, y recién comienzan a percibir el azul en agosto.

Bajo por la calle Tucumán hacia el río, a la sombra de acacias e higueras de la India. Veo mi figura alta reflejada en la vidriera de la farmacia. Luminosa bajo la luz de la mañana, la bermuda floreada que ayer me regalaron no se ve muy bonita.

Continúo caminando. Se escucha el típico silencio dominical.

Silencio en el que no faltan ni la exagerada radio de algún vecino que no quiere escuchar solo su programa favorito, ni el motociclista que pasa orgulloso, montado en su atronadora estupidez.

Me sigo alejando del kiosco de revistas y ahora sé que no es el azul la causa. Intuyo que me aguardan noticias más viejas e interesantes que las de los diarios porteños.

Llego a la esquina de Tucumán y 25 de Mayo. Allí se extiende el predio de la escuela “Fraternidad”, la vieja escuela Nº 4. El inmenso patio de tierra me lleva a una época en la que aún no había nacido.

No alcanzo a comprender esa nostalgia confusa que parece invadirme cuando camino por esta vereda. Hace unos veinticinco años mis días de escuela primaria pasaban lejos de aquí, en un colegio plagado de baldosas. Fueron afortunados los que vivieron parte de su niñez entre estos árboles.

Los árboles se levantan poderosos bajo el sol del mediodía. Algunos, todavía desnudos por completo, otros ostentando ya numerosos brotes. Fuera de mi vista, al otro lado del patio, un lapacho y un ceibo ofrecen sus contundentes razones a quienes insisten en afirmar que aquí el invierno dura hasta fines de septiembre.

Tucumán me lleva hasta la avenida que me espera con la figura, también anacrónica, de la capilla Sagrada Familia. La capilla del padre Pancho. El padre Pancho es más talentoso cantando que dando misa. Sacerdote de oratoria más bien pobre, Pancho es uno de los mejores cantantes que esta barriada ha oído.

En lo alto de la iglesia, enmarcada por una discreta espadaña, la modesta campana. Parece increíble que esta tímida campana sea la misma que se hace escuchar a muchas cuadras de distancia en los días de fiesta.

La plazoleta que hay enfrente de la austera capillita tiene todavía juegos infantiles, como antes. En verdad, no son los mismos de antes. No son los mismos hierros ni la misma madera lustrosa y gastada de las hamacas y el tobogán.

Los niños son otros, las risas, no.

Las risas suenan igual.

Es de noche. Riendo, nos escapamos de la misa mis hermanos y yo. Papá y mamá posiblemente no se dieron cuenta. Aunque no suelen sorprenderse cuando nos encuentran jugando en la plazoleta. El cielo está limpio, muy negro y brillante. No hay luna. Hay, sí, dos o tres constelaciones y la mancha difusa de la Vía Láctea que papá nos enseñó a mirar. Se respira un perfume fresco. Puede ser del pasto. O quizás venga de la azalea y el rosal que crecen en el patio de la iglesia. Mientras tanto, el padre Pancho canta  y los ángeles se congregan sobre el techo para escucharlo.

De pronto, Amanda, que es la mayor de nosotros tres, dice: “Chicos, vamos mejor adentro, volvamos a la misa.” Está un poco inquieta, porque hay un señor alto que desde hace un rato no hace otra cosa que mirarnos. Hasta hacía unos momentos estábamos cuchicheando acerca de su pantaloncito colorinche.

El hombre alto está inmóvil junto a uno de los faroles. La luz del farol le alumbra el rostro. Tiene una mirada extraña.

Veo tres niños que van hacia la iglesia, hablando y riendo. El más pequeño me saca la lengua. Entonces yo, para que nadie me vea, me aparto un poco de la luz que el farol me arroja sobre la cara y, rápidamente, también le saco la lengua.

El cuento es parte del libro “Superficies”. El autor es profesor de Lengua y Literatura.

Carlos Miguel Zarza Machuca

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