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Ireneo estrena gafas

domingo 08 de agosto de 2021 | 6:00hs.
Ireneo estrena gafas

Cuando te regalen los lentes prometidos verás la ciudad, le habían dicho. Un batifondo sin melodía, todos están ocupados sin penas aparentes. Los perros pasean por las avenidas y el sol juega a las escondidas entre los edificios. Eso sí: hay platita, repleta de platita al alcance. Lo que a nosotros nos cuesta un año de agachar el lomo en la chacra, allí se gana en un mes.

Ireneo corroboraba la grandeza. Pues al principio solo fue el clamor del barullo y los empujones de peatones presurosos que no pedían disculpas.

Luego de una amansadora por pasillos atestados recibió anteojos para la miopía y un voto para las próximas elecciones

“Dale cualquiera”, ordenó una oficinista al que revolvía las armazones en un armario. Ahora con los lentes gratuitos del ministerio social podía tranquilamente esquivar los bultos, pensaba alegre y orondo Ireneo al salir del ministerio público.

Y el mundo que antes a más de cinco pasos era una bruma indefinida poblada de sonidos y figuras, ahora era una plenitud maciza de monumentales casas y oficinas, los perros eran lobos que ladraban sujetos a correas, los vehículos eran bólidos de enormes ruedas que tragaban las esquinas y gigantes brotados de los cuentos lo apartaban con sus atachés. Incluso las aceras se hamacaban al cabecear, cosa que le daba mucha gracia. La ciudad densa y movible trajinada de estómagos de vacas, pensando Ireneo, llenar de comidas esas panzas es más trabajo y platita para nosotros.

Descomunales rostros femeninos le sonreían desde los carteles y ningún pájaro se animaba entre la maraña de cables.

Se recostó contra una pared por temor a que lo pisen. Se sentía tan pequeño, un gurrumino perdido en un laberinto con sus lentes nuevos, pensando, “qué grande era en serio la ciudad”.

Inspirando el aire en su pecho enfundado en un viejo saco a cuadros le habló al quiosquero “que él era un buen pastelero casero, que hacía pastelitos con almíbar como me enseñó mamá”. Y allá fue al rumbo indicado de la panadería a los alaridos que buscaba la platita para un televisor, esa magia de telenovelas para mamá. Le gritaron que el cartel decía no hay vacantes. Y fue más allá a la sección personal de un supermercado a voces “que el primer sueldo sería una pipa de marinero para papá, así deja el viejo cachimbo”. Sin mirarlo la recepcionista alargó un manojo de formularios.

A las cansadas, dejando el saco como garantía a unos vendedores, se apostó en una ventosa ochava ofreciendo imperdibles a diez por un centavo. Una antigüedad, polaco –le dijo un diarero- las mujeres usan el pelo suelto. Entonces le regaló la caja. A cambio recibió un manojo de diarios para vocearlos en la otra esquina. Una energúmena lo corrió a carterazos por tratar de venderle noticias viejas de la mañana.

Aterido y hambriento quemó los diarios en la plaza. La policía lo arrastró a un patrullero, a los mamporros por vago y abandonándolo en las inmediaciones de la terminal de colectivos.

Aún así Ireneo estaba encantado: empezaba a conocer los modales de la grandeza ciudadana. La urbe magnífica enseñaba la horma de hierro que debían calzar los que querían la platita.

Barruntando donde dormiría en una noche tan fría, unas alegres gitanas lo codearon salivándole al hablar mientras le tomaban una mano.

Las huellas eran inequívocas, decían a la vez: esta línea te lleva al calor del país de árboles, dame cinco pesos, gracias querido; ésta del corazón a tu casa con humo de chimenea siempre prendida, dame otros cinco; ésta de la fortuna dice que tu arado levantará un tesoro oculto en la tierra. ¡Serás rico! ¡Rico! A cuenta dame diez.

¡Valió la pena! Se decía Ireneo trashumante en la solitaria y oscura banquina. Fue un designio. Solamente una fenomenal ciudad puede predecir la vida, pensando, quedé sin dinero pero gané el futuro. En la ermita a Santa Librada, al costado de la ruta, prendió una vela y depositó los lentes. No los merecía se dijo, pues perdió el voto en el saco.

Y se fue tras la conocida niebla. Sería rico.

 

Raúl Novau

Cuento publicado en Minicuentos de la Biblioteca Pública de las Misiones (Posadas, 2013) y en “Brumas del Cántaro”, cuentos Posadas, 2016.

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