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domingo 06 de junio de 2021 | 6:00hs.
Taxis

Hasta diciembre y basta. Eso le decía Julio a su amigo El Gaita, prometiendo esta vez sí, cumplir con el cometido: dejar el taxi. El Gaita se reía, miraba a su amigo con una mueca de cómplice desconfianza, y le recordaba que el año pasado había dicho lo mismo. “Esta vez sí, Gaita, ya vas a ver” aseguraba Julio, que en septiembre iba a cumplir 71 años de edad, de los cuáles los últimos 28, se los ganó con el oficio de taxista. El Gaita en cambio, era unos quince años más joven y llevaba menos tiempo en el rubro. Todas las mañanas, los colegas se encontraban en la misma esquina de siempre: Antonio Machado y Presidente Illia. La rutina arrancaba con un matecito apenas endulzado y la radio de uno de los dos en AM. Casi siempre se contaban lo que habían cenado la noche anterior y otras menudencias de la vida. Aunque vivían puteando, porque en esa esquina había un árbol de jacarandá, desde cuyas ramas cagaban los pájaros hacia sus autos, nunca pensaron tener otra parada.

Había veces que Julio arrancaba antes o se le daba por laburar de noche. El Gaita solía encontrarlo entonces, durmiendo en el auto. A veces lo despertaba; otras simplemente se recostaba contra el capot del taxi de Julio y esperaba que se despierte solo.

A diferencia de El Gaita, Julio vivía solo. El día que su esposa murió, él estaba rumbo a Mar del Plata con un cliente. Cuando su único hijo partió de Ezeiza hacia México, Julio estuvo arriba del taxi. Así, decenas de eventos trascendentales para su vida, lo encontraron trabajando a bordo de su Peugeot 504. Estaba cansado y tenía unos ahorritos. Además iba a poner en venta el auto. Si bien no tenía grandes planes para su nueva vida, tampoco tenía miedo. Con tener casa y salud me alcanza, Gaita, decía. Quién dice, en algún momento pudiera viajar a ver a su hijo o a éste se le dé por venirse. Pero pase lo que pase, que sea abajo del taxi, decía Julio.

Era mayo.

Esa noche, uno de sus clientes le pidió a Julio que lo lleve a un motel, donde pasaría algunas horas con una señorita. A esos de las cuatro y media de la madrugada, este cliente salió del motel. Julio lo llevó de regreso a su casa. La señorita se volvió en otro vehículo. Faltaba aún para el amanecer pero los pájaros del alba ya cantaban con todo vigor. Julio decidió ir a la parada. Apagó el motor, reclinó el asiento y se durmió.

Soñó hondo y violento, como se sueña casi siempre que se duerme en la calle. Pero esta vez fue distinto. Cuando despertó, abruptamente, atormentado vaya a saber por qué secuencia onírica, desesperado y fuera de sí, como aún atrapado en la pesadilla, Julio atinó a arrancar el auto, poner primera y acelerar. Fueron cuatro, tal vez cinco segundos. El Gaita, que estaba apoyado en el capot sorbiendo el primer amargo del día, cayó al suelo y fue aplastado por el taxi de Julio. Quizás por no haberlo visto, o por encontrarse en shock, Julio intentó dar marcha atrás y agravó las cosas. El Gaita murió casi al instante. Julio se quedó petrificado ante el volante. Primero llegó el kiosquero. Después la policía. Luego la ambulancia. Más tarde cuando no quedaba nadie, una periodista. “Homicidio: un taxista aplastó a otro con su auto” tituló al día siguiente, el diario donde trabajaba. “Habrían discutido” decía el artículo. Julio terminó preso. Sigue con la rutina de empezar el día tomando mate y escuchando la radio. No tiene condena. A veces, tampoco tiene yerba ni ganas de vivir.

Alvez nació en Posadas. Es periodista. Tiene publicado los libros Urú y otros relatos, libro de cuentos, y Descubiertero.

Sergio Alvez

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