viernes 25 de junio de 2021
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El cedro al que salvó el Pombero

domingo 09 de mayo de 2021 | 6:00hs.
El cedro al que salvó el Pombero

Calculo el tiempo que pasa, de acuerdo a lo que los humanos llaman días, semanas; meses y años, por los cambios que se producen en mí.

Sé que es otoño porque empiezo a perder las hojas y quedo con las ramas adornadas sólo por mis frutos y semillas, estrellas de madera. Reconozco la primavera porque una inquietud interna me recorre los vasos capilares y me enciende la savia. Hojas verdes y nuevas van poblando mis ramas preparadas para alojar mis pequeñas flores.

Ellos en cambio llevan un aparato atado a una de sus ramas superiores, las que llaman brazos y lo miran de tanto en tanto. Yo no necesito mirar si es invierno ni si es verano. Los cambios se producen igual e inexorablemente.

Por eso sé que desde aquella noche en que el hombre de rubia barba y la muchacha morena, “hicieron el amor” apoyados en mí - la noche antes de que aparecieran los ingenieros -, han pasado varios años.

Mi amigo, el petiso de sombrero sigue viniendo pero no tan asiduamente como antes, cuando a mi frente la capuera crecía y se espesaba cada vez más y detrás de mí se elevaban altos pastos, cañas blandas  con sus penachos blancos y bambusales sombríos y varios hermanos árboles que ya no están. Y claro, antes para él era más provechoso visitarme.

Al menos dos veces por semana, el petiso se mimetizaba con las sombras nocturnas o se transparentaba en las siestas cálidas y húmedas y venía a retirar las ofrendas: cigarros, fósforos, tabaco en cuerda, caña u otro licor, frutas, yerba, azúcar, de todo un poco.

Se anunciaba con un silbido agudo o con chistidos penetrantes. Creo que provocaba esos remolinos pequeños que se arrastran por la tierra un rato y se pierden en espirales hacia el cielo. Eso era lo único que me molestaba del chiquito. Por lo demás, lo de las ofrendas, no era su culpa, sino de las - casi siempre mujeres -, que elegían para hacerlas este lugar, cercano a donde cayó mi semilla, nací y crecí..

Crecí.

 ¡Y vi cada cosa!, además de albergar chicharras siesteras y sueños de pájaros entre mis ramas y dar apoyo en mi tronco a enamorados.

Siempre recuerdo al barbudo y a la chica morena. Venían casi siempre al amanecer y todo iba bien con ellos hasta que colgaron de mis ramas jóvenes y bajas una prenda íntima y la olvidaron. Fue el oprobio, la vergüenza, el escarnio. “No soy todavía una madera muerta, convertida en perchero”, quise gritar, pero no tengo voz. Me tuve que quedar como la naturaleza me lo impuso: silencioso.

Pero los humanos que pasaban por ahí reían o se quejaban y hasta hablaban de talarme para que no diera esos malos ejemplos.

Por ahí andan diciendo que emitimos ondas para comunicarnos. Creo que ha de ser verdad porque cuando llegaron los ingenieros en auto y los de casco amarillo con palas, machetes, hachas y motosierras, la desesperación fue tan grande que me provocó vibraciones extrañas. Como si la savia se me alborotara por la primavera pero diferente. Las de primavera me gustan porque son el reverdecer de la vida pero esas otras, me aterrorizaron.

Mi amigo, el Pombero, las captó. Es petiso, pero no enano, bien parecido aunque algo tape en el hablar; le desconfío cuando silba. Se me ocurre que produce como un hechizo, algo molesto para las personas. Debe ser un desquite; una... sí, una  venganza, eso es. Recuerdo que el barbudo le decía a la chica morena mientras la apretaba cada vez más contra mi tronco, “¡Deciles que es del Pombero!”, mientras la gurisa se ponía a llorar.

Apenas se fueron, dejando olvidada la prenda en mi rama (¡Ajjj!), Pombero se materializó a mi lado. “Es hermosa”, dijo y noté que ese jugo que la gente llama lágrimas, le corría desde los ojos, peligrando de mojar los cigarritos que tenía en un bolsillo de la camisa.

Tengo una historia para contar que a Pombero le hizo olvidar a la morena que se fue sin bombacha y reírse. Reírse mucho. Una noche sin luna y muy tarde, una mujer joven bajó de un auto pequeño frente a mí; enseguida encendió unas velas coloradas, es decir, quiso encenderlas porque había viento y cuando la última de las siete se prendía se apagaba la primera. Al lado de cada vela dejó cigarros, fósforos, al medio una botella de licor (cuando vino el borracho dijo que era güisqui), dos manzanas enormes y rojas y seis bananas, sí bananas de gran tamaño.

Arrodillada y protestando por las velas que se apagaban, no vio llegar al hombre. Al darse cuenta, para disimular el susto le preguntó “¿Se le perdió algo?”.

Pero no se quedó a escuchar la respuesta, se metió en el auto pequeño y se perdió - ella sí -, de vista. El recién llegado, a la luz de un encendedor revisó todo. Lo escuché considerar muy buenas las velas; excepcionales las frutas y el güisqui, “de calidad”.

Colocó velas y fósforos en el bolso, también los cigarros, menos uno que encendió para fumar. Abrió la botella, se recostó contra mí (¡Cuándo no!), y después de un largo trago, suspiró fuerte y eructó con satisfacción. La mañana lo encontró dormido, con la botella vacía y las frutas a un costado del bolso. Se despertó y arrojó el envase a la capuera. Prendió un cigarro e hizo cuentas; con suerte sacaría varios pesos por las velas. De pronto sintió que tenía hambre y pelando una banana tras otra, las devoró. Luego arrasó con las manzanas.

Al terminar, se echó el bolso al hombro y cuando yo creía que se iba, se detuvo, se dio vuelta y súbitamente se metió en el yuyal. Salir, caminar dos pasos y volver a hundirse en el refugio vegetal, fue una sola y rápida cosa. Lo repitió varias veces, hasta que tomó coraje y decidió irse hacia donde entra el sol. Un curupí que estaba a unos cien metros de mí, recibió un vómito del borracho. Bueno, yo tuve más suerte.

A un costado sentí la risa, cantarina y suave como el croar de las ranas, de mi amigo el Pombero. Todo esto pasó porque el petiso tiene poderes. Muchos poderes; lo sé porque las que traían regalos no se cansaban de repetirlo.

Por eso, cuando los ingenieros ordenaron a los obreros de pala, machete, hachas y motosierras, el corte de todo lo que sobresaliera de la tierra y arrancar las raíces, me atacaron las vibraciones esas y Pombero las recibió enseguida.

Si tantas veces le había servido de custodio del altar al aire libre donde lo adoraban ¿porqué no pedirle ese favor?

“Quedate tranquilo cedro” me dijo. Y créase o no, lo cierto es que empezó a silbarles y a chistarles a los obreros que apearon, talaron, tumbaron todo cerca de mí, hasta un joven hermano guatambú y el curupí vomitado, pero a mi no me tocaron.

Como por el conjuro de un sortilegio poderosísimo, a mí no me tocaron.

Por las veces que he cambiado de hojas y he dado flores y semillas, calculo ese tiempo que los humanos miden con el aparato atado a un brazo y me doy cuenta que han pasado varios años. También porque las nenas que llegaron al nuevo barrio ahora ya tienen novios o maridos y ya no vienen a jugar a las escondidas a mi alrededor.

Han pavimentado las calles, hay luz - una me alumbra toda la noche -, colectivos cargados de gente y mi tronco ya no es sitio para hacer el amor u ofrendas al Pombero. Pero yo todavía lo adivino en las siestas y en las noches y en los días en que no hay viento pero mis semillas naturalmente caen al suelo, haciendo ruido, rodando en el asfalto de las dos avenidas.

Abad es periodista. El cuento fue publicado en el libro “El amor de la Palmera y el Horquetero” (2015).

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