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El Jueves que fue hombre

domingo 25 de abril de 2021 | 6:00hs.
El Jueves  que fue hombre

Cuando comenzó el burbujeo, parecía ruido de bautismo, me di cuenta enseguida que ese jueves iba ser irremediablemente mío. Y que sería el hombre más feliz del planeta. Porque ese día fue creado para mi, para que yo sea. No para el vecino, ni para algún amigo, ni como apelativo para un anarquista, y menos para el que está detrás de una montaña en los Andes, aguardando en cuclillas que alguien le regale la jornada; tampoco para el que espera heredarla por la muerte de otros jueves, sino para mi, por legítimo derecho sucesorio. El jueves soy yo y yo soy él. Poseo exclusividad que tal vez pueda compartir según las ganas, simpatías, debilidades, o algún ataque de desprendimiento. Hasta quizá pueda hacerlo graciosamente, porque no me interesa lucrar con la franquicia.

Amo ser un hombre jueves. Las mejores cosas me han sucedido en este día, cómo no volverme ese bendito lapso hebdomadario. En primer lugar, porque nací un jueves de octubre y, entre otras cosas, por ejemplo, porque fue un jueves lluvioso cuando descubrí la poesía colgando de un alero; creí que el torrente era una premonición de un cielo de encanto venidero. Pero no solo eso, sino las ganancias que tuve, los deslumbres, el bienestar general de mi persona, los aciertos vitales, la elección de caminos. Todas las cosas maravillosas de la naturaleza han esperado que sea jueves para producirse, con tal de deleitarme. Es más, no sé qué hacían los jueves antes de que yo viniera a ocupar un espacio. Si es que había jueves, habrán sido como madres o padres buscando a un niño para dar cariño. Es probable que anduvieran por ahí solos, los pobres, tristes y perdidos.

De manera que tengo un poquito de culpa por haber tardado tanto en llegar a ser esta data con tanta plenitud. Pero luego, alcanzado el conjunto ya no me afectó que me lleven los otros ciclos septenarios, con tal de regresar radiante cada semana para que este lapso, me colme de dicha, y nos transformemos juntos en un solo entusiasmo.

En las veredas de la tarde se ríe conmigo de naderías, porque somos simples, no necesitamos un humor refinado. Mientras la gente que nos cruza, sorprendida, se cuestiona qué es lo que está pasando, de dónde el regocijo, por qué esa felicidad tan suelta, cómo es posible que alguien festeje, con lo mal que está el mundo.

Yo les digo, soy jueves. Pero nadie entiende. Es que me ven vestido como un hombre común, excepto que no tengo camisa. Observan esta carencia, no mi júbilo.

Ahora bien, también he reflexionado qué haría yo si alguna vez me falta el día. La verdad, creo que no sería; que no sería yo. Si de la semana alguien, por ejemplo, algún gobernante perverso, que hay nacidos malditos, mediante estadísticas falsas o estudios tendenciosos, saca el jueves por decreto, por moda, por economía, porque se le ocurre a la amante del ministro, por lo que sea, saca el jueves, digo, automáticamente me moriría; porque me faltaría algo primordial que hace a mi respiración, a la cadencia de barco con que mi corazón golpea, o al enhebro nocturno con el que tejo ensueños.

Debo aclarar que el jueves que se me hizo carne es pura generosidad, pero tiene, tenemos, un defecto, no brota, no brotamos, como los demás días. Quiero decir, carecemos de la puntualidad de las otras fechas, esos horarios firmes, esas agendas y normas preestablecidas en portafolios y algoritmos, asentadas en relojes de entrada y de salida. Me contagió, lo confieso, la falta de rutina, un placer de vivir porque el aire es gratis, entre el verde follaje, las flores, las plantas, y los animales y bichos, los insectos, los grillos. Me hizo un cronómetro pero sin manecillas. Este jueves mío es impredecible, irregular, bohemio. Tiene, tenemos -¿cómo explicarlo?- aquella lluvia de versos como si fuera un clima para la literatura, espléndido, transparente; un estado de ánimo brillante, creativo; una cuestión de espíritu.

Muchas veces ya el sol crecido, la vorágine de la mañana, los apuros normales de la gente, y este jueves que tengo agarrado a mis venas, recién se despereza, pregunta dónde está, mira si estoy cerca, controla mi presencia, solicita un café en vez del almuerzo que nos correspondería por el solo hecho de estar en mediodía. A mi me gusta, aun con los problemas que trae, la desarticulación que calza, la ausencia de plomada, lo contrario absoluto de la definición de escuadra.

Y a veces a la noche, apartando botellas de vino, me dice que se va, que ya es hora de partir. ¡Momentito! le grito. Pero igual se aleja. ¡Volveré! Me responde como si fuera un meridiano corrido por el viento. A mi me entristece, pero he llegado a comprenderlo.

Tal vez el amor perfecto sea así de emancipado, franco y espontáneo. Y así de cómplice. Una relación sin ataduras. No tenemos los celos de un anillo ni actas en un Registro oficial.

Somos, por virtud de juntarnos en la intimidad, completamente libres. Y viviendo pegados, él vuela cuando se le ocurre, y yo escribo cuando se me antoja; o sea, no nos molestamos. Y a pesar de todo, seguimos siendo fieles. Los dos regresamos siempre al mismo hogar. No a la misma casa: casa y hogar no son, para nosotros, sinónimos. Hogar es la morada de la sed común, es fuego, es un lugar del alma, es donde se espera. Entonces, los dos nos esperamos indefectiblemente en el otro, y reunidos formamos un solo domicilio dulce.

Recuerdo una vez que vino a despertarme para avisar la proximidad del invierno. Escuchándose como si fuera un eco, murmuró: los zancos del frío vienen en tren de guerra, horadando con trancos pesados a la tierra. Tendremos que abrigarnos.

Y hace tiempo fui a buscarlo, era un lunes, le conté lo mucho que lo amaba, pero que esa semana me dejara la libertad de ser alguien distinto, que no espere el alpiste con que lo recibo al alba, cuando lo veo ave. Nos quedamos en silencio unos buenos minutos mirándonos fijo. Y de pronto, los dos, estallamos en carcajadas.

-Anda, me dijo, sé feliz.

Y yo me fui pensando si era posible ese mandato; digo sin él. Quiero decir, si sacándome el jueves y quedándome solo en el espacio sideral, pequeño como todo ser humano en la galaxia; madurado, certero, previsible, teniendo número de expediente, saco y corbata, huellas digitales, un código QR, un nombre y apellido como cualquier ciudadano, entremezclado en la multitud sin arte ni parte en el universo de las cosas, lleno de ruidos y de caras y de otros días, en la inmensa urbe de calles y avenidas, de trabajo, de obligaciones, de poses y saludos, digo si volviéndome hombre sin mi querido jueves, podría ser dichoso.

Me fui caminando, sufriendo, dudando si vería, a partir de su ausencia, a la poesía colgada de la lluvia y del techo, mojándome la vida. Y me senté en una plaza a preguntarme, imaginando vacíos, arrepentido. Hasta que decidí volver a decirle que mi rebeldía no tenía sentido si él no estaba, que aunque fuera lunes y tardara, no me importaba nada de nada: yo lo esperaría siempre.

Inédito. Szretter es médico de profesión, reside en Puerto Rico. Tiene publicados libros de cuentos y novelas

Alberto Szretter

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