domingo 18 de abril de 2021
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En la laguna

domingo 07 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Olga Zamboni
En la laguna

Chillidos por todas partes. Le parecía que antes nunca los había oído con tanta potencia en medio de la noche. Ranas, sapos, grillos, vaya a saber, ella nunca aprendió a distinguir animales por los sonidos. Pero ahora ese rumor la sobrecogía. Sola de toda soledad. Con la cabeza sobre los brazos apoyados en las rodillas quiso orar. No pudo. Solamente imágenes lejanas y recientes se superponían en su mente. Como si quisiera hacerlas desaparecer, se refregó los ojos hasta enrojecerlos.

Una luna en menguante bermellón vieja y gastada se acostaba sobre la laguna. Marcelo y ella.

Se habían amado locamente desde que se conocieron, en la clandestinidad, y después, escondidos en la casa de Ángel, un verdadero ángel protector que los tuvo ocultos, les dio noticias sobre el allanamiento a la pieza en la que tenían la imprenta y los volantes y finalmente logró sacarlos de la ciudad. Marcharon los tres hacia la frontera de la provincia, cruzaron el límite por un camino vecinal y se dirigieron patinando huellas sinuosas y rojas buscando la Laguna. En sus inmediaciones vivía un puestero amigo que los recibiría. Se llamaba Isolino y se conocían con Ángel desde las épocas en que los dos habían hecho la colimba;  después fueron casi socios, cuando se afincaron entre los esteros a cazar carpinchos. Hasta que Ángel se cansó de esa vida y enderezó para la ciudad. Isolino era del lugar y allí se quedó. Siguió el camino de baquiano en todo lo que tuviera que ver con la región tal como lo había sido su padre. Pasaron años pero la amistad seguía incólume aunque se vieran muy de tarde en tarde.  Cuando la situación de la pareja en la ciudad se hizo insostenible Ángel se acordó del antiguo compañero. No se le ocurría lugar más seguro para los fugitivos. El sótano de su casa, a esas alturas, constituía ya un peligro para su propia persona. Emprendieron viaje. La policía provincial probablemente no los buscaría en esas soledades.

Marcelo despotricaba como de costumbre, él hubiera querido quedarse y dar la cara en una lucha abierta, eso al menos decía y repetía mientras se alejaban.

- Por vos, Nena, nos estamos yendo. Por vos y ese crío que va a venir. Que si era por mí…

- Marcelo, es de los dos, los dos estamos tanto en esto como en el movimiento.

- Pero hubiera preferido que te cuidaras, macha…

- Vos también, es de los dos… Y no me llames así…

- Bueno Nena, nenita, bien que te gusta, vas a ver esta noche, en cuanto el Ángel nos deje en algún rancho…

A Margot le disgustaba la actitud de Marcelo en los últimos tiempos, lo notaba cambiado. Cómo la trataba a veces o la manera casi despreciativa al pronunciar la palabra “rancho”. Era así, mucha conciencia social pero llegado el caso marcaba las diferencias. Un modo de ser que lo diferenciaba de ese medio al que ella sí pertenecía; él en cambio se había transplantado huyendo de la capital. Apenas llegado, se engancharon. Ella hervía de consignas de lucha por la igualdad y la justicia. Lucharon hasta no dar más y así llegó la huída. Varios compañeros ya habían caído, la situación era peligrosa y no se sabía a qué extremos podría llegar.

La Laguna quedaba ahí nomás. Estuvieron viviendo unas semanas con Isolino que por las madrugadas, abrigado con poncho y chambergo, salía a mirar el cielo y a hacer pronósticos del tiempo y después los convidaba con el mate cebado desde una negra pava de hierro colgada sobre el fogón.

Se amaron también ahí, los cuerpos entrelazados vibraban aun de sangre joven y caliente sobre el duro catre crujidor y algo enclenque. Isolino tosía desde la pieza de al lado apenas separada por una cortina de hule y al día siguiente ellos creían descubrir en su rostro una sonrisa cómplice. Fue él quien una tarde, después de volver del único almacén en varias leguas a la redonda les dijo que más valía que se fueran más lejos. No traía buenas noticias, se hablaba de verdaderas masacres, de matanzas a las que daban el nombre de “combate de los rojos contra las fuerzas del orden”. Así los vieron en un diario de la Capital.

Isolino trajo un caballo, les dio una bolsa con enseres (había que pensar en el próximo nacimiento) y algo de provisiones, unas indicaciones precisas, y con ellas los hizo montar y alejarse.

- Váyanse y no vuelvan. Sigan mis instrucciones. Allá en el corazón mismo de la Laguna está la tapera de la que les hablé. Allá van a estar más seguros. De vez en cuando los iré a ver  y a llevar cosas.

La vida fue dura. Tuvieron que aprender a depender de sus propias fuerzas para alimentarse y proveerse de lo mínimo elemental. Ella supo lo que era encallecer las manos y ver cómo la piel iba perdiendo frescura, lejos de cualquier afeite que pudiera detener el devastador efecto de las inclemencias y los días. Y parir en medio de ese desierto pantanoso que los contenía. Nació un varón, lo llamaron Cautivo. Bueno, fue Marcelo el que empezó a llamarlo así, por proyección de su propio yo: decía que se sentía prisionero, que hubiera preferido morir en la lucha urbana –él era bicho de ciudad- y que Margot tenía la culpa –insistía en eso- y por qué no el inocente que los había obligado a tomar la determinación de huir, y todo para vivir ahora en ese páramo. El nombre se le pegó al chico como él a la teta que bien lo nutría.

Cuando Isolino tardaba se veían en figurillas. Aunque poco a poco Margot fue cultivando  cosas de huerta y criando gallinas. Marcelo tuvo que aprender a cazar carpinchos con Isolino, que comerciaba los cueros en la ciudad y se los devolvía en provistas. Pronto tuvo pretexto para internarse en la Laguna y pasarse todo el día, a veces la noche, cazando. También pescaba. No siempre conseguía presas pero cada vez demoraba más. Decía que prefería los sonidos y la soledad de la laguna a los lloros de Cautivo que no lo dejaban dormir.

Pasó el tiempo. El nene aprendió a caminar, a hablar, a correr entre las cañas, a cuidarse de caer al agua.

        El carácter de Marcelo se fue volviendo más y más irascible.

Cuando los golpes de cólera y violencia cada vez más frecuentes pasaban, devenía taciturno y huraño. De aquella exaltación por una causa justa, de aquellas noches de amor de los primeros tiempos, gloriosas aun en medio del peligro, o quizá por eso mismo, no quedaba casi nada. La pasión incontrolada que corría paralela con el fervor político se había evaporado. Tantas penurias, decía ella, y se veía fea y consumida, sentía la falta de esos ingredientes que hacen más muelle y llevadera la vida.  Y él, cada vez más entregado a su mutismo y malhumor. La botella de caña, pedido insistente cada vez que veían a Isolino, llegó a ser su compañera inseparable.

El día en que Cautivo cumplió dos años –una eternidad y cuánta decadencia, se afligía Margot- coincidió con la venida de Isolino. Siempre fiel, les traía noticias de la “civilización”: de cómo la represión continuaba siendo muy dura. Les contó de nuevos “enfrentamientos con la policía” en los que habían muerto tres camaradas de los más íntimos.

– Y yo acá, la gran puta, como un traidor…

-  Yo acá, no arriesgando nada, soy un cabrón…

- Vos tenés la culpa, Nena, vos te asustaste al pedo, a mí no me iban a agarrar así nomás…

Acabada la botella de caña se tumbó en el catre en la piecita de atrás, no fuera cosa que los lloros de su hijo lo molestaran. Eso decía.

-              Marcelo, qué vamos a hacer, el nene no tiene qué ponerse

-              No me vengas con quejas burguesas. ¡Si estamos aquí es por él, carajo!-. Y continuaba con sus peroraciones acerca de lo que debería haber hecho (él, sí, él) si no hubiera sido por la mujer y la criatura. Su voz se fue alzando paulatinamente hasta alcanzar alturas de grito, de imprecación.  A Margot le dio miedo. Últimamente era un desconocido ese hombre al que tanto había amado. Ya no podían conversar como antes. Eran sólo reproches cada vez más insultantes. La noche anterior la había sacudido con rabia.

Ella decidió que por su hijo debía tomar alguna determinación, no podía seguir viviendo en esa inercia con ebriedades de caña. Sentía que con cada hora que pasaba su vida se iba perdiendo como en una ciénaga, hundiéndose en uno de esos fosfatales  en donde había visto hundirse el caballo apenas llegados a ese sitio. Su vida y la de su hijo no tenían destino. Eran refugiados, pero ya no existía en la pareja esa complicidad tan atractiva en los comienzos y que a ella la había llevado a militar con más fuerza y decisión y entusiasmo en el Movimiento. El amor había huido con la propia huída de ellos. Este hombre de ahora era otro, se lo habían cambiado, lo habrían cambiado los miasmas de la Laguna. Últimamente su violencia se había cebado también en el chico que se volvió asustadizo en presencia de su padre. Corría a esconderse bajo una bolsa cuando lo veía erguirse temblequeante antes o después de la paliza. Margot no atinaba a hacer que le sacara las manos de encima, ella también había recibido golpes en la cara que le moreteaban los pómulos. Y esto se iba haciendo casi cotidiano.

Isolino la escuchó pacientemente. Bien se daba cuenta de la situación, había sido testigo consecuente: con cada visita comprobaba el deterioro y cómo con Marcelo, aturdido y enojado siempre, ya prácticamente no podía darse ninguna comunicación efectiva. Pero no veía solución en la propuesta que en ese momento le estaba haciendo Margot. Sí, él podía llevarse al niño, criarlo incluso, sería un hijo más, pero ¿cómo reaccionaría Marcelo? ¿Le había dicho algo ella de su plan?

-              Isolino, sé lo que voy a sufrir separada de mi hijo, pero esto no es vida para él. Pronto tendrá que ir al Jardín, aprender a leer, ser una persona, aquí solamente se cría como un animalito huraño, silvestre.

Margot no podía contener el llanto, ese llanto que frente a Marcelo no podía aflorar y menos frente al chico.

-              Y vos qué vas a hacer, qué explicación le vas a dar a Marcelo.

-              Dejalo por mi cuenta. Lo único que quiero es que te lo lleves a Cautivo y lo trates lo mejor que puedas. Ya veré yo qué haré con mi vida, pero en algún momento nos volveremos a ver. Y si no….

        Marcelo dormía su vaho de alcohol y ronquidos.

Ella aguantaba la siesta con su calor húmedo mirando cómo las flores adornaban la superficie de agua lisa interminable. Un yacaré se tostaba bajo el sol, podía verlo desde ese lugar de la costa, sentada en la canoa.

De pronto sintió unas manos en sus hombros. Marcelo se había despertado y se bamboleaba detrás de ella.

-              Nena, dónde escondiste mi botella, decime dónde…

-              Yo no sé nada Marcelo, vení, ponete bien que tenemos que hablar

-              ¿Hablar? Dónde está Cautivo, degenerada, decime dónde está.

-              Marcelo, ya te dije, tenemos que hablar, vení, sentate.

-              Qué sentate ni ocho cuartos, el chico dónde está.

           Ella sigue escuchando los sonidos nocturnos de la Laguna mientras la imagen de Marcelo golpeándola se le aparece nítida. El forcejeo fue fuerte en medio del bambolearse de la canoa. Se acuerda de todo. De cómo él la golpeaba y trataba de mantener el equilibrio hasta que ella finalmente lo vio todo rojo y lo empujó; de la canoa al agua, cayó en planchazo rotundo, de boca, y se hundió, ahí nomás, con unos manotazos que no sirvieron de mucho. Ni llegó a gritar. Ella primero quieta y muda lo miraba, hasta que una fuerza desconocida superior a las propias la hizo levantarse y apoyar las manos, y después un remo, sobre la cabeza del hombre para hundirlo mejor.  Luego cayó en un sollozo rotundo y quebrado sobre  la canoa bamboleante entre el plash plash del agua.

Chillidos por todas partes. Nunca aprenderá a distinguir a los animales por sus sonidos. ¿Y esa sombra blanca, su propia soledad? Seguramente. Se restriega los ojos y piensa en su hijo. La sombra blanca acaso sea no su soledad sino Marcelo que vuelve. Un escalofrío la hace temblar. El agua mansa, las flores acuáticas, los camalotes serán su mortaja. ¿O todo es un mal sueño?

La luna roja sigue y seguirá rodando sus disminuciones y aumentos mensuales como si nada. Ella la mira con desolación infinita. Quiere recordar cómo eran antes, cuando los dos jóvenes y bellos luchaban por un ideal de justicia. Cuando se amaban. Cómo era el Marcelo de “aquellos tiempos” de la dulce inalcanzable rebelde Utopía. Cómo era ella misma cuando cantaba los versos de Serrat:

”Ay Utopía

Incorregible

Que no tiene bastante con lo posible.

Ya nada era posible. Ya no había futuro para ellos pero el hijo al menos se salvaría.

Olga Zamboni fue miembro de la Academia Argentina de Letras con extensa obra publicada en el género lírico, narrativo y dramático.

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