domingo 18 de abril de 2021
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La escuela de los amantes

“Lo que jamás se ha descrito vuélvese aquí un hecho; es lo Eterno-Femenino lo que nos eleva al cielo” (Goethe, Fausto)

domingo 28 de febrero de 2021 | 6:00hs.
Rodolfo Roque Fessler
La escuela de los amantes

Por aquellos días se hospedaba en el Hotel “Lucho” de la Bajada Vieja un extraño personaje; Isydor Blumqvist, inmigrante de los Balcanes o Dios sabe de qué lugar de Mitteleuropa. Él decía a todos -sin precisar título ni grado- que era un noble en desgracia que sufrió las consecuencias de la desaparición del Imperio Austrohúngaro tras la primera guerra mundial. Poseía el pulimiento elemental de la burguesía media que lograba impresionar a los rústicos que lo frecuentaban en busca de objetos apuradamente anticuados, consuelos existenciales y concejos amorosos. Lucía invariablemente, tanto en verano como en invierno,  un raído traje marrón claro que se volvía oscuro y grasiento en el cuello, las mangas y los ojales. Una camisa amarillenta, posiblemente blanca en sus orígenes y una corbata negra lustrosa por el uso completaban el atuendo. Ese atavío cotidiano formaba con su pipa de brezo su santo y seña. El cachimbo, prendido o apagado, eternamente en la boca. Su pelo y barba eran marcadamente ambarinos con brillos cerúleos en las puntas mediante el esmerado empleo de tinturas secretas.

 Muchos curiosos siguieron atónitos la cantidad de baúles, bolsos, valijas y mobiliario que descargó del “Vapor Cué”  el día de su llegada al Puerto de Posadas. Era un inmigrante con todas las de la ley que había abandonado su tierra para siempre, pero no de aquellos paupérrimos campesinos que venían a roturar y sembrar, sino a embaucar a los infinitos incautos que se desparraman por toda la tierra. La estolidez es al fin y al cabo un campo fértil para explotar y sacar provecho. De esas languideces humanas ha vivido y vive la política, la economía, las religiones y todas las formas de circos oficiales concebidos en la tierra.

   Hablaba un castellano duro pero entendible, que denotaba su estancia previa por algunos años en Buenos Aires. Las noticias de las bonanzas de la yerba y las maderas en Misiones lo empujaron a venir adonde no tendría ninguna competencia. Era un adelantado de las supercherías.

   Ysidor, además de vender abalorios exóticos, “almanaques mundiales”, Wunderbalsam,  perfumes ordinarios, Minancora, Leite de Colonia y libros esotéricos, prometía curas milagrosas para todas las enfermedades pasionales y afectivas. “Doctor en ciencias del amor” rezaba un cartel que exhibía sus servicios. A los visitantes, con impostada discreción, extendía una tarjeta que decía: “Problemas de infidelidad”.

    Nunca se supo por qué, pero aborrecía su nombre; llámeme Don Alfonso decía apenas uno se asomaba a la sala que rentaba en el hotel.

    Es sabido que no existen la maldad absoluta ni los ángeles totalmente inocentes y por tanto Ysidor distaba de ser un vulgar estafador o un canalla, tampoco era un santo, pero creía firmemente en sus enseñanzas, en sus pociones y consejos que daba de buena fe. Devolvía el dinero y se disculpaba sinceramente y compungido cuando, cosa muy rara, un cliente lo cuestionaba o estaba disconforme. No todos los que creen y propagan noticias sobre vida ultraterrena y contactos con el más allá son estafadores; muchos sencillamente son personas sin cultivar o tontos de capirote. No era el caso de Ysidor, quien no creía en fenómenos paranormales ni en el espiritismo ni nada que no fuera “científico”, según sus rudimentos de sicología y “energía cósmica”. Arrastraba retazos culturales del maniqueísmo perenne: como el bien y el mal gobiernan al mundo, alfombremos el camino del bien y sembremos de espinas y clavos la senda del mal. De cada uno depende elegir una u otra vía, nosotros decidimos a quien favorecer, pues todo lo que nos pasa en la vida es fruto de lo que pensamos y de lo que hacemos, pregonaba con insistencia.

    Lo que mucha gente interpreta como desórdenes, en puridad no son tal cosa; la normalidad no es un mar de aceite y la armonía es una rareza. Lo habitual y corriente en la vida es el oleaje constante, las aguas que se agitan en mayor o menor medida pero que ondean sin cesar. Las alteraciones y variaciones de ánimo y humor forman parte de nuestro paisaje interior, por eso el equilibrio no es un estado inalterable y monocorde, sino el control de las variables en cambio constante. La meditación de un monje tibetano, concentrado en sí mismo y ausente del mundo, no está emparentada con la vida sino con el sueño. El equilibrio vital son las armonías de todas las energías de la vida en contacto con la vida. Así evangelizaba Ysidor las oscuras vaguedades que repetía a quienes acudían a limar sus perturbaciones. Se valía también de un péndulo y palabras que hacia repetir como un mantra: “Nada ni nadie podrá perturbar mi paz interior”.

     Ysidor estaba convencido que únicamente el sepulturero y quienes atienden o remiendan desengaños amorosos jamás se quedarán sin clientes. Las tonterías eran su principal fuente de ingresos.

   Uno de los secretos del arte de la vida consiste en no confundir insatisfacción con desequilibrio. No existiría el placer sin sus apetitos, por eso enseñaba Cervantes. “No hay mejor salsa que el hambre”. Nunca se traguen ningún rencor, hablen y discutan sus diferencias y malestares con su pareja, pues todas las insatisfacciones que se guardan y esconden forman una costra emocional que se acumula capa sobre capa y con el tiempo son imposibles de remover, se le escuchaba predicar.

   Los domingos, a puertas cerradas, en una vieja vitrola ponía un disco de pasta en que se oía una latosa versión de “Cosi fan tutte” de Mozart. El mismo Ysidor ignoraba que poseía una reliquia; reproducía la interpretación de Fritz Busch con la Orquesta y Coro del Festival de Glyndebourne, que fue el primer registro fonográfico de esa ópera realizada en el año 1935, en que se destacaba Willi Domgraf-Fassbaender,  barítono reconocido por sus interpretaciones de personajes mozartianos: Fígaro, Papageno, Don Giovanni etc. Eso explica su opción por hacerse llamar Don Alfonso.

   Como ocurre en todo el mundo con las mismas ocupaciones de Ysidor,  la mayoría de sus clientes -pacientes decía él- eran mujeres y más del noventa y nueve por ciento de las consultas versaban sobre hombres. Se inquiría sobre pretendientes de toda laya, sus intenciones inmediatas y mediatas, fidelidad –esa eterna quimera- seriedad, solvencia, estado civil verdadero etc. El tema no es nuevo; cuando una mujer no ama prefiere creer en el horóscopo antes que en su amante, en los augurios de la bruja más que en las promesas del candidato y en todos los casos en su cerebro más que en su corazón. Cuando ama es exactamente al revés. En palabras de Ysidor: “Una mujer no te ama cuando cree más en lo que ella ve que en lo que tú le dices”.

   Pero el amor enferma el corazón de una mujer y lo desconecta del cerebro, sostenía Ysidor que conocía el Martín Fierro: “Nunca te fíes de la renquera del perro ni de las lágrimas de una mujer” recitaba desparejamente a los habitué masculinos. Era su negocio.

   Es una pena que me requieran para menudencias cotidianas cuando estoy preparado para el mundo de las grandes transacciones comerciales, el azar y la salud espiritual, se quejaba en un intento de ampliar el rubro de sus servicios. Varias mujeres se quejaban porque apagaba su tocadiscos cuando las atendía: la música es para escuchar, no es un mueble etéreo para llenar el vacío del espacio o del tiempo, hay en ella una mezcla de teología y de álgebra que no permite distracciones, explicaba. Y para concluir; mientras escucho el preludio de Lohengrin de Richard Wagner en la versión de Wilhelm Furtwängler del Festival de Bayreuth de 1936 se me desconectan todos los sentidos. Hacer sonar la música y no escucharla es equivalente a pronunciar el santo nombre de Dios en vano.

   Los hombres que lo frecuentaban adquirían sin tapujos y a muy alto precio su afamado “Manual del buen conquistador”; un despropósito que no aprobaría ningún caballero versado en el arte de la seducción, pues  sabe muy bien que esas destrezas no pueden enseñarse ni aprenderse. El pastiche estaba lleno lugares comunes, consejos burdos, trucos y embelesos recopilados de libros libertinos con citas de Bocaccio, el Marqués de Sade, Giacomo Casanova, Pietro Aretino y otros ignotos quizás inventados por Ysidor. Era un texto para los cursos personalizados que dictaba en su instituto del amor. Si se abonaban las clases particulares el libro iba gratis. Era lo preferido, pues con la lectura y explicaciones surgían las preguntas y explicaciones. Cobraba por hora, no por lecciones.

   Sus capítulos, además de estar precedidos de un amañado prólogo de Ayrton Carangueijo do Nascimento I, “Marqués de Pombal”, estaba dividido en precisas secciones: I.- El hombre es visual, la mujer es táctil. II.- Habla con tus manos más que con tu boca. III.- Las mujeres quieren lo mismo, pero más. IV.- El apresuramiento es tu peor enemigo: antes, durante y después. V.- Si no es hoy será mañana. VI.- Jamás preguntes algo que pueda tener una respuesta negativa. VII.- Por qué el amor no es igual para nosotros que para ellas.  VIII. Si te dice que no, nunca te enojes. IX.- Si te dice que sí huye, pero si no lo haces ni se te ocurra negarte. X.- Admítelo: hay días que no quieren. Las razones no importan. Ni preguntes. XI.- No necesariamente por la noche. XII.- El whisky antes y el cigarrillo después, pero no olvides el abrazo. XIII.- Qué hacer en casos de debilidad. XIV.- Explora e investiga: cada mujer es un universo distinto. XV.- Ni mucho ni poco, sino siempre. XVI.- Siete trucos para enfrentar a una insaciable. VXI.- El orgasmo nuestro de cada día; ¿cantidad o calidad?

   A las mujeres vendía otro ejemplar, más escueto y sencillo, pues el maestro sabía que a ellas no hay que enseñar nada; son intuitivas, un poco de práctica les basta. Estaba centrado en los sentimientos con toques de espiritualidad: “La conquista del amor”, que llevaba por subtítulo “El hombre de tu vida no es uno sólo”. Sus capítulos versaban sobre: I.- El delirio de la celotipia: cómo curarla con ayuda amorosa. II.- La fidelidad es posible, lo has logrado varias veces.  III.- No enamorarse del amante ¿es posible? IV.- El mañanero y su influencia en el equilibrio emocional. V.- Nunca le cuentes a tu mejor amiga. VI.- Cómo actuar después de una cena con tu jefe. VII.- El perfume es como el adjetivo; cuando no da vida mata. VIII.- Si no puedes tocar su corazón ¿adónde poner tus manos? IX.- Las dudas son masculinas, tú siempre sabes lo que quieres. X.- Recuerda: te vistes para otras mujeres, a los hombres sólo les importa cómo te desvistes. XI.- ¿Por qué “previos” si tienes toda la noche para los jueguitos? XII.- Algunas palabras al oído valen más que mil caricias. XIII.- Fidelidad y felicidad no son sinónimos. XIV-  El tamaño importa y mucho, pero diles que no. XV.- Un rapidito impensado te puede alegrar el día entero. XVI.- El lugar no importa. XVII.- El histeriqueo previo es una salsa que debe administrarse cuidadosamente. No te pases. XVIII.- Puedes fingir todo lo que quieras, él nunca se dará cuenta. IXX.- No esperes que  adivine, enséñale o pídele. XX.- El amor no lo es todo, guárdate algo para tu amante.

Los más listos compraban el libro destinado al otro género.

   Ysidor también proveía de una extraña pomada para su empleo en momentos de intimidad, pero como era pundonoroso, a las mujeres aclaraba lacónicamente “es para todo el cuerpo”. Prefería explicar su lúdrico empleo a los hombres. Venía en una lata de metal sin inscripción alguna, como las de mentolatum, que contenían originariamente el afamado “ungüento de soldado” distribuidos a la tropa para combatir las ladillas adquiridas en las trincheras, los burdeles o con la moza de la esquina.

   Con el tiempo, como ocurre con muchas personas, la vida y el entorno de Ysidor fue mudando de aires. Pero los señalados cambios fueron extraordinarios y casi repentinos; se lo veía más aseado, mudó su raído traje claro por uno azul marino más elegante y nuevo, se afeitó la barba y se dejó una chiva elegante y puntiaguda que tiñó de negro al igual que su cabello, con lo cual se veía más joven y apuesto. La súbita transformación no pasó inadvertida y algunas de sus visitantes dejaron de concurrir a consultar por  cuitas propias y acudían entusiasmadas para ver a Ysidor, a sentir el irresistible perfume que usaba -su nombre jamás fue revelado- escuchar el grave y varonil tono de su voz, estrechar sus cálidas y finas manos durante las consultas. Como tantas veces ¿cuántas mujeres en busca de ayuda no han terminado enamorándose del médico, del sicólogo, hasta del sacerdote? Cuando la cura consiste en el llenado de un vacío, la vulnerabilidad muy pronto se perfora con alguna forma de embeleso. Toda necesidad de cariño y afecto nunca permanece demasiado tiempo insatisfecho. Esta advertencia daba especialmente a los hombres.

   Sin embargo, las negativas de Ysidor a las insinuaciones cada vez más osadas de algunas concurrentes le crearon más problemas de los que pretendía evitar. Es ley de la naturaleza, una mujer despechada sólo se alivia destilando sus venenos; más de una dispuesta a engañar a su marido, al ser rechazada, ventilaba falsas y oscuras intenciones del maestro europeo. Habría que agregar un capítulo a los manuales; Si te niegas atente a las consecuencias.

   Pero, nada hacía mella en Ysidor quien extrañamente lucía cada día más guapo y juvenil, hasta el punto en que este insólito suceso llegó a convertirse en el asunto más comentado del pueblo. ¿Hizo un pacto con el demonio? se preguntaba más de uno que notaba, en cada sesión terapéutica, la presencia de un grueso volumen encuadernado en rojo cuyo título era “Fausto”.

    Un par de meses antes consiguió una compañera que se mudó a vivir con él. La dulce muchacha, hermosa y humilde era mucho más joven. Era rubia y se llamaba Isolde. Comenzó realizando labores domésticas, ocupándose de la limpieza, la cocina y la ropa de Ysidor. Hasta que de a poco, la agradable presencia diaria, el idioma común, el creciente cariño cotidiano alimentado con sonrisas y miradas agradables, algunas caricias furtivas y casuales, encendieron las chispas de un amor maravilloso. Un amor de novela. 

Pero esa es otra historia.

Del libro “Cuentos de la Bajada Vieja” que se publicará en 2021. Fessler tiene publicado el libro “Los blancos dientes de la aurora y otros cuentos”

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