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Hormigas

domingo 04 de octubre de 2020 | 7:30hs.
Hormigas

Esteban Abad

Era ciertamente una siesta dueña de un silencio total o tal vez fuera un total silencio en el claro del monte, lo que reinaba a esas horas. En medio de un verde mar de sombras de árboles enormes, lianas y gigantes helechos, fresco, apacible pero, sin sonidos, una mariposa habría despertado con su inaudible aleteo a cualquiera que plácidamente tendido en la hierba durmiera un descanso profundo y rehabilitador, como Antonio, joven turista de a pie, en función de recorrer pueblos y caminos misioneros.

No fue una mariposa sino un mangangá que se decidió a taladrar un viejo y grueso palo, quien cuando su zumbido nadó en el aire detenido -el mar sin sonido -, y se aumentó al vibrar entre las cañas del tacuaral cercano, alertando a las avispas que lo habitaban, el motivo del despertar del durmiente.

Sobre su frente el aserrín producto de la carpintería del alado perforador formaba una montañita amarilla que, derramada como una suave lluvia, leve, pero suficiente para que, al caer desde la cara al pecho al incorporarse, primero se asustara al ver eso pero rápidamente pasó del susto a la risa.

Vio sobre sí la inmensa cúpula verde de la arboleda, los gruesos colgajos del isipó y otras enredaderas y lianas, las flores coralinas de un altísimo ceibo de monte y arriba, bien en lo alto, las puntiagudas hojas del caraguatá o cardo chuza, protegiendo con su restallante y encarnado color su floración en penachos rosados,

Entre todo ello su podía apreciar un retazo de cielo límpido, asombrosamente pequeño ante tanta inmensidad vegetal.

De pronto, disfrutando de todo ese entorno, tomó conciencia de dos cosas: que el silencio no era tal ya que al zumbido perforador del abejorro se unía el chirriar de ciertos insectos que viven entre lo más cerrado del sotobosque, gorjeos de pájaros invisibles en la maraña y… ¡hasta el arrastrarse de cientos de miles de hormigas negras, veloces y extendidas en una franja de un metro y medio de ancho y al menos tres de largo…!

Nada las detenía; consigo y debajo de su cuerpo, la mayoría de los integrantes de ese ejército de minúsculos pero feroces soldados de seis patas avanzaba a paso redoblado.

Recordó, ya despejado de su modorra, que no estaba solo. Al lado de donde estuviera tendido, con el bolso de viaje por almohada y una toalla como colchón, dormía, con su espalda descubierta y su melena castaña suelta sobre parte de la espalda, Clarisa, su compañera en la vida y por supuesto, de viaje.

Las hormigas iban directamente hacia ella, impasibles e indiferentes a todo lo que no fuera rapiñar, cazar, atrapar y conscientes de ello, delante de la horda de himenópteros, arañas, ciempiés, sapitos, grillos y tucuras huían en todas direcciones menos hacia el hormiguero que se trasladaba en una formación prolija, apresurada pero ordenadamente.

Colocando los brazos debajo de la muchacha la alzó – con lo que la despertó aterrorizada - , y corrió hacia una enorme piedra sobre la cual depositó el esbelto cuerpo de la ahora sonriente chica. Y trepó él también.

Desde ese lugar podían observar la eróticas y lujuriosas orquídeas luciéndose entre las ramas de un alto ejemplar arbóreo, pero la llegada de las hormigas siniestramente negras era demasiado preocupante para la pareja.

Por suerte, al llegar al peñasco, la formación se abrió en Y griega sorteando el refugio de los asombrados jóvenes. Ninguno de los bichos escaló la piedra si no el final de esta historia habría sido muy distinto.

El paso de la tétrica procesión dejó en el aire un desagradable olor producido quizá por desgaste de los insectos y derroche del ácido fórmico que poseen y un sentimiento raro, una inesperada sorpresa en la pareja que nunca había presenciado algo igual…

Ella se reía y agradecía que el muchacho la hubiera sacado del alcance de esas inicuas fieras y él… El trataba de hallar al moscardón que derramó sobre su frente el aserrín para darle las gracias.

Más tarde, preguntando, supieron que eso, “la corrección”, era un cambio de domicilio de una comunidad de hormigas, calificables de carnívoras, que se mudan porque una lluvia afectó al nido abandonado ahora o porque presintieron que allí ya no tenían nada que hacer.

Los lugareños les explicaron también que la corrección es como “un sinónimo de bendición de limpieza” y “una bendición para el rancho porque cuando pasan por allí no dejan plaga con vida, araña, mosca, mosquito, alacrán, de todo, como dicen, “todo bicho que camina va a parar al asador”.

Al día siguiente y estando en la parada del ómnibus que los llevaría a un pueblo cercano, la chica se agachó a dejar su bolso y entonces gritó con todas sus fuerzas: en el suelo una enorme hormiga de cerca de unos cuatro centímetros de largo la miraba y movía amenazante sus pinzas.

Antonio le explicó que se trataba de una hormiga Gigí la de mayor tamaño de esa familia de insectos.

Clarisa a todo esto seguía en el mismo lugar donde Gigí a sus pies la miraba con tanto susto como la muchacha a ella, pero mostrando sus amenazantes mandíbulas en pinzas, capaces de desarmar el cuerpo de un mamboretá o una langosta o cualquier bicho que se le ponga al alcance. Es una de las especies de hormigas de mayor tamaño y se la denomina también Hormiga Argentina Invasora, a diferencia de muchos de esos insectos, son cazadoras y no se detienen a medir el tamaño de la presa: tucura, grillo, langosta, comepiojo, araña, oruga, no les importa, atacan. Y vencen en la mayoría de sus asaltos.

La chica no sabía nada de esto así que sacando fuerza de su propio miedo iba a asestar un tremendo pisotón a la invasora por más “argentina” que fuera la “invasora” pero su novio un segundo antes tomó a la hormiga entre el pulgar y el índice y desde donde no pudiera usar su pinza guerrera y acercándola al oído pudo escuchar el gemido que les da nombre “¡gi,gi,gi,gi!”

“¡Pobrecita!”, dijo la chica y acercó su oreja al bicho. “¡gi,gi, gi!” escuchó. -“Son las únicas - les explicaron personas del lugar - , o al menos una de las pocas hormigas que emiten sonidos al sentirse atrapadas. Con ello se ha logrado descubrir que los osos hormigueros son sordos, pues las devora igual”.

Antonio arrojó a la simpática hormiguita lejos, sobre el pasto. “Tengo hambre susurro Clarisa a su oído.

“¿Sabés que en México y en África fríen las hormigas y las comen?”, le preguntó Antonio y ella lo miró sin demostrar asombro, ni interés ni nada y respondió, “con el hambre que tengo vas a tener que llenar una bolsa de consorcio con hormigas y hasta que termines de fritarlas, yo me habré comprado una hamburguesa y te las vas a tener que comer todas vos”.

Entraron a un barcito; en la mesa con un mantelito verde había una azucarera, un servilletero y un palillero. Pidieron café con leche y lo que hubiera para acompañarlo. Cuando llegaron las tazas y una panera con tostadas, al abrir la azucarera, sobre el dulce y blanco contenido se destacaban, aunque muy pequeñas, unas hormiguitas dignas de lástima por su tamaño.

La muchacha notó que uno de los bichitos se subía a su mano. Giró el pulgar hacia arriba y aplastó, masacró, a su ínfima enemiga. Salió corriendo hacia el baño a vomitar y su compañero tuvo que decirle al mesero, “esta azucarera tiene hormigas”, recibiendo como respuesta del asombrado servidor, “¿Sí? Y ¿Qué quiere que tenga…? ¿Tucanes?”

El autor ha sido titular de SadeM, representó a Misiones en la Feria del Libro de Buenos AIres en varias oportunidades como coordinador, presentador y también dando a conocer  su libro El amor de la Palmera y el Horquetero (2015).
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