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La mujer de la casa asombrada

domingo 12 de abril de 2020 | 4:30hs.
La mujer de la casa asombrada

Por Rosita Escalada Salvo Escritora

Por allá arriba, la ruta pasa. Pasa. No se detiene como antes.
Cuando era de tierra – y el polvo nos envolvía con cada vehículo que transitaba – estaba al mismo nivel que nuestro patio. Solo aproximarnos al cerco de coronitas de novia para ver el carro del lechero, la chatita del que tenía almacén de ramos generales, la mujer que a caballo vendía pan casero.
Pero cuando construyeron la ruta la elevaron, porque también el puente debía estar mucho más alto, así no se lo llevaba las correntadas. Y nosotros nos quedamos abajo, mirando cómo los camiones, los colectivos, los autos eran apenas una estela de color y de rugido.
El día es gris. Y frío. Por la ventana miro el patio de atrás con plantas aún plenas de naranjas. De mandarina no, ya pasó la temporada. Y han comenzado a florecer los durazneros.
Allí jugábamos cuando chicos. Ese era nuestro mundo, subir a los troncos, escondernos, tirarnos frutas como proyectiles, descender con la cara llorosa y refugiarnos en el regazo de nuestra madre.
Mamá no trabajaba. Al menos, eso marcaba en los formularios del censo.
¿Trabaja? No.( Por qué escribía no si desde las seis de la mañana, oscuro aún, hasta las once de la noche no paraba más que media horita a la siesta, para alivio de sus piernas llenas de várices. Cada hijo nuevo, nuevas venas que azuleaban.)
¿Dónde? Ella trazaba una raya. (¿Dónde? En la cocina, casi siempre, encendiendo el fuego con leña, que primero humeaba y la hacía lagrimear. Preparando el desayuno y ahí nomás, el puchero para el almuerzo. Mientras bullía el agua en la olla ablandando la carne, sumergía los brazos en la pileta de lavar, que quedaba afuera. Que en verano no importaba, pero con los fríos, las manos se le llenaban de sabañones. Arreglar las camas, ordenar, ayudarnos con los deberes, carpir la huerta y trasplantar. Siempre había verduras frescas en la mesa. De noche, en la pieza de costura, remendar, cortar con moldes, hacernos ropa nueva, los delantales, camisas para nuestro padre. Barrer los patios no, porque le dolía la cintura. Para eso estaba la chinita, distraída y haragana. Y mantener limpio de yuyos todo el terreno, era tarea del padre de la chinita. Para que no avance la maleza, para que no se acerquen los bichos del monte. Aunque los perros los tenían a raya. De vez en cuando una comadreja destripada. O una iguana.)
Mi padre sí trabajaba. En la escuela que quedaba a tres kilómetros. Caminando se iba. Era cerca, decía. Hasta en los días de lluvia y patinando en el barro, se iba. Como Sarmiento, que no faltó nunca.
En los días lluviosos, a veces hasta una semana, nos quedábamos en casa, en esta casa tibia y con aroma a tortas fritas, a palomitas de maíz. Y con algunos libros muy ajados de tanto mirarlos. Copiábamos los dibujos. Inventábamos juegos.
Hay un silencio enorme alrededor de la casa y los aromas ya se han extinguido. Tampoco quedan siquiera cenizas en la cocina de hierro.
Había una señora gorda que se ocupaba de esos menesteres. De esos, digo, cuando mamá se enfermó.
La comida no tenía el mismo gusto y en la mesa nadie hablaba. Menos aún mi madre, con el rostro apenado.
La llevaron a la capital, la internaron. Mucho tiempo pasó. Seguimos yendo a la escuela.
Finalmente la trajeron de vuelta. Pálida, muy delgada y con esa mirada extraña, como si ya no nos estuviera viendo.
Y mi padre de espaldas, frente al ventanal, mirando sin ver la ruta que seguía pasando, seguía pasando.
Nos mandaron a estudiar, a la ciudad. Repartidos entre parientes. Todos terminaron una carrera. Todos, menos yo. Que volví. A cuidarla. A cuidarlos. A vigilar la casa.
Y eso es lo que hago, ahora que ninguno de los dos está.
Observo el patio trasero, que la ruta ya no me atrae desde que no sirvió para llegar a tiempo.
Naranjas caídas. Colchón de hojarasca. El gallinero vacío. Y el monte en continuo avance.
La gente no se acerca. Tienen miedo. Dicen que está asombrada. Que por las noches oscila una vela prendida. Que la habita un fantasma.
Supersticiones. Creencias de ignorantes. Pero mejor, así nadie intentará robar los muebles donde el polvo puso una fina capa. Ni la vieja máquina de coser que, dicen, algunas noches hace ruido. Ni tocarán los papeles en el escritorio de papá.
Lo de la campana sí que es un misterio. A veces suena a media noche, como llamando a misa. Y no es el viento. Ni nadie puede subir a la torre pues la escalera se ha roto. Tampoco tiene soga. Por las dudas, cuando algún trasnochado pasa por enfrente de la capilla, se santigua y apura el paso.
No me molesta esta quietud. Ni las circunstancias. Tan solo quisiera que no hiciera tanto, pero tanto frío.
Y ya sé que el espejo no me refleja. Pero, ¿acaso tiene importancia? Debo seguir mi ronda nocturna. Prendo una vela.
Por la ruta siguen pasando, de tanto en tanto, los autos.
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