Luz mala

Domingo 21 de junio de 2020 | 03:30hs.

Por J. M. García Carbone Escritor

¿Cuántos años hacía que Lucero era portero de aquella escuela? Algunos afirmaban, que toda su vida, 45 años, porque desde niño, cuando era alumno, después de clase, tenía a su cargo esos menesteres.
El asunto es que nunca revistó como tal y sin embargo había tenido su sueldo y era en resumen el portero.
-¿Acaso alguien quería ese puesto? ¡Cómo para que­rerlo! La escuela estaba junto a las ruinas jesuíticas de Santa María la Mayor, esas moles de piedras ganadas por el monte, que hacían retroceder el espíritu con el misterio de su historia y la sombría presencia de los muros agobiados de leyendas.

Las voces, los ruidos, las luces que encendían y apa­gaban, las figuras de frailes que se paseaban por la pla­za mayor en las noches de luna; el apagado sonar de una campana que estremecía los árboles y retumbaba en el túnel sombrío, cuya boca ojival se abría como un interrogante bajo los naranjos silvestres y las ortigas gigantes, ponían el freno inhibitorio en el alma del ve­cindario. ¡Como para vivir allí, junto a todo eso! Lu­cero vivía, podía vivir.
De la gente que podía hacerlo, porque tenía desde niño, colgada en el cuello, una cruz labrada por manos indígenas y bendecida por el padre Rafael Cam­pomar, quién al ser expulsado, la arranca de su pecho y la deja al pie del Cristo que aun preside la pequeña y silenciosa capilla que se conserva en la ruina. Llega esa cruz a manos de Lucero por sucesión de familia, que algunos aseguraban también, provenía de indígenas al servicio de los jesuitas.
Podía ser cierto. Lucero tenía los rasgos de la raza guaraní. Estatura mediana. Pelo espeso y largo caído so­bre la frente; barba escasa en la barbilla, a los lados de pequeños bigotes; ojos humildes y pequeños, mandíbulas salientes, barbilla achatada, dientes casi verticales y hermosos y piel cobriza con tintes de rojo. Por designio atávico -acaso- o voz de la sangre, dominaba el suave y dulce lenguaje de los guaraníes, y en los atardeceres entonaba sus legendarias canciones, mientras recorría los senderos de las ruinas acompañado por su perro. Su amigo dilecto que respondía al nombre de “Guazú”.
Ya Lucero, para esa época, estaba libre. Las tardes eran enteramente solitarias. Las vacaciones le entrega­ban la escuela, el paisaje, el silencio, la soledad y las ruinas a su libre albedrío.
Lucero y Guazú vivían a sus anchas.
Hacia el caer de la tarde, se encaminaban hasta el arroyo Santa María, cuyas aguas cristalinas y renovadas en mansa corriente, transparentaban a un metro de pro­fundidad, el rocoso lecho.
Los sorprendía muchas veces la luna y, ya refres­cados, marchaba Lucero hacia la escuela, seguido a cor­to paso por el perro, que, deteniéndose de trecho en trecho, sacudía su pelaje empapado, salpicando las pan­torrillas de su amo.
En uno de esos atardeceres sonrosados, amalgama­dos con el azul de la serranía, y el verde del monte, Lu­cero se encontró en el camino con Diamantino, el taci­turno brasileño que por allí, cerca del arroyo, tenía instalada una curtiembre y talabartería.
-¿Paseando, Lucero?
-Sí, todavía, chamigo, -repuso Lucero, dándole la mano, mientras amenazó al perro para que no mojara a Diamantino, mientras se sacudía.
Los atardeceres misioneros en estío, anonadan por su silencio y sus colores. Se podría decir, casi, que se inundan de un místico sortilegio de leyendas, que se agranda y palpita, cuando las sombras comienzan a descender en esa bruma violeta que envuelve las serranías. En ese escenario se encontraron Lucero y Dia­mantino como tantas otras veces. En esta ocasión, em­pero, el brasileño fue más cordial e invitó:
-¿Tomamos una caña, Lucero, en casa?
-Tomamos.
Se aparearon y a paso lento, seguidos de cerca por el perro, caminaron por el camino desierto hacia la cur­tiembre. Diamantino no atinaba a iniciar la propuesta, y, cuando estaba por hacerlo, el perro le hizo dar un traspiés, en una rápida corrida en procura de un “apere-á” que cruzo el camino. Lucero le dio un grito y el perro tornó a la retaguardia.
-Este perro -arguyó Lucero -siempre igual. Los sustos que me ha dado en las ruinas al rozarme las pier­nas de repente -agregó.
- Víboras hay muchas allá, ¿no es cierto? -pregun­tó Diamantino.
-Ñacaniná y de coral, muchas agarré el año pasado.
-¿As cuerió, Lucero?
-Si.
- Y os cueiro ¿los teneis?
-Tengo.
La charla propicia había comenzado. Ya estaban los hombres en la curtiembre, instalada en una casa de madera levantada sobre patas de un metro. Subieron por la crujiente escalerita y a poco de encender el fa­rol, Diamantino puso sobre la mesa una botella de caña y el jarro de lata. Bebieron en forma alternada y un paréntesis de silencio encerró los primeros tragos y la correspondiente armada y prendida de los cigarri­llos de chalita.
Siempre el perro le estorba a Diamantino; ahora Lucero se había levantado para llamarlo al orden por­que debajo de la casa tenía un gato arrinconado contra unos cueros y le ladraba sin interrupción, con una monotonía penetrante.
Al grito de Lucero el perro silenció y agachadito se dio a marchar hasta la escuela que estaba a pocas cuadras de allí.
Diamantino sirvió otro jarro. Mientras Lucero sorbía preguntó:
-¿El túnel es largo?
-Vaya a saber, amigo -dijo Lucero apartando el ralo bigote con displicencia.
-Tal vez llegue hasta el río, ¿no?
-Tal vez.
-Si llegara, nos podría convenir.
-¿Convenir? ¿De que? -indagó Lucero reaccionando con cierto interés.
-Para un lindo negocio.
-¿El de gomas?
-Seguro. ¿Te gusta?
-¿A media?
-Claro.
-Entonces voy a ver.
-Y avisame.
Cuando Lucero salió de la curtiembre, la luna ponía un nimbo de plata sobre los cerros de la costa brasileña y los saltos del arroyo Santa María; en el viento, el rumor recóndito del agua que caía.
Diamantino regresaba con la pesada carga de un cuero de buey, que había terminado de lavar en el arroyo. Ya oscurecía. Lucero lo estaba esperando jun­to al molinete de entrada a la curtiembre. Cambiaron un saludo y, poco después, a campo traviesa, se enca­minaron hacia las ruinas. Lucero conocía bien los senderos y, mejor aún, su inseparable compañero: el pe­rro, que siguiendo el paso de los hombres, marchaba adelante.
-Por aquí -dijo Lucero- estaban las celdas don­de se refugiaban los jesuitas contra el ataque de los “Mamelucos”; y por allí, la boca del túnel, que va hasta el río.
-¿Así que va hasta el río? -interrogó Diaman­tino.
-Al parecer -contestó Lucero con desconfianza. Ya la figura de los hombres se confundía en el blo­que de sombra que aprisionaba el monte y ello hacía riesgosa la incursión.
El perro ladró en las cercanías. Un tropel inespe­rado entre la ramazón contuvo a Lucero, que se amparó en el tronco de un árbol y enarboló con fe el corvo machete. Diamantino se puso en cuclillas, ­martilló el revólver. Reinó de nuevo el silencio para oírse, en seguida, cada vez más lejano y lastimero, el aullido del perro que se fue apagando como sofocado por la muerte.
Inmóviles, los hombres aguzaban el oído, y solo es­cuchaban ese ruido que producen las ramas cuando se pisan y vuelven a su sitio.
Súbitamente, advirtieron una vislumbre y poco más allá una luz roja que se hacía llamaradas en la boca del túnel. Echaron a correr; se extraviaron en las sen­das, aturdidos y miedosos; y al otro día, mientras el sol se volcaba luminoso sobre las ruinas, el perro, junto a la puerta entornada de la capilla, se lamía cautelo­samente las patas desgarradas, y Lucero y Diamantino, de rodillas en el rústico escalón, oraban con los ojos fijos en el extraño Cristo que custodia el sagrado histo­rial de las ruinas.

Del libro El Río Solitario. García Carbone falleció en junio de 1965

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