La araña de los espejos

Sábado 15 de septiembre de 2018
Pareciera que los espejos en que nos hemos mirado a lo largo de la vida siendo objetos inanimados han sido dotados de una buena memoria. Esos callados cristales azogados han prontuariado nuestro rostro con precisión de censo; aún sin relojes a la mano, conocen la hora y el día en que se ha marcado cada arruga nueva en la frente, cada surco en los ojos, cada pliegue en el cuello.
Pero el hombre, que construye su propia historia de cada día como un artista inconformista, se mira en el espejo (el del baño al afeitarse, o en el del dormitorio cuando se ajusta el nudo de la corbata) y se ve siempre igual a pesar de los deshojamientos de los almanaques. 
Hasta se sorprende cada vez que algún testigo de sus mejores días le dice:
-¡Pero che, cómo envejeciste!
No acusa recibo. El reconocerá el sol de su vieja mirada en el reflejo del cristal aunque no ha perciba que se le apaga como una estrellita de magnitud 17; ni que se le han vencido los párpados con la misma morosidad de la cortina de una taberna suburbana; no ve el cambio de tersura que la rastrillada de la maquinita de afeitar aró en su barba (ahora encanecida); ni el ceño pulposo y surcado de la frente que parece el paisaje yermo de un astro lejano (máscara que le obliga el cambio del personaje, aún bajo el mismo disfraz; ni el rictus declinante como si se lo hubiera tallado un fabricante de títeres).
El hombre que se mira con estas perspectivas al espejo sigue siendo a pesar de los esfuerzos de la maquilladora y el vestuarista, aquel muchacho de veinte años.
En realidad el espejo no miente: son las arrugas, que han hecho su trabajo despacio y en silencio, como la araña cuando teje su red.

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