El loco del cerro

Domingo 28 de junio de 2020 | 01:30hs.

Por Germán Dras Escritor

Otro personaje raro es el loco del cerro, como se lo llamó durante un tiempo a raíz de un alambre carril que él mismo construyó para elevar el agua, provisiones y materiales hasta la cima del cerro, donde tiene su casa. Se sabe poco acerca de él, porque las noticias que corren son casi siempre increíbles o contradictorias.
- Es un porteño escapado- dicen unos.
- Es un francés que está tramando algo- aseguran otros.

- Está buscando los subterráneos jesuíticos...
- Lo trajo Horacio Quiroga para estudiar los bichos...
Esto último lo dicen porque Roger de Laf, como se llama, y Horacio Quiroga suelen andar navegando juntos, o escalando los cerros del Teyucuaré por diversión, por puro deporte; y los nativos no comprenden el deporte.
Yo sólo sé de él que tiene treinta y cuatro años, habla lenguas extranjeras, estuvo mucho tiempo en las selvas del Norte, tuvo un obraje, le erraron tiros en varias ocasiones, él demostró buena puntería; sabe hachar y machetear monte, conserva manos de señorita, y en la oscuridad ve como los gatos. En las noches de viento, cruza el río a vela y viene al boliche a buscar yerba y tabaco, siempre sin luz. Su vela latina se aparece, grande y silenciosa, como un fantasma en el Paraná, y más de una vez mis clientes se han asustado. De día lo veo desde mi mostrador zambulléndose desde unas piedras al pie del cerro, o levantando carga en su alambre carril. Le gusta andar solo. A veces se pasa una semana sin bajar. Y la viejecita doña María, que vive en su propiedad, pero en el bajo, y le lava la ropa, me cuenta que a veces él le grita desde arriba del cerro:
- ¡Doña María! ¿Qué día es hoy?
- ¡Lunes!- le contesta ella.
- ¡Qué lástima!- vuelve a gritarle él-. ¡Creía que era sábado!
Un buen día Roger de Laf desaparece del todo; doña María lo espera en vano con su ropa planchada. Pasan semanas y meses. Hasta que nace una rara historia que comienza a extenderse a lo largo de la costa argentina, desde Posadas al Iguazú. Me la cuentan mis clientes nocturnos del río. El habitante del cerro ha muerto de una manera trágica: comido por los buitres. Era un naturalista que estaba allí escondido de todos, estudiando no se sabe qué misteriosa cosa con la que iba a hacerse rico. Al cabo de tanto estudio logró hablar y comunicarse con los espíritus del cerro. Pero a pesar de sus sabias malas artes no pudo impedir que esos espíritus más diablos que él descubrieran sus ocultas intenciones de revelar los misterios de los jesuitas (los de las ruinas de San Ignacio). Y entonces todos los espíritus del cerro se le metieron en los sesos y se los dieron vuelta, dejándolo loco. En seguida los buitres lo vieron perdido, lo mataron y se lo comieron. Un día, un inspector de la Oficina de Tierras encontró allá arriba un esqueleto humano, y todos los vecinos recordaron haber visto poco antes cientos de buitres volando sobre el cerro, como cuando hay una vaca muerta.
Pero quince días más tarde se presenta Roger en mi boliche.
- Estuve trabajando en los yerbales de la “María Antonia”...
- Por aquí se cree -le cuento- que usted ha muerto en su cerro, comido por los buitres.
- ¿Ah, sí? Eso es muy parecido aun cuento que acabo de publicar en una revista porteña...

Del libro Aguas turbias. Publicó Alto Paraná y Apuntes del Alto Paraná (1939); Tras la loca fortuna (1940); Selva adentro (revista Leoplán, 1945)

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