El diablito

Domingo 10 de mayo de 2020 | 07:30hs.

Raúl Novau
Escritor

Ni la más remota idea tenía Nino de que ella existiera al otro lado del río Paraná a una decena de kilómetros. Ni tampoco que era muda. Anita -hija del jefe de la estación ferroviaria paraguaya “Carmen del Paraná”- había perdido el habla desde la niñez. Decían las curanderas producto de un susto. 
Nino no sabía esos detalles pues su mundo se circunscribía al diario trajinar en el muelle ayudando a su padre, peón de descarga de frutas y hortalizas en la laguna San José, peleándose con sus hermanos -peones también en el atracadero de los ferris- y aguantando las chanzas por su baja estatura.
Es que Nino no tenía la estatura normal para un muchacho de su edad: era enano. Único espécimen de una familia de larguiruchos incluidos los padres y abuelos. Pues si hubiera habido algún antecedente de enanismo en los ancestros quizás las chanzas fueran más benignas. Ya había superado bastante su complejo -apoyado por la madre- rebatiendo cuando podía con agudeza y a veces con crueldad las divertidas cargadas.
Pero donde más estaba a sus anchas y en un trato igualitario era en el bullanguero grupo de diablos. Solamente una vez al año se reunían en ocasiones del carnaval. El clan de disfrazados conformaba “Los Magníficos Satanaces” un exponente imprescindible en los corsos posadeños por sus estupendas presentaciones, endiabladas volteretas, galas vistosas al compás de tambores, redoblantes y cornetines. 
Desde meses antes la madre preparaba el disfraz para la ocasión; el traje del año anterior -un reducido corte de satén escarlata y tul rojo para la capa que ella consiguió pagando con bananas en La Placita- más la hechura doméstica de trapos alambricados forrados para los cuernos y la larga cola y el tridente que Nino alzaba cuanto podía para equipararse en altura a sus compañeros diablos.
Sin embargo, ese año Nino estaba decidido a abandonar su enmascarado demonio. Buscaría una comparsa distinta en otro barrio pues los satanaces se llevaban el oropel de aplausos y vivas en las demoníacas coreografías en el recorrido por Bolívar mientras que él ni siquiera asustaba a los niños que al verle sólo querían jugar. También los perros le ladraban desaforados quizás por su menudez y considerarle así más vulnerable.
En esas mentas andaba al terminar el desquicio del desfile carnestolendo en el centro, calmando la sed con el resto de la diablada acodados en el mostrador, sirviéndose cervezas y sangrías alcohólicas coloreadas como las vestimentas en el bar de Ceferino en Villa Blosett. Sentía Nino que la celebración no le pertenecía, ajeno a la algarabía reinante y tratando de permanecer disimulado, cosa difícil pues era estimado como la mascota del grupo. Desde que nacieron “Los Magníficos” integraba el saltimbanqui rejuntado luciferino y era considerado además socio fundador. Él también correspondía a las demostraciones afectuosas sin transmitir el más leve asomo de disgusto o rabieta personal haciéndose a la idea de que el año entrante sería el decisivo para su alejamiento. Mientras tanto bebía para confraternizar y olvidar sus cuitas íntimas, exigiendo que le colmaran el vaso como a todos ya que él por más enano que fuera y por menos superficie de cuerpo que disponía para que circulara la cerveza -y así corresponderle menos bebida según sus colegas- tenía las mismas funciones: la sed y la hinchazón de vientres eran iguales.
En ese tramo de la velada saturnal Nino ya estaba en franco declive y avizoraban que dormiría la mona ahí mismo pues cumplieron con sus órdenes: colmar el vaso cuántas veces quisiera. Mareado y a tientas no aceptó que lo sostuvieran ya que él podía con su físico, dijo aguardentoso y esquivo.
Sólo un concepto tenía claro Nino: seguir las vías del tren juntas pues era la tabla de salvación entre tanto avance de fachadas y árboles más grandes a la luz de la luna que se le desplomarían encima en cualquier momento. Tropezándose en los durmientes continuó zigzagueando las rutilantes vías del Urquiza. La sorpresa fue encontrarse con una mole oscura en mitad de los rieles sin estar en su libreto. Pero como tenía escalerillas semejantes a las del pórtico de su casa, no dudó en que su ángel de la guarda evidentemente cumplía su trabajo en acortarle el recorrido. Desfalleciendo de cansancio trepó al vagón y recorrió la oscuridad del pasillo hasta hallar la cama de felicidad: un montón de sacos blandos y mullidos de correspondencia donde depositó su incendiado cuerpo de diablo.
Arrellanado en el convoy del “Internacional” Nino no percibió las zarandeadas de embarque al ferry “Roque Sáenz Peña” ni los traqueteos monótonos del rodaje del tren después de Pacú Cuá. Era una bolsa postal más con la diferencia del atuendo rojo subido, acompañando los vaivenes de la marcha.
Despertó de pronto con los movimientos de llegada o salida -no precisaba con certeza- o por el calor sofocante del vagón y las sacudidas violentas que repentinamente lo volvieron a la realidad: asomándose a la ventanilla creyó que soñaba. Un enorme cartel anunciaba “Carmen del Paraná” bajo el refulgente sol de mediodía.
Tridente en ristre saltó al andén, escondiéndose tras unos matorrales, tratando de esclarecer su mente ligada por último al caminar la trocha rumbo a su casa y después la oscuridad.
Esperó paciente encogido que el tren partiera y que el terraplén se despejara de vendedoras de chipas y naranjas peladas y, dando un rodeo, se desplazó a los fondos donde asomaba la casa del jefe de estación.
La muda Anita barría la galería absorta en la contemplación mecánica de la escoba sobre el ajedrezado piso. Nino tendría que decidirse pues tarde o temprano lo descubrirían, sobre todo si había perros a quienes más temía. Avanzó con sigilo por el caminito del jardín y rápido ahora por unos gruñidos cercanos, corriendo con la capa roja al viento y surgir de golpe ante la joven ensimismada en su mudez y barrido, arrastrando la larga cola y el tridente en alto, los ojos saltones inyectados de borrachera pasada y el tizne de carbón corrido por sus regordetes cachetes.
Fue un espeluznante alarido que hasta ahora cascabelean en los oídos de Nino, tal fue el clamor de Anita, súbitamente paralizada por aquella aparición dantesca de un diablo tamaño muestra que brotaba del infierno.
Los pájaros en bandada alzaron repentino vuelo y algunos caballos se encabritaron al unísono del grito mientras el perro ladraba a las corridas y el padre y los changarines quedaron petrificados en el andén. Pero el padre distinguió algo particular, original, inocente y deseado que tal vez nadie se hubiera percatado: era el simple sonido de una voz recuperada en su primera palabra ¡Papá! Que siempre repercutiría en su memoria en los años por venir pronunciado por Anita desde la galería.
Nino fue el rey del lugar. A partir del acto fue considerado un manosanta. Anita recuperó la voz y al parecer también quiso recuperar la ausencia de lengua en años de silencio pues hablaba hasta por los codos. En retribución Nino fue designado encargado de playa en la estación. Avisó a sus padres que pronto los visitaría. Por ahora cada vez que Anita viene con la bandeja del tereré sus miradas se encuentran en ojeadas diablescas.
Publicado en “Cuentos Breves” CFI Concejo Federal de Inversiones, Concurso Premio Federal, Buenos Aires, julio/2006.  En “Leer Misiones”, Plan Nacional de Lectura, Buenos Aires, año 2011.

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