El aguará, el yaguareté y el yaguapytá

Domingo 12 de julio de 2020 | 01:30hs.

Víctor Verón
Escritor

sta historia del Aguará me la contaron hace mucho tiempo, una noche de invierno, al calor de un fogón alegre, oloroso y tibio, en el corazón de la selva, bajo el techo de hojas de palmera pindó de un pequeño rancho de un campamento obrajero; dice así: Papá aguará, el zorro, vivía con su mujer e hijitos en su humilde casita hecha en el hueco de un viejo yvyrapytá centenario. Como buen Aguará que era, siempre alerta y al corriente de todo lo que ocurría en el vecindario, un mal día se enteró de que el prepotente y cobarde señorón Yaguareté andaba con el terrible propósito de comerse a sus queridos hijitos. A Papá Aguará se le pusieron los pelos de punta; pero como tenía por costumbre pensar primero y asustarse después, se repuso de inmediato. Debo hacer trabajar la inteligencia, se dijo, y fue a llevarle la novedad a su mujer. Mamá Aguará casi se desmaya ante la noticia.

No te aflijas – dijo Papá aguará lleno de serenidad – Tengo un plan que no nos puede fallar.

Seguidamente explicó a su mujer qué debían hacer y esperaron.

Cuando el maligno y cobarde yaguareté no pudo resistir ya las ansias de darse el festín que se tenía prometido, decidió asaltar la casa de Aguará. Pero Papá Aguará, que no se perdía los pasos del asaltante solitario, esperó hasta último momento para dejarse oír. Preguntó de pronto a su mujer.

-¿Qué ocurre con esos críos que no cesan de llorar?

-Lloran porque quieren comer carne de Yaguareté…

El sanguinario bandido paró en seco y abrió los ojos como platos. Sobrecogido de espanto, retrocediendo muy despacio y en silencio, diciéndose que debía estudiar otro plan de ataque mejor, que no tuviera ningún riesgo, por lo oído.¡Los malditos Aguará también tenían algo escondido en sus mentes!

Con el corazón lleno de negruras, paseó días y días su malhumor por el bosque.

-¡Malditos!- repetía entre dientes mientras enarbolaba rabiosamente la cola- ¡Ya verán cuando encuentre la forma de cazarlos!

Una tarde se cruzó con su primo hermano Yaguapytá, el hambriento puma.

-¿Qué cosa te tiene con semejante enojo?- preguntó éste.

-¡Maldita sea mi estrella! – rugió - Me dispongo a dar un festín con los críos del Aguará y resulta que esta familia de traidores me han robado la idea. ¡Piensan cazarme a mí!

Yaguapytá quedó mirando a su primo sin saber qué decir.

Después de un buen rato, el rostro de Yaguareté comenzó a iluminarse poco a poco.

-Claro que si tú, querido primo quisieras ayudarme…-empezó a decir como si la cosa no tuviera importancia para él- ¡la gran fiesta que nos daríamos!

-Bueno…,yo tal vez…-titubeó Yaguapytá.

-Vamos, no seas miedoso! ¡Estarás a mi lado!

-¿Y no me abandonarás en el momento del asalto?

¿Tengo acaso cara de abandonar al amigo, a un pariente?

-No me fío de ti…te conozco primo- respondió Yaguapytá.

Yaguareté se tragó el insulto y pensó vertiginosamente. No quería perder la oportunidad de tener la colaboración de su primo. De pronto se le ocurrió algo realmente brillante.

-¡Escucha!- exclamó lleno de ansiedad- para que tengas la seguridad de que no te abandonaré, antes del asalto nos atamos nuestras colas…¡y listo! ¿Qué te parece?

Yaguapytá pensó un rato y dijo:

-Bueno, si es así, está bien. Vamos.

Encaminaron sus pasos hacia la casa de papá Aguará. Yaguareté perdió su enojo y comenzó a relamerse por anticipado.

Mientras tanto papá Aguará, quien había estado espiando y oído lo suficiente, llegaba a la disparada a su hogar.

-¿Qué te pasa, Dios mío?- quiso saber su angustiada mujer.

-¡Escucha y ten fe en mí!- dijo jadeando; luego explicó su plan de defensa.

Antes de entrar en combate, los feroces primos unieron sus rabos por medio de un seguro nudo. Pero cuando ya estaban por lanzarse al ataque, oyeron el siguiente diálogo:

-¿Qué ocurre con esos críos que no paran de llorar?

-Lloran porque quieren comer carne de yaguapytá.

Entonces pueden dejar de llorar, porque acabo de pagar a Yaguareté para que nos traiga un buen ejemplar de Yaguapytá.

Oyó Yaguapytá semejante villanía y el corazón se le encogió de repentina indignación. Aprovechó la atadura de sus colas para dar a su primo tal cantidad de zarpazos que éste tardó meses en reponerse del tremendo castigo.

Dicen los entendidos en historias de animales que de aquel incidente nació la acérrima enemistad entre ambos primos, de tal manera que jamás volvieron a cruzar sus caminos, y agregan que por la misma causa ningún yaguareté se arriesga ya a acercarse a la morada de un Yaguapytá.

Víctor Verón es autor de la novela Los Pájaros Sagrados, Edunam 1989, La llama y el viento, Ediciones Montoya 1997 entre otras publicaciones. Falleció el 24 de agosto de 2001.

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