Aquella navidad sin papá

Domingo 19 de abril de 2020 | 02:30hs.

Por Mario Zajaczkowski Escritor

Armar el arbolito en la navidad de nuestras vidas sin su presencia fue entrañablemente difícil. Indudablemente ni mi madre ni yo estábamos preparadas para semejante duelo.
Era notorio que muchos años tuvieron que pasar para que entendiera la ingenuidad que primaba por entonces en la geografía de mis 16 años, a pesar de estar estudiando magisterio, en cuarto año de la vieja Escuela Normal, resultaba difícil que no hubiera vislumbrado la dimensión exacta de las palabras de mi madre cuando me dijo: “Papá, no va a pasar esta navidad con nosotros”. Fui tan ilusa creí que era por razones laborales y sólo atiné a preguntar -¿Quién va a preparar el clericó esa noche?
Una nerviosa carcajada de mi mamá me golpeó como una cachetada y sobre todo cuando agregó: –¡Porqué sos tan estúpida! Se fue con otra, imbécil.
Me quedé pensando donde estaba ubicada la coma en las expresiones de mi progenitora, no llegaba a entender si el término “imbécil” era para mí o para la mujer que se fue con mi padre, mientras que ella se encerraba en el dormitorio para llorar.
Mi padre era una persona sumamente querible, alto, buen mozo, elegante, dueño de una cultura general envidiable. Por todo ello tenía éxito en su profesión de viajante y vendedor de una conocida marca de aceites comestibles y pastas secas de primera línea. Esa actitud simpática y ganadora era fundamental para que tuviera fortuna en su actividad comercial. Tal es así que teníamos un pasar aceptable si consideramos además que mi madre se desempeñaba como profesora de lengua en varios colegios . Papá viajaba en una Estanciera IKA a todas partes como visitador comercial, así que de entre semana no se lo veía en casa.
Era un aficionado a la ornitología, sabía mucho sobre aves y pájaros, coleccionaba libros y revistas relativas a ello. Cada 8 de diciembre era quien armaba el arbolito de navidad en nuestro hogar y como no podía ser de otra forma tenía una destreza especial para confeccionar ”llamadores de ángeles”, todos con avecillas de colores y delgados tubitos de metal que sonaban rítmicamente movidos por la briza que entraba por la ventana o proveniente del ventilador de techo.
En esas fiestas, era sistemático que la Nochebuena pasásemos con los abuelos paternos y la del 31 lo hacíamos en la casa de los padres de mi mamá. El tío Esteban, hermano de mi padre, soltero empedernido y muy elegante, diríamos excesivamente elegante, era el cordial animador de todas las fiestas que hacían que fueran totalmente diferentes a las acartonadas veladas de fin de año.
Preocupada por el silencio entré al cuarto de mis padres, encontré a mamá sentada en posición yoguistica sobre la cama matrimonial contando dinero. -Esos dólares eran de papá- le dije sorprendida.
-Bien conjugado el verbo, hijita, pretérito imperfecto del modo indicativo del verbo auxiliar ser, dijo con mucha sorna “Eran”ahora son nuestros y nos servirán para pagar un crucero al Brasil y disfrutar una navidad diferente-dijo encendiendo un cigarrillo.
Se notaba que estaba dolida, ya que fue al comedor y puso música a todo volumen. El despecho había esculpido en su rostro una mueca de dolor, una expresión errática que no conocía en mi madre, que siempre había sido una mujer fría, orgullosa y calculadora, pero que en el fondo ocultaba y no sé porque razón un perfil dulce y tierno. Siempre imaginé que los mares del hemisferio cerebral de ella confluían más hacia la matemática que en las playas de la literatura.
Permanecí sentada en la cama con la mirada fija en el rosario que colgaba en la pared, si bien mi padre no era un católico practicante le agradaba rezar, lo hacía a menudo, era para él un momento de meditación, aseguraba.
Jamás supuse que una excursión en un crucero fuese tan aburrida y sobre todo en Navidad, indudablemente muchos factores convergían en dicho escenario y apuntaban a que todo resultase de ese modo. Menos mal que regresamos los primeros días de enero ya que nos quedamos una semana en la Capital Federal, de esa forma nos evitamos la velada en la casa de los abuelos y todo el interrogatorio de rigor.
Dejé de escribir, quedó la birome en el escritorio y el cuaderno rodó hasta el piso de mosaicos y como un gato se acurrucó a mis pies.
Empecé a sacar cuentas, cuántos años tuvieron que pasar para que la festividad de navidad cobrara el colorido de antaño en mi vida. Comprendí lo importante que fue la llegada de quien ayudó para que armar el arbolito un 8 de diciembre tuviera nuevamente su significación tan hermosa.
Encontré en una caja que estaba en lo alto del placar unos llamadores de ángeles. Mi madre me auxilió para colgarlos y al empezar a reír acotó: ¡Qué lindo pájaro resultó ser tu padre!-refiriéndose a su hobby. Nos abrazamos esta vez sin llorar, un olorcito a lechón asado venía desde la cocina.
Afuera el sol de Garupá, brillaba con fuerza. Los festejos de la Navidad por el milagro de los milagros, volvían a tener esas tonalidades de color alegría, esperanza y fe, aunque con otro contexto y nuevos personajes. Zajaczkowski es docente jubilado. Vive en Apóstoles, Misiones. Publicó “Historias y Leyendas Urbanas de Apóstoles” entre otros libros

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