En Eldorado el cine toma impulso
Proyecciones que son encuentros y nuevas miradas
En Misiones, el fenómeno de los cineclubs crece como una alternativa cultural que recupera el sentido colectivo del cine. En ese mapa, el Cineclub Inquieto de Eldorado aparece como una experiencia que combina autogestión, compromiso social y una búsqueda constante por acercar otras miradas a la comunidad.
El proyecto comenzó el 20 de julio de 2022, con una primera proyección que marcó el inicio de un camino sostenido a pulmón. Desde entonces, el cineclub no dejó de expandirse: más de 50 películas y 60 cortometrajes proyectados, alrededor de 500 espectadores y la creación de al menos siete “pantallas” en distintos espacios culturales y comunitarios de la provincia dan cuenta de un crecimiento sostenido.
Detrás de esa construcción hay un equipo impulsor encabezado por el gestor cultural Rouel Alejandro Coronel, junto a Mariela Amarilla, Diana Garay y Gabriel Salinas, quienes sostienen el proyecto desde la producción, la programación y el trabajo técnico. Pero más allá de los nombres, lo que define al cineclub es su lógica colectiva: una red que se amplía con cada función.
“Buscamos generar un encuentro genuino con el público”, resume Mathías Venialgo, uno de los organizadores. Esa idea de encuentro es clave para entender la propuesta: cada proyección no termina cuando se apagan las luces, sino que continúa en el debate, en la palabra compartida, en la construcción de sentido.
El eje está puesto en un cine que difícilmente llega a las salas comerciales. Producciones misioneras, cine argentino, obras independientes o comunitarias encuentran en este espacio una pantalla posible. Pero también un contexto: el del intercambio. En cada función, las películas se convierten en disparadores para abordar temas como memoria, juventud, ambiente, género o identidad.
Ese enfoque se traduce en prácticas concretas. En una función dedicada a Malvinas, por ejemplo, el público dialogó con excombatientes tras la proyección. En otra, centrada en educación, participaron estudiantes universitarios y docentes en un debate abierto. En distintos ciclos, las proyecciones se articularon con organizaciones sociales, áreas estatales y espacios comunitarios.
La experiencia no se limita a una sala fija. Por el contrario, uno de los rasgos más distintivos del Cineclub Inquieto es su carácter itinerante. Las funciones han recorrido espacios como la Sala Mbopí, centros culturales, museos, barrios e incluso otras localidades como San Pedro o Posadas. La lógica es clara: no esperar al público, sino ir a buscarlo.
En ese recorrido, el cineclub también se convirtió en sede de festivales y muestras, como el reconocido “Oberá en Cortos”, el Festival Interbarrial Audiovisual de la Universidad Nacional de Lanús o la muestra latinoamericana queer “Arder en la Frontera”. Además, forma parte del circuito de pantallas del Iaavim, lo que fortalece su inserción en el entramado audiovisual provincial.
Sin embargo, el crecimiento convive con desafíos. La falta de un espacio propio y de equipamiento limita la capacidad de expansión y obliga a sostener el proyecto a partir de alianzas y trabajo autogestivo. La mayoría de las funciones se realizan en espacios con capacidad reducida, lo que refuerza, paradójicamente, el carácter íntimo de la experiencia.
Aun así, la apuesta es clara: construir comunidad a través del cine. Una comunidad que no solo mira, sino que participa, propone y se apropia del espacio. “La gente empieza a pedir películas, a involucrarse”, cuenta Venialgo. Y en ese gesto aparece quizás el mayor logro del cineclub: transformar espectadores en parte activa de una experiencia cultural compartida.
El Cineclub Inquieto de Eldorado propone volver a mirar juntos, pensar juntos y, sobre todo, encontrarse. Porque ahí, en ese cruce entre pantalla y territorio, el cine recupera su dimensión más humana.
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