2026-03-15

La vida en las reducciones tras la victoria

Los festejos en el primer aniversario de la batalla

Las celebraciones coincidieron con el primer centenario de la Compañía de Jesús. Fueron cuatro grandes fiestas con desfiles y representación de la batalla

En el año 1642 la reducción de San Francisco Javier tenía 1.442 habitantes. La mañana de la celebración los vecinos pintaron de blanco los frentes de las casas. También blanquearon los muros de la iglesia, las puertas y ventanas. Las calles estaban adornadas con guirnaldas. 

Estaba todo listo para la celebración del primer año de la batalla de Mbororé. La festividad coincidía con el primer centenario de la Compañía de Jesús, había mucho para festejar. Y un día no alcanzaba. El final de los festejos fue una representación de la batalla de Mbororé por parte de los soldados guaraníes.

La reconstrucción de ese momento histórico en los pueblos misioneros la hizo el arquitecto y doctor en historia Carlos Page en un trabajo para Universidad Nacional de Córdoba y el Conicet.

La investigación “Arte efímero y festivo en los poblados guaraní/jesuíticos. El Triunfo de Mbororé y la celebración del primer centenario de la compañía de Jesús”, más allá del hecho histórico, aporta datos de cómo era la vida en aquel entonces en las reducciones. Y cómo eran los tiempos, en comparación a esta época de la inmediatez.

La Compañía de Jesús tomó como fecha de su creación la bula del papa Pablo III del 27 de septiembre de 1540 que aprobó la orden. El centenario fue en 1640.

La batalla de Mbororé donde guaraníes derrotaron definitivamente los bandeirantes esclavistas, ocurrió en 1641. La celebración del centenario de la Compañía en las misiones se hizo en primera mitad del año 1642, dos años después. Es que entonces las noticias viajaban en barcos.

Los festejos

En las reducciones se concretaron cuatro fiestas importantes, dos entre los diez poblados ubicados al oeste del río Uruguay y otras dos entre los diez del área del Paraná.

Se escogieron los poblados que tenían mayor infraestructura. No eran tiempos felices en las misiones. Se habían relocalizados las poblaciones de San Nicolás, Mártires, Santo Tomé y San Miguel en la región del Uruguay. Todo era muy reciente y los pueblos atravesaron períodos de hambrunas y enfermedades. Por ello se decidió que la gran celebración debería servir también para recuperar el ánimo.

En San Javier

Los festejos se iniciaron en la reducción de San Javier. El poblado estaba en formación y se mejoraba su iglesia, pero era uno de los más desarrollados en infraestructura.

Al blanqueo de casas, adornos de calles para la celebración se sumaron otros tres altares “con variedad de flores, ramilletes, candeleros, relicarios, pajaritos contrahechos, que todo junto hacía una apacible primavera”.

“Se invitó a los pobladores de las otras reducciones y poco a poco fueron llegando sacerdotes con sus cantores y capitanes, hospedándoselos a todos. Llegó finalmente el superior de las misiones, el francés Claudio Royer. Fue recibido con repliques de campanas, toque de tambores y chirimías y se ofreció una gran comida para todos, acomodándose en el patio de la residencia, nueve largas mesas que sirvieron para el agasajo”.

Comenzó la celebración con las vísperas cantadas a tres coros “como se podía en la mejor catedral. Con repique de campanas y tocando chirimías en las cuatro esquinas de la plaza, además de disparos de arcabuces”.

El broche de oro lo pusieron los habitantes de Asunción de Acaraguá y Mbororé, población de 1.300 personas, quienes a la tarde hicieron una representación dramática sobre la invasión de los portugueses.

Lo cuenta en detalle el padre Zurbano en una de las cartas anuas que envío a sus superiores: “El argumento fue la victoria que los indios alcanzaron a los portugueses, refiriendo la junta que los caciques hicieron entre sí acerca de los daños que habían recibido de los lusitanos en varias provincias, y cuánto les importaba acabar con ellos”.

La representación tuvo una segunda parte donde los bandeirantes avanzaron de nuevo a la batalla y fueron derrotados definitivamente. “Los vencedores traen los despojos que presentan a su patrono San Francisco Javier y concluye el coloquio con grandes aplausos por parte de la concurrencia”.

En Concepción

La segunda celebración fue en el poblado de Concepción que contaba con 3.600 habitantes y era clave en el ecosistema jesuítico. Ahí se custodiaban las armas de las reducciones y se fabricaban municiones.

Lo particular del festejo desarrollado en esta reducción, que contó con otros matices -según relata el padre Zurbano- es que al comenzar las vísperas “se dio el bastón de capitán desta reducción a Don Alonso Ñienguirú por muerte de su padre Don Nicolás Ñienguirú”.

Nicolás Ñenguirú fue quien le solicitó reducirse al padre Boroa. Roque González de Santa Cruz, fundó el pueblo el 8 de diciembre de 1619. El cacique, y a su vez capitán de guerra, sobresalió por su capacidad de liderazgo y sus virtudes morales que hacían de su persona un modelo en las reformas de costumbres que pretendían los jesuitas de los guaraníes; pero también se destacó por su generosidad y oratoria, aunque principalmente por su estratega militar frente a los paulistas.

También hubo en Concepción una solemne procesión por toda la plaza. Fue encabezada por la soldadesca de flecheros, rodeleros y arcabuceros, tocando cajas y tremolando sus banderas. La amenizaban “muchas danzas, varias figuras, unas puestas en zancos, todo lo cual con el ruido de las cajas, estruendo de arcabuces, sonido de trompetas, música de voces, y de instrumentos, formaban tan solemne procesión que se acabó a la una del día”.

La fiesta continuó a la tarde, donde nuevamente se representó la batalla de Mbororé que duró hasta la noche.

En la costa del Paraná

Entre los pueblos de la costa del Paraná, la celebración se hizo en “San Ignacio del Yavevirí, que contaba con 1750 habitantes”.

Se habían concentrado en San Ignacio los habitantes de siete reducciones. Lo particular que sucedió en este pueblo fue que antes de la misa hubo un desfile militar, donde se pusieron “en buen orden cuatro compañías de soldados, cada una con su capitán y arcabuceros, delante de cada capitán iba un paje que le llevaba la pica, y delante de cada arcabucero su rodelero”.

Cada compañía representaba a un pueblo, destacándose los soldados de San José, “que iban todos talqueados en vestidos, morriones y rodelas, que parecían unos soles según el talco brillaba”. Marchaban delante de la procesión “haciendo ya sus caracoles, escaramuzas y encuentros donde el lugar lo permitía”.

Finalmente, a la noche, las cuatro compañías de arcabuceros fueron al río en 70 canoas donde portaban quinientos faroles y representaron la batalla.

En Encarnación

La última celebración se concretó en Encarnación de Itapúa, que tenía 2.200 habitantes.

Escribe el padre Zurbano, que este poblado “echó el sello y puso corona a este primer siglo de la Compañía”. En este único caso brinda la fecha en que se realizó la conmemoración: 14 de junio de 1642. Era un sábado a la mañana. En el puerto se esperaba el arribo de los jesuitas del Paraná, que fueron recibidos con una salva de arcabuces y la música de chirimías, entre danzas y canciones.

Cuando las procesiones terminaron, los altares fueron desmontados y las representaciones concluyeron, seguramente la vida volvió a su ritmo cotidiano en las misiones. Atrás habían quedado, por la bravura de unos guaraníes y un puñado de jesuitas, las incursiones de los bandeirantes -se estima que esclavizaron a 300 mil aborígenes-, aquello que tanto daño había hecho en las reducciones. 

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