Sus autos siempre fueron una “pinturita”

Sábado 20 de abril de 2019 | 10:00hs.
Por Sonia Benítez

Por Sonia Benítez redaccion@territoriodigital.com

Mientras en el equipo de sonido se escucha a la orquesta tocar los clásicos más famosos de los grandes compositores, Bernardo Neumann hace memoria y trae al presente a cada uno de los vehículos que lo trasladaron por todo el país y lo introdujeron en cientos de aventuras.

En su casa instaló su taller. Los colores invaden las paredes y los cuadros y pinceles reflejan el arduo trabajo del artista. Y esa vivienda cuya fachada se ve a lo lejos por sus intensos tonos, tiene una estrecha relación con un Citroen C15.

“Mi primer cero kilómetro fue una camioneta Citroen importada C15, en el año 1988 aproximadamente. No tenía aire acondicionado y tampoco se podía colocar. Yo la había comprado para hacer viajes largos, pero no superó los dos meses. La equipé como siempre hacía con los vehículos: le agregué dos asientos que se podían quitar, lo tapicé y hasta me di el lujo de ir a pescar con mis padres también, pero a los dos meses tuve la oportunidad de comprar esta casa, y con la entrega del auto a la concesionaria más un préstamo pude comprarla”, recordó Neumann, quien desde muy pequeño estuvo relacionado con los vehículos, tanto así que alrededor de los trece años ya sabía cómo moverse sobre las cuatro ruedas.

“Yo empecé a manejar a los trece años. Estaba en Alem, eso era el año 1966, mi tío me enseñó a manejar con un Jeep Willys Corto doble tracción. Cuando volví a Puerto Rico mis padres tenían un Chevrolet 1929, que era una camioneta para aproximadamente mil kilos. Era realmente una joya, una reliquia, ese fue nuestro primer auto de familia”.

En su niñez y adolescencia Bernardo Neumann ayudaba a sus padres con el trabajo en la chacra, para lo cual necesitaban de un vehículo que les facilite la tarea de trasladar los alimentos o el ingreso por zonas de difícil circulación.

“Después tuvimos una camioneta Chevrolet 1946 que ya era mucho más elegante, con otro tipo de suspensión y con la palanca de cambio bajo el volante. Tenía tres marchas hacia adelante más la reversa, pero era problemática la cuestión mecánica porque se producía el desgaste, y los mecánicos de esa época eran todos autodidactas, entonces la preparación o la reparación del vehículo en sí era siempre muy difícil, sumado a eso la dificultad que había para conseguir los materiales, los repuestos”, con este vehículo de gran tamaño, Neumann pudo, no sin inconvenientes, trasladar hacia el mercado las frutas y verduras que obtenían de su plantación.

“En la chacra era imprescindible que todos sepamos manejar. Nuestra chacra tenía unas elevaciones considerables y por eso con la camioneta no se podía llegar hasta la punta del cerro, por las piedras sueltas, por la tierra arada y esas cuestiones. Entonces dejábamos la camioneta a la mitad del camino y en la cúspide de la loma teníamos las distintas plantaciones, de zapallo, mandioca, banana, sandía y la peor tarea siempre era la de transportar el zapallo o la sandía, porque cada uno podía transportar dos y, para llenar la camioneta, había que hacer varios viajes. Era todo un tema. Los sábados a la mañana nosotros íbamos al pueblo a vender sandía o también llevar mandioca a las fábricas de almidón de mandioca que existían en el vecindario, la camioneta tenía una capacidad un poquitito superior a los 500 kilos”. 

“Ahí aprendí de papá varias cosas: que el vehículo tiene que estar a tu servicio y tiene que estar en buenas condiciones siempre. Entonces cuando vos te sentás en el auto no te tiene que faltar nada, que las cubiertas siempre estén bien, siempre esté con combustible. El auto se puede quedar y puede fallar porque se trata de un aparato mecánico, pero nunca debe quedarse en la calle por desidia” remarcó.

Útil y necesario
Para el reconocido pintor el vehículo debe serle útil al ser humano por encima de marcar una presencia, es por ello que siempre lo mantiene en excelentes condiciones, ya que lo necesita para trasladarse hacia sus clases o para transportar su arte.

Fueron varios los vehículos que tuvieron alguna modificación, en el sentido de que había que obtener un poco más de espacio para acomodar los cuadros que siempre acompañan a Neumann en todos sus recorridos.

“Comencé mi aventura con los autos con una furgoneta Citroen- color amarillo alajuela- que compré a la sociedad Esdeva del colegio Roque González, donde fui docente muchos años. Como era de suponer los sacerdotes la tenían en óptimas condiciones. Tal es así que no le tuve que hacer absolutamente nada, sencillamente manejarlo. Me brindó muchísimas satisfacciones porque era mi momento de estar en la actividad muy constante en el arte, es decir transportaba mis cuadros y los elementos para la producción artística. Estamos hablando de la época del ‘80 y en ese momento pude viajar al interior con ese auto. Lógicamente al ser el motor de tan baja potencia había que ser muy hábil en hacer los cambios para no perder la inercia, pero funcionaba perfectamente bien, era un auto ideal, me llevó a distintos lugares junto a mi familia”.

Los artistas siempre llevan consigo sus trabajos a diferentes lugares, por lo que un buen vehículo se transforma en una herramienta muy importante para ellos. Y aunque a veces los modelos no tienen el suficiente espacio o no están pensados para una actividad específica, con unos cuantos cambios Neumann logra adaptar sus autos para que les sean útiles en su labor.

“Yo siempre hice deporte, y una vez estaba trotando y pasé frente a una casa de familia y veo un Renault Ts con un cartelito que decía ‘se vende’. Me acerqué y pregunté cuánto valía y el precio era increíblemente bajo. En ese momento todavía se podía identificar de qué provincia venía un auto por las iniciales que tenía, Misiones tenía la N, Mendoza la M y la X era de Córdoba. Miré y este era de Córdoba. Hice un esfuerzo con la ayuda de mis padres, con préstamos y urgente vender el otro auto que tenía para hacer la entrega y poder comprar este Renault. La sorpresa después fue con respecto a lograr la transferencia del vehículo de la provincia de Córdoba hasta acá, porque no estamos hablando de una era digitalizada como ahora, sino de épocas en que los trámites se hacían a través de correo, a través del télex y demás, estamos hablando de 1980 por ahí. Era un auto que tenía apenas 5 mil kilómetros y me dio muchísimas satisfacciones. Viajé por todo el país, era de última generación y yo contentísimo porque tenía el auto que realmente me gustaba. Yo tenía seguridad, cuatro faros adelante y aire acondicionado”.

“A este vehículo lo acondicioné, le puse portaequipajes y sobre el portaequipajes iban mis cuadros, cuadros de una medida estándar, 90 por 70 entraban perfectamente bien. También se sacaba el asiento trasero y ahí apilaba una exposición completa. Entraban ahí 16 cuadros. En aquella época se podía levantar el asiento trasero y sacarlo por la puerta, porque estaba sencillamente fijado con ganchos antideslizantes, eso era todo lo que tenía de seguridad. Hasta Asunción me fui con el Renault 12 lleno de cuadros, porque ahí hice una exposición en la embajada argentina”, recordó el artista.

De viajes y aventuras 
Los viajes se sucedieron uno tras otro y cada uno fue una oportunidad para dar a conocer las obras de Neumann y los más diversos paisajes. Los autos siempre acompañaron siendo de mucha ayuda en la ruta.

“Más adelante tuve Volkswagen Gol y después un Suran, con esa viaje por Chile, Perú, Bolivia, Argentina de punta a punta. Sin conocer una vez nos metimos atrás del Dakar, en el camino donde habían pasado los autos hacía unas horas y detrás venían todos los equipos. Al lado nuestro pasaban los camiones cuyas ruedas tenían 1.30 de alto más o menos, dejando a su vez huellones y ese autito se portó magníficamente bien en esa situación, en pleno Desierto de Atacama. Fue una adrenalina tremenda, ahí no hay teléfonos ni nada. Después me pasé a una Ecosport pensando en seguir viajando a otros lugares. Con esa viajé bastante por lugares poco visitados, yo donde voy siempre tengo mis cuadros adentro, no sabés nunca en qué lugar podés mostrar un cuadro y el arte en ese sentido se hace popular, se conoce, siempre llevo mis cuadros por las dudas para mi exponer en los lugares públicos; no es ninguna deshonra, al contrario es la difusión del artes”.

El camino recorrido es mucho, teniendo en cuenta que el viaje comenzó cuando Bernardo Neumann apenas tenía siete años. Admirado por un telón pintado realizado por el director de su escuela por los festejos del 25 de mayo se acercó a hacer la pregunta que le abriría las puertas al arte: ¿cómo se hace eso?

“A partir de ahí nunca dejé de pintar. La que me apoyó en todo esto fue mi mamá. A papá no le gustaba mucho la idea, porque él era hachero y tal vez tenía un poco de miedo. Decía que con el trabajo en la chacra siempre iba a tener un plato de sopa, me dijo: ‘andá, quebrate las alas, acá vas a tener un plato siempre’ y eso me fue muy valioso en la vida”.

Hace unas semanas Neumann anunció su jubilación, pero como era de esperarse es sólo un cambio de ritmo “del arte uno no se retira nunca” dijo, indicando que usará este tiempo para él mismo, para sacar el pie del acelerador y dedicarse, como siempre, a llenar su vida de color.

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