Escuchar con los ojos

Los retos virales nos impulsaron a hablar de lo que está sucediendo con nuestros adolescentes, que no es otra cosa que hablar de nosotros mismos como adultos.
domingo 10 de mayo de 2026 | 6:00hs.
Imagen meramente referencial creada con IA.
Imagen meramente referencial creada con IA.

Fueron semanas de alerta, tensión y preocupación en las escuelas y también en las casas. Los retos virales nos impulsaron a hablar de lo que está sucediendo con nuestros adolescentes, que no es otra cosa que hablar de nosotros mismos como adultos. Momento de interpelación, señores y señoras.

Y en esa imperiosa necesidad de recurrir al discurso, el aula se convierte en un excelente espacio de reflexión y debate. Me permito en estas líneas citar una clase: la anécdota de una estudiante que sintetizó el problema y la solución. “Mamá, escuchame con los ojos”, le había dicho su hijo de 3 años. El pequeño estaba relatando la odisea de su día en el jardín, ella lo escuchaba mientras hacía los quehaceres. Pero el niño necesitaba su mirada, su atención, su validación. Los  adolescentes también nos están diciendo “mirame”.

Escuchar con los ojos: un desafío en tiempos de inmediatez. Un grito de los niños y también de los adolescentes, y los jóvenes. La escalada de violencia, física, simbólica y virtual que en los últimos días ocupó la agenda de los medios, fue tema de conversación en sala de profesores y en el comedor del hogar, nos lleva a revisar el rol de los padres y la familia. Estamos obligados a repasar el rol parental, como reclaman los Edayo y profesionales de la salud mental. 

Maternar y paternar también implica poner límites. Observar, escuchar y decir “no” es parte del ejercicio de educar. “Los padres deben enseñar a los chicos que los actos tienen consecuencias”, dice la psicóloga Patricia Krosche.

Los que promueven la broma o el desafío, claramente no dimensionan los antecedentes en Argentina. El dolor, la desesperación, la impotencia de perder un hijo. La masacre de Carmen de Patagones, por ejemplo. Sucedió el 28 de septiembre de 2004: trece tiros, tres muertos, cinco heridos. Un estudiante de 15 años vació en pocos segundos el cargador completo de la Browning 9 milímetros de su padre -suboficial de Prefectura Naval Argentina- dentro del aula y mató a tres de sus compañeros del primer año de la secundaria en la escuela Islas Malvinas de Carmen de Patagones.

Recientemente otro episodio conmovió al país dejando familias devastadas. El 30 de marzo, un alumno ingresó armado en la Escuela Normal Mariano Moreno N°40 de la ciudad de San Cristóbal, en Santa Fe, mientras los estudiantes se aprestaban a izar la bandera, mató a un compañero e hirió a otros dos. 

Esos chicos fallecidos jamás volverán a su habitación, no abrazarán a sus padres, no tendrán una fiesta de cumpleaños, no compartirán ningún paseo. No hay retorno. Entonces, las pintadas en las paredes, las amenazas de tiroteos, jamás pueden considerarse como un chiste. Si aparecen burlas en torno a eso, es porque todavía no entendimos –o no queremos entender– las consecuencias de nuestros actos. Y comprender esas consecuencias también es responsabilidad del adulto referente. 

Volvemos a hablar de los adolescentes y sus problemas, como si fueran ajenos al mundo adulto. Pero en realidad, lo que está en crisis son los adultos referentes. No es la intención criticar o acusar cual jueces en un tribunal el rol de los padres, sino de preguntarnos: ¿cumplimos como familia? No solo en cuanto a la presencia físico y la asistencia económica, sino en lo emocional… ¿Les dedicamos tiempo a nuestros hijos? ¿Escuchamos con los ojos?

¿Que opinión tenés sobre esta nota?