El Negro y las malas palabras
Si Roberto Fontanarrosa estuviera vivo, probablemente tendría material para otro de sus mejores monólogos. Aquel hombre que en el III Congreso Internacional de la Lengua pidió una amnistía para las malas palabras, descubriría que hoy una de las palabras más comunes del castellano se ha convertido, para buena parte del mundo, en una palabra, cuanto menos, sospechosa. Encima, Roberto Alfredo Fontanarrosa era simplemente: el Negro.
Quizá por eso le hubiera causado gracia o desconcierto una escena ocurrida hace apenas unas semanas en Colombia. Antes de un partido de un torneo juvenil, el capitán de la Sexta División de Argentinos Juniors pidió la palabra durante el saludo protocolar. Miró a la árbitra y al capitán rival y les dijo: “Quiero aclarar que al 5 y a uno que está en el banco les decimos Negro”. El futbolista colombiano respondió: “No hay problema, pero cuidado”. La árbitra advirtió, severa: “Mucho cuidado con el respeto”.
Para cualquier argentino la escena es realmente absurda y exagerada, y por eso justamente es graciosa. Podría ser una tira del Negro Fontanarrosa, tranquilamente.
En nuestro país tenemos una colección inagotable de Negros y Negras célebres. Ahí están el Negro Álvarez, el Negro Astrada, el Negro Enrique, el Negro Fontova, la Negra Fuchs, el Negro González Oro, el Negro Ibarra, el Negro Olguín, el Negro Olmedo, la Negra Chagra, la Negra Sosa, la Negra Poli, la Negra Vernaci, y tantos otros personajes de la farándula vernácula cuyo apodo terminó siendo más conocido que su nombre de pila.
Ese uso cotidiano desconcierta a quien intenta traducirla con categorías importadas, por ejemplo, del mundo anglosajón. Allí, la palabra black o ciertos términos históricamente ofensivos están inseparablemente ligados a siglos de esclavitud, segregación y violencia racial. En la Argentina, en cambio, “Negro” convivió durante generaciones con una carga semántica muy distinta: podía ser una muestra de afecto, de confianza o de pertenencia.
También, por supuesto, es utilizada de manera despectiva, especialmente asociado a prejuicios sociales o de clase, por gente racista o, para utilizar la palabra que le gustaba al Negro Fontanarrosa: pelotudos.
El episodio de Argentinos Juniors ilustra, en realidad, un fenómeno más amplio, que ha derivado en otra situación absurda y exagerada. Desde hace algunos años, y especialmente durante los Mundiales, se repite una acusación: la selección argentina no tiene jugadores negros; por lo tanto, la Argentina es un país racista. Y la sentencia suele venir acompañada de una explicación: los argentinos habrían “eliminado” a su población afrodescendiente mediante guerras y epidemias.
Cada vez que alguien pregunta qué ocurrió con los negros argentinos aparecen, puntualmente, los tres caballos del apocalipsis negro argento: las guerras civiles, la Guerra de la Triple Alianza y las epidemias de fiebre amarilla. Según esta explicación, los afrodescendientes habrían sido enviados sistemáticamente al frente en las diferentes guerras y los sobrevivientes habrían terminado exterminados por la última epidemia de 1871.
Veamos. A fines del siglo XVIII, las personas clasificadas como negras, pardas y mulatas constituían alrededor del 25% de la población del área de Buenos Aires y alcanzaban porcentajes mayores en varias ciudades del interior. Sin embargo, las cifras de las guerras y epidemias no alcanzan para explicar su supuesta desaparición. Las guerras civiles dejaron entre 25.000 y 40.000 muertos, la Guerra de la Triple Alianza entre 6.000 y 10.000 bajas argentinas. Tampoco la fiebre amarilla resuelve el supuesto misterio. La epidemia de 1871 mató aproximadamente a 14.000 personas en Buenos Aires, pero los registros no clasificaron sistemáticamente a las víctimas por raza ni permiten demostrar una sobremortalidad afroporteña decisiva. Aun estando sobrerrepresentados en estos episodios, la muerte de personas afrodescendientes no explicaría su “desaparición”.
La hipótesis del exterminio carece hoy de respaldo entre los historiadores serios. Existe un amplio consenso en que la población afroargentina no fue exterminada, sino que se integró progresivamente mediante el mestizaje y terminó diluyéndose demográficamente dentro de la población.
La explicación también reside en la forma en que se organizó la sociedad argentina. Estados Unidos, por ejemplo, mantuvo y reprodujo una frontera racial extraordinariamente rígida mediante dos mecanismos complementarios: las leyes contra el matrimonio interracial, vigentes en dieciséis estados hasta que la Corte Suprema las declaró inconstitucionales en 1967, y la regla de hipodescendencia o one-drop rule, que continuó clasificando socialmente como negras a las personas con ascendencia africana, incluso cuando también tenían antepasados blancos.
Brasil ofrece un contraste igualmente ilustrativo. Recibió cerca de cinco millones de africanos esclavizados, que se asentaron sobre todo en los estados nordestinos. La abolición fue tardía y gradual: la trata se prohibió efectivamente en 1850, la Ley de Vientre Libre llegó en 1871, la de los Sexagenarios en 1885 y la Ley Áurea recién en 1888. Pero tampoco una integración plena, ya que la Constitución de 1891 excluyó del voto a los analfabetos (una enorme proporción de los libertos) y el Código Penal de 1890 criminalizó prácticas como la capoeira y la vagancia. La igualdad formal llegó, pero sin tierra, educación ni ciudadanía política efectiva para la mayoría.
Argentina siguió un camino muy distinto. La Asamblea de 1813 decretó la libertad de vientres y la Constitución de 1853 no sólo abolió definitivamente la esclavitud y declaró libres a los esclavos que ingresaran al país, sino que eliminó toda distinción jurídica fundada en la sangre o el nacimiento. Nunca existieron leyes que prohibieran los matrimonios interraciales ni sistemas de escuelas, transportes, barrios o ciudadanía separados por raza. Mientras buena parte del mundo occidental mantuvo durante décadas instituciones de segregación o discriminación legal, la Argentina hizo de la igualdad formal ante la ley uno de los principios fundacionales de su organización constitucional.
Cuando se abandona el terreno de los prejuicios y se comparan las leyes, las instituciones y la evolución histórica de distintos países, el panorama se vuelve bastante más incómodo para quienes suelen repartir certificados de superioridad moral.
Porque la pregunta también es por qué tantos países que mantuvieron la esclavitud durante más tiempo, que conservaron leyes de segregación racial o administraron vastos imperios coloniales hasta bien entrado el siglo XX, que criminalizaron a minorías por su religión o su orientación sexual durante generaciones; se sienten hoy autorizados a dictar cátedra sobre el supuesto racismo argentino.
Como dijo el Negro:
Inodoro Pereyra: Estamos viviendo una época muy contemporánea, Mendieta
Mendieta: Qué lo parió
Por Juan Carlos Waldemar Avelli
Licenciado en Historia