Despertar ante el acoso

miércoles 25 de marzo de 2026 | 6:00hs.

Era la hora de la noche en que hasta los grillos guardan silencio, sin embargo, un súbito estremecimiento lo despertó. Después, la rara sensación que miles de hormigas recorrían sus fibras nerviosas añadiéndole mayor inquietud a su estado de ánimo. El corazón, sensible receptor de mínimas emociones, recibió el choque adrenalínico y de rebote aumentó de frecuencia como si en loca carrera buscara el túnel de la boca. Los músculos se tensaron, y los de la piel, respondiendo a la alarma general se contrajeron al unísono erizándole los pelos y exhalando ese tufillo de temor tan particular que perspira el hombre ante el peligro, sólo perceptible por el olfato agudo de los animales. Entonces, los acurrucados yaguá, acostumbrados a percibir cualquier olor aun dormidos, en réplica olfativa movieron las orejas y alguno que otro levantó la cabeza para luego retornar a la posición primigenia, pues de inmediato apreciaron que no existía presencia de peligro alguno. El avá, tumbado en decúbito dorsal, abrió muy grande los ojos en respuesta a la tensión del momento e instintivamente parpadeó dos o tres veces intentando familiarizarse con la oscuridad de la selva. Difusamente empezó a distinguir los contornos de la maraña vegetal que apenas permitía entrever algunos rayitos de luz emitidos por Yasí, en su eterno y celestial recorrido nocturno. La noche se dirigía inalterable hacia el amanecer como aconteciera desde el principio de los tiempos, cuando Tupá, el ser Supremo, en su infinita voluntad decidiera terminar con el caos y dar luz definitiva a la oscuridad del universo con el sublime propósito de diferenciar el día de la noche. Por eso habló con Kuarahy, el Karaí Resplandeciente, para que saliera todos los días desde un punto del cosmos y luego de atravesar brillando el firmamento se escondiera del otro lado en el ocaso. Y también a Yasí le dijo que hiciera el mismo recorrido, pero por las noches. Así, en el primer día, enseñaban los Chamanes; que Ñande Yara, Nuestro Dueño, el Señor de todas las cosas, continuó con su obra que sólo Él sabía por qué la hacía, creando primero la iterra con sus infinitos dones naturales, después las diferentes especies de animales para que poblaran el suelo, habitaran en el aire, en las aguas y, por último, concibiendo al hombre, género semejante al de los dioses pero sin sus poderes, creado con la intención definitiva de que gobierne y se sirva de toda la naturaleza de acuerdo a sus necesidades y sin destruirla. Aconteció, entonces, dirigiéndose al grupo más variado de animales les manifestó que serían felices en su perenne irracionalidad y, a continuación, procedió a dotar a los bípedos eréctiles de inteligencia y razón con la siguiente sentencia: “vuestra felicidad dependerá exclusivamente de si saben usarlas”.

El avá, ladeó instintivamente la cabeza apoyando la oreja contra el suelo sin percibir sonido alguno. Ni cerca ni lejos. Se volcó hacia el otro costado con la misma intención y tampoco auscultó ruido alguno que llamara su atención. Se sintió un poco más reconfortado al no escuchar aquellos pasos malditos que arrastraban consigo la carga injuriante de la esclavitud o la muerte. Solamente los insectos nocturnos emitían variados sonidos sin orden establecido en el silencio boscoso, como esos mariposones de antenas plumosas que revoloteando inquietos en su afán por encontrar pareja son capaces de detectar el olor de las hembras a decenas de distancia. O como los ysoindi, prendiendo y apagando intermitentemente sus lucecitas, pretendiendo quizá, alumbrar el camino de bichitos románticos en trasnochadas serenatas, diferenciándose refinados de los muy prosaicos buscadores de alimentos. En definitiva, todos ellos, utilizan sus sentidos adaptándolos a la indescifrable vida nocturna de la selva.

El avá atinó a sentarse acostumbrándose de a poco a la oscuridad reinante, distinguiendo difusamente a sus compañeros de aventuras tumbados en el suelo cubierto de hojarascas, y a los dispersos puntitos luminosos producidos por las brasas del estiércol seco de animales salvajes, que aún despedía hilillos de humo para espantar a los molestos ñatiú. Agudizando más la vista divisó la figura borrosa de Andrés arrodillado y rezando: ¿es que no duerme?, se preguntó, y recordó al delgado sacerdote cuando lo viera por primera, vez al arribar a la tribu con el Padre Ruiz de Montoya y otra decena de jóvenes jesuitas, vestido con su larga sotana negra y el símbolo de la cruz en el pecho. Son ellos, dijeron al verlos. Ellos eran los peregrinos esperados por los aldeanos desde hacía muchas lunas brillantes. Tenían conocimiento de la incursión por el relato oral de sus antepasados que le advertía que en diversos lugares del suelo natal atracaron hombres de piel blanca, habitantes de otros mundos que en cualquier momento llegarían a su la aldea. Sombríos murmuraban que bajaron de enormes canoas con raras vestiduras y un tipo de akäo en la cabeza que los protegía de las flechas y las chuzas. Se decía que montaban bravos animales de cuatro patas que avasallaban todo ser viviente a su paso, de manera que no se sabía quién dominaba a quién, o si se trataba de un solo ser destructivo. Lo más terrorífico era que portaban tremendos lanzafuegos que provocaban la muerte por doquier, dominando a quienes se atrevían a oponerse. Los Chamanes resignados decían que portaban dos símbolos emblemáticos de su poder a todo lugar donde llegaban: unos, una enorme cuchilla denominaba “espada”; otros, unos palos cruzados que llamaban “cruz”. Los que blandían las espadas eran rudos, codiciosos y doblegaban a los hermanos que quedaban subyugados a sus antojos. Los otros, los que portaban la cruz, eran seres simples y misericordiosos dedicados a enseñar las bondades de su Dios y de su hijo llamado el Maestro o Señor Jesucristo. Por suerte −recordó el avá-- gracias a los rezos a Ñande Yara entraron a nuestras vidas los que portaban la cruz y la Biblia bajo el brazo. Seres que nos trataron fraternalmente y con respeto, a diferencia de otros pueblos que fueron sometidos a punta de espada. Y con la espada o la cruz, los blancos conquistaron, destruyeron, o crearon ciudades como la “Ciudad de los Reyes” en la lejana tierra de los Incas. Después los Chamanes se encargarían de explicarnos qué es una “ciudad” y quienes son los “reyes”.

Yaguá= Perro. Avá= Hombre Guaraní. Yasí= Luna. Tupá= Dios. Kuarahy= Sol. Karaí= Señor. Ñande Yara= Dios. Ysoindi= Luciérnaga. Ñatiú= Mosquito. Akao= Sombrero

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