El fatídico inicio, desde el testimonio de Nuria Allou

domingo 22 de marzo de 2026 | 6:05hs.
El Escuadrón 10 de Eldorado fue señalizado como sitio de la memoria.
El Escuadrón 10 de Eldorado fue señalizado como sitio de la memoria.

El 24 de marzo de 1976 amaneció en Misiones con una calma engañosa. En el barrio Retiro, de Montecarlo, Nuria Allou, una joven de apenas 16 años, se ocupaba de las tareas del hogar mientras cuidaba a su bebé de once meses. Su compañero, Juan, se había ido a trabajar temprano. Para ellos, era un miércoles más; para la historia argentina, era el comienzo de la etapa más oscura.

La noticia no le llegó a Nuria Allou por la radio, sino a pie. Aníbal, un compañero de la Escuela Normal, golpeó su puerta con la urgencia de quien ya conoce el miedo. “Parece que te van a ir a buscar, hubo un golpe de Estado”, le advirtió.

Nuria, con la ingenuidad propia de la adolescencia, no terminaba de dimensionar el peso de esas palabras. Su respuesta fue un acto de cotidianeidad frente al abismo: se puso a limpiar la casa, a lavar y planchar la ropa.

“¿Por qué te van a hacer algo si vos no hiciste nada?”, le diría más tarde su esposo, buscando consuelo. Pero en el esquema del terror, “hacer algo” era ser presidenta del Centro de Estudiantes o colaborar con el sacerdote José Czerepak en los barrios humildes, ayudando a los trabajadores del packing de naranjas. Para la dictadura que nacía, la solidaridad era un delito.

A las ocho de la noche, el sonido de un motor rompió el silencio del barrio. No fue un camión del Ejército, sino el móvil policial. Al frente del operativo estaba Don Berón, un vecino del barrio y padre de una amiga de la escuela de Nuria.

La escena rozaba el absurdo: mientras su marido discutía con el policía -un conocido de toda la vida-, Nuria se vestía para lo que creía sería una breve diligencia. “Me puse mi mejor ropita, una pollera paisana en vez de un pantalón, fijate la mentalidad ingenua que uno tenía”, recuerda hoy la doctora Allou.

El recorrido del móvil fue una recolección de ausencias. Pararon en lo de los Ledesma buscando a Cachito, quien había muerto meses antes en un accidente. Como no estaba, se llevaron a su hermano Juan, un trabajador que nada tenía que ver con la militancia. La lista ya estaba confeccionada; el plan sistemático estaba en marcha.

El sótano de la memoria

Al llegar al lugar de detención, Nuria se encontró con el espejo de su comunidad: su profesor de Historia, su maestra de primaria, colegas y amigos. A medianoche, las mujeres fueron trasladadas al Escuadrón 10 de Gendarmería en Eldorado. Allí, bajo las luces de los faroles, vieron la imagen que definiría la época: filas de hombres contra la pared, con los brazos en alto, de espaldas al mundo.

El destino final en sede de Gendarmería Nacional fue un sótano, un depósito de mercadería de contrabando lleno de bolsas de harina y yerba, debajo del escritorio del comandante. En ese espacio ínfimo, Nuria y sus compañeras descubrieron, a través de una pequeña mirilla, que no estaban solas: en un habitáculo minúsculo, el padre José Czerepak estaba cautivo.

Nuria recuperó la libertad tiempo después, pero la dictadura no se retiró de su vida fácilmente. Cada vez que intentaba retomar sus estudios en la nocturna, llegaba la notificación: “Libertad vigilada”.

Hoy, décadas después y convertida en abogada y ex jueza, Nuria logró transformar aquel dolor en un acto de justicia. Gracias a su persistencia, el Escuadrón 10 de Eldorado fue señalizado como sitio de la memoria. 

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