Peronismo: ¿hay que sumarse al consenso ortodoxo?
El rechazo social a la inflación disparó un debate ineludible sobre la renovación del peronismo. Pero hacer del orden macroeconómico un destino y no un punto de partida implicaría renunciar a la política. Entre la ortodoxia resignada y el desorden que se agotó, un peronismo desarrollista debe plantear una pregunta incómoda: ¿orden para administrar lo existente o estabilidad para transformar la estructura productiva, social y territorial de la Argentina?
En diciembre pasado, J. Amondarain y L. Chiconi se preguntaban en esta Revista, en un artículo que luego citaría C. Pagni en La Nación, si “¿es posible una renovación del peronismo?”, proponiendo una lectura provocativa del proceso político desatado tras las últimas elecciones. Su tesis central es directa: existe ahora un nuevo consenso social en favor de un orden macroeconómico ortodoxo que fija límites pre-políticos a todo intento de renovación. Esto merece ser tomado en serio, no sólo como una bienvenida interpelación que desafía la actual anomia peronista, sino como expresión de una sensibilidad extendida en amplios sectores de la sociedad, que rechaza de manera visceral la inflación no sólo como síntoma de decadencia, sino como factor de desorden profundo de la vida cotidiana.
Ese rechazo no debería admitir ambigüedades. La inflación destruye ingresos y expectativas populares, y disuelve horizontes productivos y de planificación de la vida. Sin olvidar la pandemia de Covid ni la enorme hipoteca de la deuda de alto contenido electoral contraída por el macrismo con el FMI, es difícil negar que entre 2019 y 2023 los argentinos sintieron que ese proceso alcanzó su punto de saturación. Una administración macroeconómica caótica, la emisión monetaria sin anclaje, el atraso cambiario y tarifario, y la pérdida de capacidades y autoridad estatal no fueron una fatalidad ni el resultado de una conspiración, sino de decisiones políticas extraviadas, con nombres y apellidos precisos, que la sociedad no olvida. Todo intento de reorganización del peronismo debe partir de ese reconocimiento.
Por eso conviene decirlo sin rodeos: la solución no pasa por ninguna reedición de melodías kirchneristas. El problema no es una cuestión de nombres: lo que se ha agotado es un modo de concebir la relación entre Estado, economía y sociedad, que terminó destruyendo la capacidad transformadora del Estado y reemplazándola por un uso clientelar y patrimonialista del poder. La inflación no es un daño colateral del ciclo kirchnerista, sino su consecuencia más nítida y previsible.
Sin embargo, reconocer ese derrumbe no implica aceptar la conclusión que algunos extraen de él: que la renovación del peronismo consista en su adhesión lisa y llana a un supuesto consenso social en favor de la ortodoxia macroeconómica, presentada como condición “pre-política” de toda acción futura. Ese razonamiento confunde el punto de partida con un destino supuestamente deseable, y transforma el realismo en resignación política.
Orden macroeconómico
La primera hipótesis del planteo de Amondarain y Chiconi afirma que no hay renovación posible mientras la dirigencia peronista no afirme públicamente su rechazo a la inflación, al déficit fiscal, a la emisión monetaria desordenada y al atraso cambiario, políticas que, combinadas en distintas dosis, contribuyeron a generar la crisis de 2023. Aquí conviene ser explícitos: no hay desacuerdo posible. Pero tampoco hay novedad.
Ya en abril de 2016 escribimos que un peronismo desarrollista “debía incorporar como uno de sus pilares una sólida macroeconomía de corto plazo”, agregando que: “sin baja inflación no habrá ahorro en moneda local ni financiamiento autónomo para nuestro crecimiento, y sin dólar competitivo nuestro signo primarizador será imposible de revertir. El acceso a crédito externo debe ser moderado, a tasas bajas y aplicado a infraestructura, y no a sostener el bienestar artificial que genera el atraso cambiario”. Advertíamos también que persistir en esos desequilibrios conduciría inevitablemente al peronismo a una crisis económica, electoral y, finalmente, de legitimidad social.
Como se ve, el problema no fue la ausencia de diagnóstico, sino que gran parte de la dirigencia peronista no estaba aún dispuesta a plantearse la necesidad de una transformación que pasara del monopolio de la “pulsión distributiva” (M. Rodríguez) al predominio de una pulsión desarrollista. Pero ese momento ya no es postergable.
Sin embargo, ni antes ni ahora es posible coincidir con la idea de convertir lo que es un punto de partida en una renuncia estratégica. Lo que el peronismo debe discutir no es el orden macroeconómico en sí mismo, sino para qué se lo quiere y qué viene después de lograrlo. La pregunta central es quién va a diseñar la estrategia de inserción en la actual etapa de la globalización y cómo van a participar en ella los distintos sectores sociales y las distintas regiones del país.
El peronismo no puede ser arrastrado a un consenso ortodoxo que pretende mucho más que poner las cuentas en orden. Ese consenso aspira a renunciar a la idea de estrategia y a delegar las decisiones que dan forma a la economía y a la sociedad argentina en la espontaneidad asimétrica e individualista de los mercados. Hacer del orden un fin en sí mismo implica, en los hechos, vaciar de sentido todo proyecto nacional de desarrollo. Lejos de la neutralidad y de la asepsia técnica, la ortodoxia se transforma así en una de las decisiones políticas más profundamente conservadoras.
Identidad y desarrollo
Es necesario coincidir también con la impugnación que Amondarain y Chiconi realizan a la posibilidad de un “peronismo new age”, reducido a identidades pop sin proyecto material. El desarrollo no se construye a partir de consumos simbólicos desanclados de las condiciones productivas.
Lejos, sin embargo, de abrazar un discurso reaccionario o de vivir en la nostalgia de homogeneidades ya perdidas, esto requiere reivindicar una cultura históricamente constitutiva del peronismo: la cultura del trabajo, de la producción y de la movilidad social ascendente. Esa cultura no se expresa principalmente en los consumos aspiracionales, sino en la Argentina del interior, en las economías regionales, en las pequeñas y medianas empresas, y en el trabajo industrial, agroindustrial y de servicios. Es una cultura material, territorial y productiva, sin la cual ninguna identidad política logrará anclaje social.
Esa cultura vive bajo la presión cotidiana de la competitividad en condiciones de profunda asimetría y desamparo: desamparo de infraestructura, de crédito, de apertura de mercados, de capacitación en nuevas habilidades, de reforma educativa y de reinserción laboral. Es mucho más que desamparo social; es, ante todo, desamparo productivo. Su representación está vacante. Y la impronta política y de gestión necesaria para articularla lo está aún más: se trata de transformar estructuras productivas, no de gestionar la pobreza.
Se requieren capacidades estatales mucho más potentes y sofisticadas. Se requiere un enorme cambio mental: darle músculos al Estado para ayudar a exportar y a competir, no engordarlo con estructuras que ayudan a ganar elecciones. Otra relación con el Estado. Otra relación con la sociedad. Otra relación con la economía. Otra relación con el mundo. Esta es la tarea que debe asumir un peronismo desarrollista.
Por lo tanto, se trata de rechazar tanto un peronismo “caviar” limitado a reivindicaciones simbólicas como las nostalgias anacrónicas de un nacionalismo iliberal y retrógrado. Pero esto no es aceptar de manera acrítica una globalización desregulada que diluye identidades y, en ausencia de un proyecto nacional de desarrollo, consolida la pérdida de soberanía y la fractura social. Frente al consenso ortodoxo, un peronismo desarrollista debe impulsar una inserción internacional inteligente, selectiva y estratégica, capaz de fortalecer capacidades productivas nacionales sin aislar al país del mundo. Defender lo nacional es disputar valor, empleo y producción jugando el juego de la globalización con proyecto propio. Eso es las antípodas de la ortodoxia de Milei, cuyo secretario de comercio afirma que la mejor política de desarrollo es la que no existe.
Productividad y política
En otra hipótesis, Amondarain y Chiconi afirman que “la prioridad del peronismo debe ser la producción, el empleo privado y las paritarias por productividad, y no la distribución del ingreso”. No hace falta caer en romanticismos para señalar que esta formulación es engañosa, porque presenta como excluyentes dimensiones que, en la Argentina real, están estructuralmente entrelazadas.
Es evidente que sin productividad no hay desarrollo posible. Pero en un país con casi veinte millones de personas en situación de pobreza y profundas desigualdades territoriales, la distribución del ingreso y el equilibrio regional no son un complemento “moral” del desarrollo, sino una condición de sustentabilidad política. Los intentos de estabilización que ignoraron esta realidad terminaron erosionando sus propias bases macroeconómicas.
Frente a un consenso ortodoxo que reduce la productividad al rendimiento obrero dentro de las empresas, el peronismo desarrollista debe reivindicar una noción más amplia: la productividad como construcción social y territorial, global y sistémica, en la que participan tanto las empresas como un Estado que asume su rol de catalizador del desarrollo. Esa productividad demanda precisamente aquellas acciones que la ortodoxia más reaccionaria condena: inversión en infraestructura y logística que integre el territorio, y políticas activas que reduzcan brechas tecnológicas, sectoriales y regionales. Aumentar la productividad para distribuir mejor y distribuir con inteligencia para sostener el proceso productivo no es populismo: es realismo político.
El mito de lo “pre-político”
La hipótesis final del artículo de Amondarain y Chiconi sostiene que la adhesión del peronismo a un orden macroeconómico ortodoxo no sería ideológica, sino una condición pre-política para volver a gobernar. En esta afirmación radica, creemos, el núcleo del problema. No existe tal cosa como un orden macroeconómico pre-político. Toda definición de orden implica jerarquías, prioridades y postergaciones, decisiones distributivas y, sobre todo, una concepción explícita o implícita sobre quién decide el rumbo del desarrollo.
Presentar a la ortodoxia como neutral es una forma eficaz de ideología: la que se disfraza de sentido común. Aceptar ese marco supondría redefinir al peronismo como un partido de administración del orden existente, renunciando a su lugar histórico como fuerza de transformación productiva y de inserción nacional con proyecto propio en la globalización. Ciertamente, no queremos un peronismo del desorden. Pero tampoco uno que se limite a administrar el statu quo de una Argentina fracturada.
Peronismo desarrollista
La renovación del peronismo no puede pasar por reivindicar como liberación lo que es, en realidad, terraplanismo macroeconómico. Pero tampoco por someterse a un orden definido por otros, fuera del país y fuera de la política. Pasa por una nueva elaboración que asuma sin excusas la necesidad de estabilidad, pero la ponga al servicio de la transformación de la estructura productiva, la inclusión social y la integración territorial. Con capacidades estatales recuperadas, no degradadas; con planificación, no con clientelismo; con el orden macroeconómico como punto de partida de un proyecto nacional. Un peronismo que renuncie a esa tarea imprescindible podrá quizá volver a gestionar, pero habrá perdido su sentido histórico.
Por Eduardo Aguilar
Ex senador nacional por Chaco
Para Panamá Revista