Se llamaba Ñato

miércoles 04 de marzo de 2026 | 6:00hs.

Vivía en el barrio Aguacates, señorial lugar ideado por el talento imaginario del Ingeniero Victorino Mutinelli. Continuamente visitaba a su abuela debido al cariño innato que siente un nieto por ser tan especial, cuya residencia se ubicaba en la calle Bolívar casi Junín frente a la casa de Carlos Prado, el eterno maestro del Colegio Roque González y prócer del piano en el conjunto de Lito y su Montecarlo Jazz, animadores infatigables de los famosos bailes de carnaval del club El Progreso. Que alzado en lo alto del enhiesto edificio de la Sociedad Italiana, frente a la plaza 9 de Julio, recibía en bandada a la juventud de Posadas, quienes bullangueros y despreocupados por la situación económica y social del momento se sacudían de lo lindo al ritmo contagioso de la alegre banda. En cuanto más, para darle mayor jerarquía al pontificio lugar, en el gran salón de la planta baja los laboriosos hermanos Yamaguchi, venidos del Japón, atendían una especie de parroquia venerable y venerado por parroquianos devotos: el bar y café Tokio. Figón preferido de los habitantes y de los foráneos que visitaban frecuentemente la ciudad o en circunstanciales ocasiones.

Ñato se crió con la pléyade de los que nacieron en la Posadas de los años cuarenta. A la sazón, lugareños afirmaban ostentosos que se trataba de una gran ciudad pequeña, otros, la calificaban con cierto desmerecimiento de pueblo grande. Esto tal vez fuera así, porque a la Escuela Superior N° 1 Félix de Azara, adonde parte de aquellos chicos concurrían, la rodeaba calles de tierra cubierta con pedregullo de canto rodado y cunetas sin reparo a cielo descubierto, hábitat de sapos, ranas y alguna que otra anguila huidiza. Época lejana de la niñez semiconsciente en que se acostumbraba a saltar las zanjas por divertimento, trepar muros, robar frutas y cazar chicharras en siestas calurosas.

Años después de terminar el Colegio Nacional, Ñato fue nombrado auxiliar del Banco de la Provincia de Misiones. Se trataba, el banco, de un gran organismo de asistencia financiera para atender las necesidades económicas de los productores e industriales misioneros que, merced a sistemas crediticios, apuntalaron a pequeños, medianos y grandes empresarios en una región que empezaba a consolidarse.

Llevaron adelante tan noble institución personas honorables y honestas que siempre serán bien recordados: el gerente general Rubén Pagliari, el subgerente general Bruno Reutemann, los gerentes que se sucedieron Ricardo Colman, Roberto Isidro, Caio Gutiérrez, Quirincho Figueredo y otros funcionarios de segunda línea amigos de Ñato: Beto Zapelli, Ernesto Villalba, el Tano Fascio, Walter Cardozo, entre otros. Y los otros, el resto de empleados de la gran familia bancaria, por la terrible idea de privatizar el banco, quedaron en la calle sin más ni más y Misiones perdió su herramienta de crédito, cosa que no se animaron a concretar otros bancos provinciales como el Banco de la Provincia de Buenos Aires. En este caso, Misiones fue más papista que el Papa por aquella muletilla que repetían a coro los empresarios exitosos de entonces: No queremos un “Estado bolichero”.

Por sus quilates y méritos ascendió Ñato en el escalafón bancario y una noche en la Lucciola, el bar referencial del servicial gallego Pepe Galindo, donde los habituales tenían sus nombres grabados en copas de cristal, distinción del boliche, comunica a los amigos que lo ascendieron a gerente y las autoridades bancarias resolvieron trasladarlo a Buenos Aires para que se haga cargo de la sucursal de la Capital. Si sorpresivo fue el anuncio, apoteótica la despedida que le brindaron sus camaradas que indudablemente lo extrañarían.

Ya instalado en el nuevo puesto se dedicó con esmero en la novel función y contemporáneamente visitaba a las amistades de la bohemia porteña de cuando solía viajar a la gran urbe. Fue así que se reencontró con su viejo amigo Mario Juri, propietario del restaurant La Calleja, y con Reinaldo Martino, el famoso entreala izquierdo que hiciera yunta con Farro y Pontoni en el recordado terceto central de San Lorenzo de Almagro, cuadro que brillara en los años cuarenta.

Reinaldo formó una sociedad con el músico Atilio Stamponi y Vicente Fiasche, quienes tuvieron la idea de crear el santuario tanguero de la época: Caño 14, whiskería de incondicionales dedicados a tributar culto a la música ciudadana.

El nombre Caño se debía a que el maestro Aníbal Troilo, Pichuco, a los contertulios de la madrugada al finalizar su actuación les decía a manera de muletilla: “Si seguimos así, es probable que iremos a parar a los caños”. Y como se trataba de insignes quinieleros añadieron el 14, número del borracho. Así quedó bautizado el famoso local.

Ñato, muchacho sensible si los había, era de invitar a ese recinto tanguero a los amigos posadeños que asiduamente lo visitaban. Tenía una mesa reservada por la casa debido a la amistad que se dispensaban, pues, resultado de la concurrencia noctámbula, se hacía imposible conseguir lugar si previamente no se hacía reserva, él la tenía.

Solía, previo al paso por Caño 14, pasar por la Biela el bar de Florida 1, en el cual parroquianos se deleitaban escuchando al extraordinario solista del piano Juancito Díaz, otro de sus amigos. Después sí, después se partía hacia el templo del dos por cuatro si es que al tango se lo considera religión y los tangueros feligreses.

Más aún, solía terminar la tenida en el Tropezón, el restaurant del tango “pucherito de gallina con vino tinto carlón”, lugar donde Ñato solía abrazarse con Aníbal Troilo.

Desgraciadamente no supo decir no y sucumbió a la orden emanada de algunos directores del banco y de políticos que ocupaban altos cargos en el gobierno provincial de la época para que otorgara créditos a “conspicuos pro hombres privilegiados”. Y cual rufianes, con el tiempo, éstos se comportaron como tales y no devolvieron un mango del préstamo acordado, motivo por el cual fue acusado de negligente. Ante la presente situación sus “heroicos amigotes del gobierno” se hicieron los sotas y le dieron la espalda. Y en desenlace imprevisto la policía lo detuvo en el mismo banco, llenando de vergüenza al tipo que supo honrar su trabajo con decoro y conducta intachable. Al final salió indemne de la acusación, pero jamás pudo superar la cobarde traición que empañaba su honor y dignidad. Andaba mal el muchacho bohemio que supo ser amigo leal de sus amigos. Tanto es así que en última visita que hiciera a la ciudad que lo vio nacer, caminaba con su tranquito corto, cabizbajo y tristón. Ya no era el Ñato de antes.

Un verano en Mar del Plata, con la soledad de su alma en pena, tomó la drástica determinación de terminar con su vida. Dejó la ropa en la orilla de la playa y se fue caminando despacito mar adentro. El mar lo recibió, como recibe el líquido materno al niño en gestación, el lugar de la confortable y primaria protección.

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