Las Américas del conejo Benito
El show de medio tiempo del último Super Bowl, encabezado por Bad Bunny, fue presentado por muchos como un hito cultural. Un artista puertorriqueño, cantando mayormente en español, ocupando el centro del mayor ritual mediático de los Estados Unidos. La escena fue leída como una reivindicación de la “latinidad” en el corazón mismo de la cultura popular norteamericana. Pero surge una pregunta incómoda: ¿a quién iba realmente dirigido ese mensaje y qué tan eficaz resulta cuando se pronuncia desde un escenario cuyo público principal no comparte ni los códigos culturales ni las coordenadas políticas que la performance parecía interpelar?
La NFL condensa, todavía hoy, una identidad mayormente asociada a la América blanca del interior, suburbana y rural, del Sur y el Medio Oeste. No es que su audiencia sea homogénea ni impermeable a la diversidad, pero sí es cierto que el fútbol americano funciona como un ritual comunitario donde se reafirman pertenencias tradicionales: familia, patria chica, orgullo regional, continuidad cultural. En ese contexto, la puesta en escena de Bad Bunny operó como una irrupción simbólica. Para algunos, una celebración de la pluralidad real del país; para otros, un gesto extraño, ajeno, difícil de decodificar más allá del exotismo del show.
La disociación entre el mensaje y el público no es un detalle menor. Los millones de espectadores del Super Bowl no asistieron a un manifiesto político sino a un espectáculo. La reivindicación identitaria (leída por sectores progresistas como una toma de posición frente al ascenso de la derecha y especialmente a las tensiones migratorias de los últimos años) se diluyó en la recepción masiva. Para muchos, fue apenas “música en español” en un escenario que históricamente canonizó otros sonidos. El gesto simbólico, potente en redes y en la conversación cultural urbana, perdió densidad política en el living de la América profunda.
Esto quizás interpela la dificultad de los sectores de izquierda y centro izquierda norteamericanos y, en especial, del Partido Demócrata, para construir una narrativa que sea, a la vez, inclusiva y permeable para mayorías que no se reconocen en los códigos del progresismo urbano. La apuesta por la visibilización identitaria suele funcionar como consuelo moral para públicos convencidos, pero rara vez como puente hacia quienes se sienten culturalmente desplazados.
El paisaje étnico de Estados Unidos muestra una mayoría blanca que ronda hoy el 60% de la población, seguida por latinos (19%) y afroamericanos (13%). Y esa proporción blanca dista mucho de ser homogénea, ya que no se reduce a los WASP (protestante anglosajón blanco, por sus siglas en inglés) fundacionales, sino que está compuesta en gran medida por descendientes de olas inmigratorias europeas de fines del siglo XIX y comienzos del XX (alemanes, irlandeses, italianos, polacos, escandinavos, entre otros). En otras palabras, buena parte de la América blanca contemporánea es también hija de inmigrantes, integrada al país por procesos históricos relativamente recientes.
En un país que sigue siendo mayormente blanco tanto por población como por cantidad de estados (un dato nada menor en un sistema de sufragio indirecto organizado por colegios electorales), la política no se decide en Manhattan, Miami Beach u Orange County, sino en condados del interior donde la ansiedad cultural se mezcla con la precariedad material y el resentimiento simbólico.
Hay, además, una tensión performativa que roza la paradoja. Inmigrantes o hijos de inmigrantes con conciencia social, exitosos dentro del sistema norteamericano, que viven en enclaves cosmopolitas, buscan forzar una herencia identitaria latina como gesto político. Pero lo hacen desde posiciones de integración plena al orden que critican, habitando universidades de élite, industrias culturales globales y circuitos de prestigio. La reivindicación de la diferencia opera, muchas veces, más como marca de distinción que como proyecto de integración social real. La pregunta incómoda es si esa visibilización forzada no termina siendo una estética de la pertenencia antes que una política de la igualdad.
Del otro lado, la reacción de sectores blancos del interior rural no debería sorprender. Para una parte significativa de esa audiencia, la irrupción de códigos culturales ajenos en “su” ritual nacional se vive como una afrenta (tal fue la palabra que utilizó el presidente Trump). No como un debate abstracto sobre diversidad, sino como una experiencia concreta de pérdida simbólica: “esto ya no me pertenece del todo”. En contextos de polarización, gestos pensados para interpelar suelen producir el efecto inverso; refuerzan identidades defensivas y alimentan la narrativa del agravio cultural que distintos actores políticos han sabido capitalizar con notable eficacia.
Cuando Bad Bunny invoca “las Américas”, remite a un continente plural, atravesado por historias, lenguas y memorias que desbordan las fronteras de Estados Unidos. Pero esa apelación continental convive, inevitablemente, con otra (norte) “América”; la del okie, el red neck, el hillbilly, que se piensa a sí misma como depositaria de una identidad cultural propia y que también se expresa, no menos legítimamente, en clave defensiva. Y no sería la primera vez. Hace más de medio siglo, Merle Haggard cantaba Okie from Muskogee, una reivindicación explícita de los valores tradicionales (orgullo local, rechazo a las modas culturales foráneas, apego a una idea de normalidad moral). Aquella canción no es solo un clásico de la música country, sino que condensa el manifiesto emocional de una América que se sentía ridiculizada por las élites urbanas y desbordada por las transformaciones culturales de los años sesenta. Hoy, ese mismo registro afectivo reaparece, con otros lenguajes, en la resistencia cultural frente a una “América” percibida como cosmopolita, distante y moralizante, recordando que la disputa no es solo política, sino profundamente simbólica sobre quién tiene derecho a nombrar qué es, al fin y al cabo, América.
El conejo Benito puso en escena la coexistencia de dos Américas que se miran con desconfianza. Una, urbana, diversa, globalizada, convencida de estar empujando la historia hacia adelante. Otra, territorial, mayormente blanca, apegada a tradiciones que siente amenazadas. El problema no es que una de esas Américas aparezca en el escenario del Super Bowl; el problema es creer que la mera visibilización cultural puede suturar una fractura que es, ante todo, política y social. Mientras los sectores políticos no logren articular una narrativa que convoque, que incluya sin señalar, que proponga futuro, cada gesto simbólico seguirá siendo leído como provocación por quienes ya se sienten expulsados del relato nacional. Y en ese terreno, la disputa no se gana con performances, sino con proyectos capaces de hablarle, de verdad, a las mayorías que deciden elecciones.
Por Juan Carlos Waldemar Avelli
Licenciado en Historia