Un velero llamado Libertad
En 1979 José Luis Perales publicó Un velero llamado Libertad, una canción sobre el deseo de partir, dejar atrás un presente agobiante y proyectar en el horizonte la promesa de una vida distinta. En nuestra historia, esas promesas de libertad reaparecen una y otra vez y nos encuentran siempre vacilantes, como dirían Gerchunoff y Llach, entre la ilusión y el desencanto. Veamos.
En junio de 1806, cuando los buques británicos aparecieron frente a las costas del Río de la Plata y las tropas de Beresford avanzaron casi sin resistencia sobre Buenos Aires, muchos habitantes asistieron a la escena con una mezcla de perplejidad y expectativa. Y no pocos hicieron cuentas, ya que el invasor no llegaba sólo con fusiles y banderas, sino también con bodegas cargadas de mercancías, la promesa implícita de libertad comercial y la eliminación del monopolio impuesto por España.
Las Invasiones Inglesas suelen leerse como un episodio heroico, una proeza militar o como un primer ensayo general de emancipación, pero también pueden verse como un ejemplo temprano de tensiones entre apertura comercial, intereses empresarios y expectativas que chocan con la realidad. En ese sentido, hay ciertos ecos que resuenan con fuerza en debates muy actuales sobre liberalización del comercio, competencia externa y el entusiasmo que se enfría cuando el libre mercado deja de ser una consigna y se vuelve una experiencia concreta.
En el Buenos Aires de comienzos del siglo XIX, el espacio mercantil estaba atravesado por posiciones e intereses diferenciados, más anclados en la inserción concreta de cada actor dentro del orden comercial colonial que en alineamientos ideológicos definidos. El entramado de monopolio formal, prácticas toleradas de contrabando y vínculos institucionales con el Consulado y la administración virreinal había permitido a un núcleo de grandes casas organizar la intermediación del comercio y estructurar su modelo de negocios. En ese marco, la ocupación británica de 1806 fue inicialmente recibida con una disposición pragmática por parte de las corporaciones de la élite comercial y burocrática, pero la rápida implementación de un reglamento de libre comercio alteró las condiciones bajo las cuales ese esquema funcionaba y contribuyó a erosionar ese respaldo inicial. En ese mismo marco, el clima de mayor resistencia que se fue gestando ante la presencia británica no respondió a un giro nacionalista avant la lettre, sino a la convergencia de intereses diversos afectados por los efectos prácticos de la ocupación.
Salvando distancias de época, escala y actores, ese aprendizaje incómodo sobre lo que implica el cambio en las reglas del mercado encuentra un eco reconocible en debates muy actuales de la economía argentina. Muchos empresarios argentinos celebraron inicialmente el discurso de liberalización económica del gobierno de Javier Milei como una promesa de orden macroeconómico, previsibilidad y ruptura con regulaciones percibidas como asfixiantes. Pero el asunto se vuelve más incómodo cuando los cambios dejan de ser una abstracción y toman la forma concreta de plataformas chinas vendiendo más barato y rápido, o de conglomerados siderúrgicos asiáticos capaces de operar con escalas, financiamiento y respaldo estatal. Los casos de MercadoLibre y Techint probablemente no expresen una conversión súbita al proteccionismo sentimental, sino una reacción bastante racional frente a un cambio en las condiciones que habían hecho viable un determinado modelo de negocios.
Los contextos institucionales, las escalas productivas, la estructura del capitalismo global y la capacidad estatal de intervención son radicalmente distintos. Sin embargo, hay una lógica recurrente que atraviesa ambos momentos, en la que los actores económicos tienden a abrazar ciertos cambios mientras creen que podrán capitalizarlos desde una posición relativamente invariante, para luego matizar su entusiasmo cuando la competencia se traduce en pérdida de mercado, presión sobre márgenes de ganancia o desplazamiento por jugadores más grandes.
Comparar a Álzaga o Santa Coloma con empresarios contemporáneos como Marcos Galperín o Paolo Rocca es un ejercicio sugestivo, pero necesariamente forzado. Los primeros se movían en un universo de permisos, relaciones personales y circuitos mercantiles coloniales; los segundos lideran grupos que compiten en mercados globales, invierten en tecnología y operan con estructuras productivas y logísticas de alta complejidad, sometidas a estándares de eficiencia y calidad mucho más exigentes. En ese sentido, sería impreciso caracterizar a MercadoLibre o a Techint como actores “rentísticos” en un sentido simple, ya que se trata de empresas con proyección internacional, capaces de ofrecer bienes y servicios competitivos, sostener procesos de innovación y, sobre todo, generar empleo a gran escala. Que hoy expresan inquietudes frente a cambios abruptos en el entorno de sus negocios no necesariamente debe verse como una nostalgia por esquemas protegidos, sino más bien como la defensa de modelos de negocio construidos bajo un conjunto de reglas que está siendo reconfigurado.
De cualquier modo, más allá de la simpatía que puedan despertar unas u otras posiciones, lo que termina siendo decisivo no es la coherencia doctrinaria con la apertura o la protección, sino el efecto concreto de esas políticas sobre el funcionamiento general de la economía y sobre el bienestar de la población en general. El resto es, en buena medida, parte del proceso inevitable mediante el cual las empresas prueban si logran reconvertirse o adaptarse a un entorno competitivo que ya no es el que les dio origen. O resistir.
Si algo deja este contrapunto entre el Buenos Aires de 1806 y la Argentina de hoy no es una moraleja cómoda sobre las virtudes o defectos intrínsecos del libre comercio o del proteccionismo, sino una invitación a correr el eje del debate. Las políticas de apertura o de resguardo del mercado interno no valen por su pureza doctrinaria, sino por su capacidad efectiva para dinamizar la economía en su conjunto, ampliar oportunidades, sostener niveles razonables de empleo y mejorar el acceso de los consumidores a bienes y servicios. En ese proceso, es esperable que los actores económicos reaccionen, ajusten sus discursos y defiendan sus modelos de negocio, así como lo hicieron los comerciantes rioplatenses en 1806. La pregunta relevante, entonces, es si el nuevo equilibrio que emerge logra traducirse en un funcionamiento más saludable de la economía. Al final, más que subirnos con entusiasmo al velero de Perales, lo que importa es hacia dónde nos conduce ese viaje y qué costos deja en tierra firme, en una economía que, lejos de ser un laboratorio neutral, siempre reordena ganadores y perdedores mientras redefine, a su manera, las condiciones de la convivencia económica.
Por Juan Carlos Avelli
Licenciado en historia