Contigo aprendí

domingo 11 de enero de 2026 | 6:00hs.

Que todo lo que importa en la vida requiere tiempo y que a su vez ese tiempo que le dedicamos es el que hace que las cosas sean importantes, me lo enseñó Antoine de Saint Exupery en El Principito.

Que hay caminos en la vida que sólo se recorren una vez. Y que si algo nos saca de allí, de pronto, casi sin que nos demos cuenta, es imposible regresar a esos paisajes por más que lo intentemos. Eso lo aprendí en Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier.

Que el corazón tiene más habitaciones que una casa de putas me lo gritó Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

Qué no importa lo que haya ocurrido en tu vida o lo doloroso e irreparable que parezca, de nada sirve seguir intentando explicarse qué pasó y por qué y qué podríamos haber hecho para evitarlo. Que las cosas pasan por muchos motivos y jamás lo sabremos a ciencia cierta y que en algún momento hay que aceptarlas tal y como sucedieron, pasar página e intentar ser feliz. Eso me lo enseñó Alice Munro.

Que la amistad entre mujeres es una fuerza poderosa y resiliente y que en esas hermanas de la vida siempre encontraremos un refugio indestructible a lo largo del tiempo. Eso lo aprendí de las entrañables mujeres de Nosotras que nos queremos tanto, de Marcela Serrano.

Que hay mil manera de ser felices si tenemos la valentía de ir por lo que creemos que realmente vale la pena sin hacer concesiones en lo que verdaderamente nos importa me lo mostró Ángeles Mastretta con sus Mujeres de Ojos Grandes.

Que la felicidad consiste en el goce real de los bienes que ya poseemos me lo reveló Stendhal.

Que la utopía jesuítica que soñaron los jesuitas para estas tierras que habitamos palpita todavía en un rincón sagrado de la Catedral de Asunción me lo hizo notar Sepúlveda, en La Clave Zípoli, de Roberto Maack.

Que el dolor desgarrador que dejan los que se van no es más que la contracara del milagro que fueron en nuestras vidas. Y que tomar conciencia de que por nada del mundo nos hubiéramos perdido la felicidad inmensa de haber compartido parte del camino con ellos, a pesar del vacío inmenso que dejan, aligera la tristeza, me lo mostró paso a paso C.S. Lewis en Una pena observada.

Que es importante esperar al buen compañero de la vida -aunque no llegue nunca-, sin lanzarse al primero que pase, me lo enseñó Jane Austen.

Cada uno tendrá su lista. Esa de los libros que cambiaron sus vidas. Esa lista siempre abierta y en construcción.

Este tiempo de lectura que nos habilita cada año la pausa del verano y las vacaciones es la oportunidad de sumar uno más. Al final y al cabo, la vida es un libro abierto en el que nos vamos escribiendo.

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