Sin lugar para Misiones en el Excel del 2025
A lo largo del 2025 buena parte del debate económico que planteó Argentina se ordenó en torno a planillas de Excel, metas fiscales y curvas estadísticas que, en el mejor de los casos, cierran en Buenos Aires, en Washington o en los informes que miran los mercados financieros. Afuera de esas planillas se quedaron las economías regionales como la yerba mate, la madera, el té o el tabaco, por poner ejemplos de la tierra colorada.
Son economías que viven en territorios concretos, con dinámicas propias, costos específicos y márgenes de maniobra mucho más estrechos que los que suelen asumir los modelos macroeconómicos a los que la actual gestión de la Casa Rosada eligió como barco insignia de su modelo económico.
Misiones es un caso paradigmático de esa tensión. Desde el inicio del gobierno de Javier Milei, la narrativa oficial fue muy clara. Primero se debe ordenar la macroeconomía y luego, “por derrame” (Milei dixit), llegará la bonanza a la micro. El déficit cero, la desregulación, la apertura comercial y el retiro del Estado como actor económico central son presentados como condiciones necesarias —y suficientes— para que la actividad se reactive.
Pero a Misiones, a dos años del inicio del modelo, lo único que se derramó fue recesión. El sector yerbatero vive momentos críticos, con los precios de la materia prima por debajo de los costos. La forestoindustria atraviesa “su peor momento histórico” -en palabras de los protagonistas del sector- y el turismo intenta sostenerse haciendo malabares entre los turistas nacionales de bolsillos flacos y los pocos extranjeros que sin mirar las conveniencias cambiarias prefieren hacer pie del lado argentino de las Cataratas.
En el sector comercial y el de la construcción, dos grandes generadores de mano de obra en Misiones, la situación no es muy distinta. Negocios cerrando, obras paradas y trabajadores que se quedan sin su puesto de trabajo y recurren a operatorias informales con microcomercios puestos en las ventanas o garajes de sus casas para tratar de hacerse de unos pesos. Verdulerías, kioscos, tiendas de ropas y artículos usados proliferan en los barrios posadeños.
Todos estos signos de que “el derrame” a la tierra colorada no está llegando. Salvo para aquellos que con experiencia en el mundo de las herramientas financieras “hacen trabajar la plata”.
El tema es que la más amplia base de la sociedad misionera no la componen financistas o corredores de bolsa. La componen productores agrícolas y forestales, junto a trabajadores de ese sector, del comercio y la construcción. Ellos están fuera del Excel.
Es que las variables con que se desarrollan estos sectores no siempre están contempladas en el diseño de la política económica nacional: tipo de cambio real, costos logísticos, asimetrías impositivas con países vecinos, consumo interno deprimido y, en muchos casos, un mercado de escala limitada.
Así, la apertura comercial y la normalización cambiaria, celebradas como señales de racionalidad económica, no impactan de manera uniforme. En una provincia fronteriza, la apreciación del peso o la pérdida de competitividad cambiaria se traduce casi de inmediato en caída del consumo local, fuga de compras hacia Paraguay o Brasil y presión sobre comercios y pymes que no tienen espalda financiera para sostener largos períodos de retracción.
El discurso presidencial insiste en que “el Estado no debe elegir ganadores”, una consigna coherente desde la teoría liberal, pero que en la práctica deja a las economías regionales libradas a competir en condiciones estructuralmente desiguales.
Acá no se trata de pedir privilegios, sino de reconocer que no todos parten del mismo punto ni enfrentan los mismos costos. Cuando se eliminan regulaciones, subsidios o mecanismos de compensación sin una transición ordenada, el resultado no es eficiencia inmediata, sino concentración y expulsión.
El problema no es sólo económico, sino político. Las economías regionales cumplen un rol central en la gobernabilidad: generan empleo, arraigo territorial y estabilidad social. Cuando se las somete a un ajuste homogéneo, pensado para corregir desequilibrios nacionales, se corre el riesgo de vaciar de contenido la promesa federal. La política económica deja de ser una herramienta de integración y pasa a funcionar como un filtro que beneficia a quienes ya tienen escala, acceso al crédito y cercanía a los grandes centros de decisión.
El gobierno nacional sostiene que su tarea no es “arreglar la micro”, sino crear condiciones generales. El punto es que, en Misiones, si nadie se ocupa de la micro, la macro termina perdiendo sustento político. No hay estabilidad duradera si amplias regiones sienten que el orden se construye a costa de su parálisis.
La discusión de fondo no es si el orden fiscal es necesario, porque todos coincidimos en que lo es, sino cómo se administra su impacto territorial. Una política económica que no distingue entre realidades productivas corre el riesgo de convertirse en una abstracción técnicamente prolija y socialmente frágil. El Excel puede cerrar, pero la economía real no siempre espera.