La guerra en el lenguaje. ¿Cómo protegernos?

sábado 06 de julio de 2024 | 6:00hs.

Hay una guerra en el lenguaje. El lenguaje entendido ahora como “máquina de traducir” los afectos en percepciones, en orientaciones, en acciones. El lenguaje brutalista de la extrema derecha contemporánea traduce la frustración de vivir en agresividad contra los más débiles, la humillación cotidiana en delirio persecutorio, la desesperación en ganas de revancha.

¿Qué es el lenguaje brutalista? No hay más que ver discutir a Milei, a Trump, a Jiménez Losantos: mienten como ametralladoras, dicen esto y lo contrario en cuestión de segundos, se ofenden enseguida y atacan, descalifican e insultan, señalan chivos expiatorios al malestar. Sólo quieren ganar, usan el lenguaje como arma de destrucción masiva.

Es un lenguaje brutal porque destruye la igualdad entre los hablantes, el tiempo de elaboración de la palabra, la apertura al otro, el juego con las distancias. En su decir literal, instantáneo y automático, el lenguaje brutalista no es otra cosa que el lenguaje de la comunicación radicalizado hasta el extremo.

El lenguaje es un virus dice William Burroughs. El lenguaje brutal activa ese virus que llevamos dentro. Los afectos se oscurecen, los cuerpos se crispan, los discursos se vuelven crueles. Estamos poseídos. Imposible discutir racionalmente con un poseído.

¿Cómo nos protegemos entonces? La deserción no puede ser topológica: a otro lugar. No hay ningún afuera del lenguaje. Hay que desertar sin moverse del sitio. Un gesto de sustracción protectora: otra práctica del lenguaje. Allí donde estemos, en el barrio o la escuela, la casa o el trabajo, incluso en las redes, cruzar a la otra orilla del lenguaje.

Llamémosla conversación.

La conversación es la práctica del lenguaje que presupone la igualdad entre los hablantes: nadie sabe, hablamos y discurrimos juntos. Implica un tiempo de elaboración: no hay acceso directo a “la cosa”, sólo desvíos y merodeos. Abre un espacio para el otro: yo hablo, tú respondes, nosotros pensamos. Cada hablante afina su voz singular en una trama común, de todos y de nadie.

El círculo protector del lenguaje se dibuja allí donde sostenemos la conversación

La conversación habilita un procesamiento distinto de los afectos, puede cortocircuitar la traducción brutalista de los afectos, la posesión. Crea sentidos en el filo entre el sinsentido total y los sentidos absolutos. El círculo protector del lenguaje se dibuja allí donde sostenemos la conversación. Sin garantías, la protección se hace y se deshace, siempre hay que reanudar la conversación.

¿Qué es el psicoanálisis? Una conversación sanadora, el descubrimiento de que el lenguaje es cuerpo y hay palabras conmovedoras que curan. ¿Qué es la educación? Cuando no se reduce al acto de transmisión entre quien sabe y quien no, un diálogo donde puede producirse la apropiación singular de un saber. ¿Qué es la amistad? La larga conversación entre los amigos, según Hannah Arendt, que dan sentido juntos a un mundo que no lo tiene. ¿Y la política? Podría ser terapia, educación y amistad si renunciase a la propaganda, la palabra instrumental e instrumentalizadora por excelencia...

No se trata de responder al brutalismo de derechas con un brutalismo de izquierdas, competir en certezas y seguridades, atrincherarse en los lenguajes-refugio de los ya convencidos, monologar desde el “lado correcto” de la historia, sino de abrir y ampliar los espacios de conversación, con cuantos más desconocidos mejor. La conversación es irónica, nos permite jugar con nuestras identidades, nuestras opiniones, nuestras banderas. Tomar una distancia salvadora con respecto a nosotros mismos, la ironía es un antídoto contra la posesión.

Somos animales de lenguaje. El lenguaje no es sólo un puente entre tú y yo que deja intacto aquello que une, sino el mundo compartido que nos arrastra y transforma. No la base de la política, sino la experiencia política misma. No la superestructura, sino la infraestructura.

Hay una guerra en el lenguaje.

¿Cómo protegernos de la posesión?

Allí donde está el peligro, crece también lo que salva.

Otra práctica de lenguaje, comunidades de conversación.

Por Amador Fernández Savater
Para El Salto Diario

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