Ñande Reko Rapyta (Nuestras raíces)

Gol de Mandové

sábado 01 de junio de 2024 | 6:00hs.

Cuando nació lo bautizaron Floriano en agradecimiento a un funcionario brasileño que ayudó a sus padres a alcanzar la margen del río Uruguay, con el tiempo lo apodaron Mandové como el pez que abunda en el Paraná, de color claro y con tres manchas oscuras muy características; en el Paraje Los Galpones, en la picada San Javier nació, creció y esos paisajes se quedaron para siempre en su corazón de niño.

Poco y nada nos contó de ese tiempo, no sabemos si tuvo hermanos, cuándo se instaló en Posadas, cuándo la vida lo cruzó con Kruselniski -su primer maestro de pintura con espátula-, cuándo descubrió el atelier de Reviakin, de Areu Crespo, de Mena o de Areco, cuándo anduvo por Córdoba y por qué tomó clases de dibujo en el Museo Genaro Pérez, cuándo viajó a Buenos Aires y asistió a la Escuela de Artes General Belgrano, cuándo frecuentó el estudio de un plástico de origen japonés que era furor entonces, cuándo participó en el taller de Juan Carlos Castagnino en la ciudad de La Plata -donde fue “puesto en cintura” por el artista, quien le legó el gusto de pintar caballos-; cuándo conoció y frecuentó a Quinquela Martín…

Allá en Puerto Iguazú descubrió su vocación docente y para finales la década de 1970, Mandové era parte del paisaje diario posadeño y maestro de dibujo en la Escuela N° 3 “Domingo F. Sarmiento”, más de tres décadas guió las manos y la imaginación de los pequeños alumnos a través de los caminos del arte, siempre tenía un bolsillo repleto de caramelos para ellos; en el año 2005 comentó en una entrevista que era padre de dos hijos, no se le conoció compañera de vida y tampoco lo vimos enamorado; era tremendamente tímido, parco, desaliñado, desprendido, no se embretaba en conversaciones estériles y si se aburría se iba y listo.

Se calificó a sus obras como costumbristas, se dedicó al “pobrerío” como lo denominaba, a plasmar personas, modos de vida y costumbres de una Misiones que desaparecía bajo el voraz paso del tiempo… villenas, pescadores, barcos, la ribera, pintaba sobre lo que había vivido; en 1960 alguien lo convenció y expuso sus trabajos por primera vez, a los cuadros le sumó las “terracotas” años más tarde, nos deleitó con las Muestras hasta el 2000; Mandové dejó murales por toda la ciudad y en algunos rincones de la provincia, solía regalar mucho y vendía bastante por temporadas, cuando no andaba caminando estaba dibujando en cualquier lado, hasta en una mesa del Bar Español, donde había sido mozo años antes.

Era un buen tipo, tranquilo y afable… hasta que alguien le recordaba un “pecado de juventud”, resulta que en su debut como arquero del club Jorge Gibson Brown, en la primera división, con un equipo memorable y campeón -entre los que se recuerda a  Antonio “Pescado” Sokol, Ricardo Núñez, Pepe Alonso, Mazzó, Pernigotti, Nicolás Fernández, Sapo Valenzuela, Rojas, Miguel Ángel Villar, Benítez y Oscar Valle- Mandové reemplazó a Cola Blanca Rojas, el partido estaba empatado, faltaban un par de minutos para el final y el árbitro cobró penal al equipo contrario, los jugadores se prepararon, el arquero se quitó la gorra con visera, la revoleó al fondo del arco y se puso en posición, el pelotazo llegó directo al pecho, abrazó el balón con fuerza, fue en busca de su gorra y el árbitro marcó “gol en contra”, nunca se lo perdonó, no jugó más, reaccionaba mal cuando lo cargaban.

A veces “se perdía”, se internaba en el monte que protegía al arroyo Anselmo, en la zona de Candelaria, hasta encontrar un salto que conocía bien, allí las musas y los recuerdos guiaban sus manos flacas y venosas, con el correr del tiempo le pusieron su apodo a la caída de agua; hay un Sala de Arte que lo homenajea y desde principios de este siglo el Salón Principal de la Casa de Misiones -en la Capital Federal- lleva su nombre en alto, como “testigo viviente de las vicisitudes de la provincia desde la plástica y los colores”.

Fue dibujante de este diario, del suplemento dominical, desde fines de 1992 hasta principios de 1995 y en una segunda etapa a finales del 2005 hasta fines de 2006; bohemio por elección, a veces su manera de vivir chocaba de frente con una sociedad acostumbrada a las caretas y al qué dirán; su corazón empezó a dar señales de cansancio, la medicina colaboró desde Corrientes y fue por más, los últimos años fue huésped del viejo Hotel de Turismo, sus amigos más cercanos lo cuidaron, en los días finales sólo un par de ellos estuvieron con él

La tarde del 26 de octubre de 2007, Mandové cerró los ojos para siempre pero no se fue, sigue presente en las conversaciones, en los salones de arte, en los que lo amaron y cada tanto organizan exposiciones con sus obras, muestras muy particulares que se realizan a través de convocatorias, los poseedores de pinturas, dibujos, esculturitas y hasta objetos personales ceden por unos días esos retazos del gran artista que nunca dejó de ser una persona íntegra y desprendida.

Las anécdotas que protagonizó son innumerables, desde revolear algún dibujo encargado y entregado tarde hasta llegar con una pieza de mortadela y “tetrabrik” para el vernissage de alguna muestra suya en los años 90.

Se llamaba Floriano Pedrozo, le decían Mandové, fue el creador de un estilo social misionerista en la plástica regional, fue maestro por convicción, tuvo una vida intensa y genuina… se lo extraña.

¡Hasta la próxima semana!

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