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El club de los de ayer

domingo 28 de enero de 2024 | 6:00hs.
El club de los de ayer

Hablaré un poco sobre un círculo íntimo y,  en segundo lugar, expondré algunas palabras que un gran escritor ha manifestado en relación a uno de los miembros más destacados de la referida cofradía, eso corriendo el siglo XX. Entremos en tema.

Hay un grupo al que es muy difícil ingresar y que he denominado ‘El Club de los de ayer’. Ingresan en él escritores que no solo comparten la misma fe que sus antepasados, sino que, como ellos, dan verdaderas batallas en el tiempo en el que la Providencia los ha colocado. Para ingresar a dicha sociedad hay que gozar de un requisito indispensable: el dar la cara contra la corriente mundanal que lo visita o visitará. Es tan infrecuente el cumplimiento del requisito que por eso mismo el club goza de poquísimos miembros.

Podría definir de modo general a los integrantes del ‘Club de los de ayer’ con las palabras del gigante Hilaire Belloc: “El hombre que percibe, define y explaya la verdad por medio de la pluma, es más bien un escritor impopular” (Un gran escritor inglés: G. K. Chesterton, ed. La Espiga de oro, Buenos Aires, 1942, p. 85).

Escribiendo sobre G.K. Chesterton, Belloc afirmará que se “le bendijo con la ignorancia total de las acerbidades que muerden la vida de los escritores” (ob. cit. p. 98). Continúa desarrollando la idea: “La vida de los escritores ha sido siempre negocio amargo, desde que nuestros antiguos padres se empeñaron en él, en el eminente mundo griego. El desprecio y la pobreza acompañan notoriamente a los que escriben bien, y el fasto y la abundancia, a los que escriben mal. No está recompensado en este mundo y probablemente tampoco en el otro” (ob. cit. p. 99). Solo discrepo con Belloc en lo último, pues pienso que si un vaso de agua dado en nombre de Cristo no quedará sin recompensa, quien da de beber el agua salutífera de la verdad en nombre de Cristo y en defensa de la fe, no será olvidado por Quien es misericordia y justicia infinitas.

Belloc dará algunos toques más a los integrantes de la entidad: “El escritor, digo, es una infeliz bestia de carga (y conozco algo del asunto); lleva a sus espaldas para alivio de los demás las alegrías, las consolaciones, las visiones que hacen la vida tolerable en este mundo. Pero él no puede disfrutarlas más de lo que el burro disfruta de las verduras que lleva al mercado” (ob. cit. p. 99).

Para tornar aún más pesada la membrecía de los futuros integrantes del Club, Belloc dejó unas palabras que podrían definirse como proféticas: “Parecería entrar ahora la Cristiandad en una fase final de la lucha entre el bien y el mal, que es para nosotros la lucha entre la Iglesia Católica y sus adversarios” (ob. cit. p. 106).

Pasemos a lo segundo. Hilaire Belloc fue amigo íntimo de Gilbert K. Chesterton. Como tal, lo conoció en varios aspectos de su vida. Uno de esas facetas fue el amor que el llamado ‘Apóstol del sentido común’ tuvo por ‘el ayer’, por los antepasados, por la Tradición Católica, y, concomitante a eso, su odio por el modernismo que ya venía haciendo estragos. Sobre esto último nos dirá Belloc que Chesterton lo “despreciaba cuanto le permitía su mente de tan amplia benevolencia y simpatía. Le impacientaba toda necedad ambigua” (ob. cit. p. 51). Con todo, Belloc hubiera deseado que Chesterton fustigará más ese movimiento de destrucción religiosa: “Hubiérase prodigado más en ésta (hace referencia a las invectivas contra el modernismo), su efecto sería más potente y tal vez más permanente” (ob. cit. p. 52).

Chesterton –cuenta Belloc- se vinculó con dos actividades “vivas más merecedoras de seria atención: la filosofía social y la Religión” (ob. cit. p. 30).

Tanto Chesterton como Bellloc aunaron fuerzas contra el monopolio capitalista y el comunismo. Contrariamente a lo que hoy se sostiene con confusión de infantes, es ese capitalismo individualista el que quiebra las verdaderas libertades: “El principal acontecimiento social de nuestra generación había sido la destrucción de la libertad determinada por el crecimiento universal del monopolismo capitalista” (ob. cit. p. 32). La batalla pública y notoria de los dos miembros del Club consabido, ha llevado a Belloc a manifestar esto: “Fue empresa desesperada, con mucho fue también el esfuerzo público más notorio en el panorama de la sociedad actual; y a cambio del aislamiento e imaginable fracaso en que nos sumíamos, sabemos que la posteridad tendrá noticia de que un pequeño núcleo en el que Chesterton sobresalía, estuvo empeñado en defender en su propia casa, la causa de la familia libre y del hombre dueño de sí mismo” (ob. cit. p. 33).

Una de las cosas que según Hillarie caracterizaron a Gilbert fue su exactitud mental: “La pasión de Chesterton por la precisión del pensamiento fue su ventaja abrumadora sobre todos sus adversarios en controversia, especialmente sobre los modernos” (ob. cit. p. 51). También tenemos esto otro: “El corazón de su estilo es la lucidez, producto de un absoluto rechazo de la ambigüedad” (ob. cit. p. 56). Gilbert “caía sobre una idea como un águila, la despedazaba con pico activo, la dividía en sus partes constitutivas y extraía de su interior el corazón” (ob. cit. p. 94). Chesterton “amaba descubrir y proponer la verdad (¡alta tarea para un hombre (…). Tenía Universalidad” (ob. cit. p. 97).

Gilbert despreciaba la heterodoxia, y acaso por eso uno de sus libros más notable y que tiene que ver con su conversión lo tituló: Ortodoxia.

El ya célebre escritor londinense no fue a la universidad, y me veo acicateado a aplicar las mismas palabras de Belloc sobre ese punto, no solo al envío de chicos a muchos colegios modernos sino, más aún, a ciertas clases de “catecismo” que más que instruir en la fe la destruyen: “Fue para él singular buena fortuna no pasar por la Universidad. Si hubiera ido a Cambridge, o peor aún, a Oxford, le hubiese sido preciso después rectificar laboriosamente un complejo íntegro de mala historia, imperfectísima y aún más falsa que imperfecta” (ob. cit. p. 75). Da qué pensar ¿verdad? Pues si eso lo dijo Belloc hace tantos años atrás, ¿qué podríamos decir ogaño cuando el mal del engaño está tan metido y extendido? ¡Y cuántos son los que por sobre la verdad les gusta blasonar que han estudiado en tal o cual casa de renombre!

En su época Chesterton desentonaba. Desentonar por propia extravagancia es imbecilidad, pero desentonar por amor a la verdad es sabiduría, por más que eso conduzca al ostracismo o a la propia muerte. Por eso comentará Belloc de su íntimo amigo que “los finos juicios que emitía desentonaban con lo que nueve de cada diez auditorios ingleses ha tenido por sentado durante toda su vida” (ob. cit. p. 78).

Recientemente un medio muy conocido publicó un artículo en el que se resaltaba lo combativo que fue Chesterton a la hora de defender la fe, medio que, si uno le envía un artículo actual defendiendo la fe contra desmadres modernos te responderá que no lo sacará porque hay que evitar polémicas. Parece que vale resaltar batallas pasadas porque ya son pasadas, y parece que debe desaconsejarse batallas presentes porque en el presente no está bien batallar.

Brindo por el Club, porque en él hay alegría verdadera. Brindo por el Club porque ama la Verdad. Brindo por el Club porque sus miembros se apoyan en el ayer para mejor librar el combate del hoy. Y brindo por el Club, porque para extrañeza de un hoy desconectado del ayer, al estar sus miembros todos unidos en los de ayer se tornan fuertes e indestructibles.

Por Tomás I. González Pondal
Escritor y abogado

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