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Un recuerdo

domingo 21 de enero de 2024 | 3:52hs.
Un recuerdo

Alrededor de un nombre conocido -boxeador, político, asaltante, hombre de letras-, la imaginación popular forja un tipo moral y físico perfectamente definido. Es en balde que sus fotografías nos los muestren tales cual son, y que su carácter se transparente en las actuaciones que les han dado notoriedad. A despecho de esto, y de la persistente exhibición de tales rasgos físicos o intelectuales que acentúan constantemente la veraz efigie del causante, la imagen errónea ha cristalizado en cada uno, y nada en adelante la podrá modificar.

Los aficionados al arte, los lectores, son, por su impresionabilidad aguzada, los más expuestos a levantar en su interior falsas efigies de verónicas, tanto más lejos del modelo cuanto más fuerte ha sido la influencia de su predilecto artista o autor.

Son incontables los errores sufridos de este modo. Y no solamente por los aficionados de la referencia, sino por los creadores mismos, a quienes, por sus hábitos psicológicos, podía suponerse abroquelados contra engaños de este jaez.

A veces, sin embargo, es tan manifiesta la predilección de un artista por cierto tema, por tal género de estudios, por determinado aspecto de la vida sensorial, que el yerro se impone. Así, por ejemplo, en nuestro pequeño mundo, más de una vez se ha supuesto que el que estas líneas escribe es médico.

Nada que observar a esto, en razón de haber dado dicho autor más de un motivo, si no por la suficiencia al menos por la predilección, para que así se lo creyera.

Pero otras veces son más sutiles y oscuras las razones del yerro. Y una de ellas, inexplicable hasta ahora para mí, es la que por repetidas veces ha adornado mi modesto nombre con la aureola de hombre de fortuna.

Ha poco, al pequeño chalet que ocupo como inquilino, se le ha llamado "mansión". Un autor hispano resta méritos a alguna historia mía, por ser un hombre de mundo quien la escribe. Y ha menos aún, el señor Alberto Zum Felde, crítico del Uruguay, hace referencia a la vida de gran señor que he llevado en Misiones.

Esta leyenda -llamémosla así- de mi riqueza, data desde los comienzos de mi vida literaria. Me persigue obstinadamente a través de mis libros, y moriré seguramente con ella.

No es preciso ser muy avisado, sin embargo, para adivinar translúcidos en tal cual relato contrastes y vicisitudes del autor. Aunque mucho menos de lo que el lector supone cuenta el escritor su propia vida en la obra de sus protagonistas, es lo cierto que del tono general de una serie de libros, de una cierta atmósfera fija o imperante sobre todos los relatos a pesar de su diversidad, pueden deducirse modalidades de carácter y hábitos de vida que denuncian en este o aquel personaje la personalidad tenaz del autor.

Pero, así y todo, y siempre en mi pequeño mundo, no creo haber nunca despertado con relato alguno la impresión de ser hombre de fortuna. Mis personajes no respiran, por lo general, vida opulenta, y muchos de ellos, los de ambiente desierto, no han conocido otra cosa que la lucha enérgica contra los elementos o la pobreza.

En esta última circunstancia se halló, sin desearlo, al autor de estas líneas durante los dos mil setecientos días de su permanencia en Misiones. La vida de gran señor señalada por el crítico se redujo a no contar sino con mis pies y mis manos para salir del paso, y a trabajar, a veces, más duramente de lo que merece un hombre solo.

Un recuerdo de estos, que data de mis primeros tiempos en Misiones suele subir a mi memoria cada vez que logro ahora, con relativa facilidad, lo que en aquel tiempo hubiera constituido mi dicha.

Yo había llegado a aquella región lloviendo, y durante cuatro meses no hubo en el país más que agua; agua en el cielo, agua en la tierra cribada por la lluvia y los manantiales, y agua en los objetos y la ropa. Las tormentas se formaban unas tras otras, desde cualquier punto del horizonte. Llovía toda la noche sin cesar, y de día, entre calmas sofocantes con pleno sol, los chubascos torrenciales mantenían en brumas al país.

No se podía hacer nada. Cuando hallé la vida imposible bajo ese diluvio sin fin, los naturales del país me dijeron:

-No se queje. Cuando usted haya sufrido una seca aquí, no le volverá a parecer nunca que llueve bastante.

En esos cuatro meses cayó metro y medio de agua. Los treinta centímetros que faltaban para formar la medial pluvial del país, mal repartidos con seguridad en lo que restaba del año, auguraban más temprano o más tarde una atroz sequía.

Fue lo que pasó en noviembre, diciembre y enero. Lo que es la seca bajo un clima de aquellos, nadie que no viva del clima mismo, de lo que ve, de lo que toca, de lo que huele, puede formarse idea.

Por el espacio de setenta y cinco días no cayó en la región una sola gota de agua. En el aire, ahora, no había sino halos de incendio y briznas quemadas que caían lentas día y noche. Los ojos de agua de casa se secaron unos tras otros, y debí entonces ir dos veces por día con un barril a un angosto y profundo barranco que hoy es un páramo ennegrecido por el fuego continuo, pero que entonces nivelaban hasta flor de suelo espléndidos helechos arborescentes de siete a ocho metros que arraigaban en su cauce. Corría a su sombra un hilo de agua opalescente por el continuo lavar. Las paredes de arena roja del cañón desmoronábanse bajo el pie, por lo cual cuanto era de holgada y rápida la bajada, tornábase esforzada la ascensión. Se bajaba en ocho zancadas; pero eran menester treinta pequeños y duros pasos para subir.

Yo llegaba, pues, al cañón con el barril y el petiso, y emprendía la tarea de trepar desde el fondo con los baldes de agua que hundía contra la arena a cada paso.

La atmósfera de uno de esos cañones a mediodía es prácticamente el vacío para el anhelo de respirar. Bajo esa atmósfera, por las paredes casi perpendiculares que cedían en bloque bajo el pie, con el balde de agua a medio llenar, yo debía ascender el cañón jadeando de fatiga. Y si al llegar arriba la respiración me faltaba y las carótidas me golpeaban a escape, no me quedaba otro consuelo que reanudar veintitrés veces más el viaje para llenar a medias el barril.

Al arribar a casa, el barril había perdido la mitad del agua por las filtraciones. Llevaba luego carrito y petiso alquilados a su dueño, y bajo el cielo desolado, ambos, petiso y yo, caminábamos con la misma preocupación animal, la misma inquietud y la misma ansia de la nubecilla lejana, la brisa imperceptible que nos trajera por fin la lluvia salvadora. Hace muchos años de esto. Antes y después, mis manos han conocido tareas más duras e ingratas que la de sostener la pluma, y no he pasado los años al vaivén de una hamaca. Pero el recuerdo de aquel cañón, de aquel baldeo y aquella impiedad de sequía, simboliza para mí todas las etapas de ocho años de vida semejante, que el crítico aludido califica de gran señor.

 

Horacio Quiroga

Del libro La vida en Misiones. Quiroga residió varios años en San Ignacio. Algunos de los libros publicados: Historia de un amor turbio; Cuentos de amor locura y muerte; Cuentos de la selva y El desierto.

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