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Sin aquel, éste no existiría

miércoles 22 de noviembre de 2023 | 6:00hs.
Sin aquel, éste no existiría

Este lunes 20 de noviembre, se recordó en el país la batalla de La vuelta de Obligado como símbolo de la Soberanía Nacional. Fecha impuesta por los historiadores porteños en 1974, ignorando por completo que en la Batalla de Mbororé, región a orillas del río Uruguay de la antigua Nación de las Misiones Jesuitas, se libró el verdadero combate de emancipación pues, sin ésta, aquella no hubiera existido.

Ese día del 11 de marzo de 1641, el río Uruguay se encontraba en creciente. Las lluvias caídas en la víspera acrecentaron el caudal del agua más rojizo que de costumbre, debido al arrastre en pendiente de la tierra colorada. Innavegable para los barcos de gran porte, permitía la náutica de embarcaciones livianas. Nada más que el fuerte oleaje lo volvió sumamente peligroso exigiendo potentes remeros para dominarlo. Estas fortuitas circunstancias favorecían a los defensores, dado que aumentaría la dificultad de maniobra en el estrecho recodo elegido para el combate. Ya madrugando ese día, los vigías desde los atalayas divisaron las primeras embarcaciones bandeirantes y dieron la voz de alerta. Las lluvias suavizaron la temperatura y los vientos del sur empujaron las nubes que se desplazaban lentamente. Bandadas de pájaros cruzaban de una a otra orilla en maratón de acrobacias, y uno que otro biguá se precipitaba al río en larga zambullida tratando de pescar alguna presa. Se destacaban en la calma mañana loros y cacatúas de coloridos plumajes, compitiendo quien emitía los chillidos y gorjeos más sonoros. Por lo demás, la quietud del paisaje se presentaba en la más equilibrada expresión, y nada hacía presagiar el desenlace fatal en lugar tan bello que aportaba el escenario indiferente a la actividad del hombre.

 Pasado el mediodía la flotilla de balsas y canoas atestadas de guerreros iniciaba el ataque con todo el vigor que podían exhibir. Nunca antes tan poderosa fuerza militar con jefes llenos de ira y rencor surcó el río Uruguay en busca de presas humanas, seguros del temor que la brutal presencia produciría amilanando al contrario. ¡Devemos humilhá-los e que temen! -Manifestó el jefe bandeirante. Así pensaban y así lo expresaban a viva voz. Nada más que se equivocaban de cabo a rabo, porque la arenga que lanzó el cura guerrero Domingo Torres poco antes del combate, infundió coraje y valentía al ejército defensor: ¡Hermanos, luchemos que Dios está con nosotros y sólo a Él debemos temerle!

El Padre Ruyer, francés de origen, en lo alto del atalaya del cerro fue el primero en avistar las primeras embarcaciones asomando en la punta del río. Se deslizaban lentamente en sintonía con la velocidad de la corriente. Pronto asomaron las que venían a la retaguardia y el horizonte se cubrió de balsas y canoas que revestían la totalidad del ancho del cauce. Verdaderamente daba miedo la poderosa flota bandeirante que arrogante y segura de sí misma avanzaba confiada.

Expectante y nerviosa la armada guaraní se puso en posición de combate, presto a batallar apenas sonara el primer cañonazo. Así permanecieron cuando la primera balsa cruzó la línea de la desembocadura del arroyo Mbororé y la bala de cañón disparada desde lo alto del cerro dio en el centro de la embarcación haciéndola añicos. Inmediatamente al estruendo, los silbidos de miles de flechas surcaron el cielo desde ambas orillas, y los disparos de los arcabuces y mosquetes llenaron de ruido a pura espoleta. Mortíferas bolas de fuego escupían las catapultas reafirmando el poder de ataque. Por fin la cuadrilla emboscada en el arroyo salió de su encierro de días, abriéndose en abanico y arremetiendo por el centro con inusual potencia a la desprevenida armada atacante, que encajonada y sin posibilidad de maniobra quedó rodeada con fatales consecuencias. En menos tiempo de lo que se esperaba los bandeirantes quedaron destrozados debido al doble ataque fluvial y terrestre. Cientos de cadáveres flotando y solitarias embarcaciones vacías se deslizaban blandamente río abajo.

La situación había cambiado definitivamente y eran ellos los que sufrían en carne propia la desgracia cruel de ser acosados. De pronto la gritería de los bravos defensores estalló ensordecedora al darse cuenta de que la batalla en el río estaba ganada, confirmando anticipadamente el triunfo total que se vendría. Ya la escena bélica que diera comienzo en el río a las dos de la tarde, finalizaba tres horas después con el desbande bandeirante.

Los que huyeron selva adentro fueron perseguidos implacablemente, hallando horrible muerte a manos de los guaraníes o entre las garras de las fieras. Ese fue el fin definitivo de la aventura luso-bandeirante.

Culminada la batalla, el pueblo misionero y el ejército vencedor concurrieron a la Santa Misa a escuchar la homilía de uno de los curas guerreros: *Hermanos de la Nación Misionera y Guaraní, eternamente los territorios de la Mesopotamia, de la Banda Oriental y del Paraguay, le deberán agradecimiento por evitar que cayeran en manos del Imperio Lusitano. Ruego a Dios que los futuros habitantes estas tierras los protejan y traten como a héroes*.

Esta confrontación, similar si se quiere, a la librada por los griegos en el 480 a.C, permitió sentar las bases, tras el triunfo de la flota griega sobre el poderío naval de los persas, del florecimiento de Grecia y Europa. Fue el resultado de la convicción de hombres de fe, dispuestos a vencer el poderoso rey Jerjes en el estrecho de Salamina. Lugar donde no pudieron movilizar su gran flota marina, aniquilada por las movedizas y ágiles embarcaciones de Temístocles. Historiadores afirman que una victoria persa, hubiera eliminado la evolución de la Grecia antigua y del mundo occidental, motivo por el cual esa batalla es considerada una de las más importantes en la historia de la humanidad; pues, tras el triunfo, sentó las bases del florecimiento de Grecia y Europa.

Del mismo modo, en un mundo ucrónico, La Vuelta de Obligado no hubiera sucedido sin la memorable victoria de los misioneros en la batalla de Mbororé.

Ah, tampoco yo hubiera escrito esto, ni ustedes leyendo.

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