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La vida del pobre no vale nada

domingo 16 de octubre de 2022 | 6:00hs.
La vida del pobre no vale nada

El sol caía sobre el horizonte. Como un enorme disco de oro se escondía en el verdor de las sierras. La senda roja comenzaba a perder su color y apresuramos el paso de nuestros caballos.

El Boy, mi perro de caza, saltaba entre los espartillos husmeando el aire y buscando afanósamente. De pronto quedó quieto, erizando el pelo. Duro, parecía a cincuenta metros de donde nos encontrábamos una estatua de bronce, de esas que adornan las plazas. Era la visión tan perfecta, que como un relámpago la reminiscencia de mi ciudad natal, Tandil y la plaza Independencia, apareció en mi mente.

-¡Puede ser una martineta! -dijo Rebollo.

Asentí, bajando presuroso de mi tordillo empuñando la escopeta. Boy permaneció quieto, firme, mirando fijo en dirección donde su olfato le señalaba la presa. Lo toqué suavemente con el pie. Avanzó rápido y el vuelo de la martineta castañetó el aire claro mostrándose como una sombra sobre el cielo azul. Junto con el estampido, cayó esta y llegó el “¡bravo!’’ de Rebollo que gritó:

-¡Ésta es para mí!

El Boy ya la traía en su boca. Le hice una caricia y ladró volviendo presuroso a recorrer el campo, en tanto yo subía al caballo y entregaba la perdiz a mi amigo, el que la ató a su recado con un tiento.

Reanudamos el viaje hacia “El 43’’ donde a la par de la compañía que daba el nombre al lugar, se encontraba la Escuela N 161 y su director Jorge Dalmaroni a quien íbamos a visitar.

Este, Julio A. Rebollo y yo éramos tres directores amigos que trabajábamos en la misma zona.

Desde hacía una hora, bajábamos y subíamos sierras, deteniéndonos de vez en cuando, para cazar las perdices que Boy encontraba en el camino o para recoger alguna piedra del camino, lo que causaba más de una pulla de Rebollo quien no creía que éstas eran preciosas, como yo le decía, sino simples cuarzos.

-¿Sabés cómo te llaman? -decía riéndose a carcajadas—. ¡El loco de las piedras!

En vano le trataba de explicar los estudios realizados sobre el particular, las diferencias entre unos y otros de su peso específico y cristalización. Pero había tantas y tantas a flor de tierra... Seguí siendo el loco de las piedras hasta que demostré la verdad de mi descubrimiento.

Conversando animadamente, no vimos acercarse a toda carrera de su petiso, a un niño, hasta que estuvo a pocos metros de distancia:

-Señor! Señor! -llamó. Nos detuvimos sorprendidos de su aflicción y apresuramiento.

-Señor director, a Don Pedro Espíndola lo ha picado una yarará y está muy grave. Piden que vaya rápido porque se está muriendo.

Rápidamente nos contó lo sucedido. Don Pedro se encontraba trabajando en el rozado, cuando la yarará mordió su pierna desnuda. Caminó unos diez pasos y cayó pidiendo socorro. Los hijos, todos alumnos de la escuela, lo transportaron como pudieron hasta su rancho y llamaron a la comadre, quien trató de vencer el veneno de la víbora.

-Ahora la casa está llena de gente —terminó el niño y como cada vez está peor, me mandaron a buscarlo. La misma Doña Clemencia dijo que había que buscarlo a usted.

-¿A qué hora lo mordió la víbora? —le pregunté.

-A eso de las tres de la tarde —me contestó.

Miré mi reloj, eran las 19 y 45 y ya el sol se ocultaba en el horizonte. Sus últimas luces lamían con pinceladas de oro el verde apagado de la selva.

-¡Qué bárbaros! Y recién me avisan. ¿Cómo Doña Clemencia no me avisó enseguida?

-Y... señor. Como ella lo había “vencido” la gente creía que iba a mejorar. ¡Por eso no le avisaron!... Aunque la Comadre decía que la vencedura no bastaba, que lo llamaran.

-¿Qué vas a hacer? —me interrogó Rebollo.

-Estamos a dos kilómetros de lo de Dalmaroni. Lo mejor que podemos hacer es llegar hasta su casa, dejar el caballo allí y retornar en su auto hasta mi escuela. Pediré en gendarmería otro caballo y treparé las sierras. La Casa de Don Pedro queda a unos siete kilómetros sierra arriba desde mi escuela. Con un poco de suerte en dos horas y media puedo estar allá. Espero que no sea tarde.

-Vuélvete –le dije al niño, y avisá de paso a Miguel Pastenik, el presidente de la Cooperadora, que prepare el carro y suba la sierra hasta donde dé el camino. Apresurate para que pueda agarrar los caballos.

De paso te llegás hasta gendarmería y le avisás lo que pasa al cabo Lagable para que me haga preparar un caballo. Que un vecino me espere al terminar el camino, para no perderme en los “piques’ y le decís a Don Clemente Espíndola de mi parte, que llame a todos los vecinos del lugar, pues los vamos a necesitar para sacarlo de la selva, ¡Vamos, rápido, muchacho, que en ello le va la vida a Don Pedro!

Como una exhalación, volvió su caballo y al galope tendido partió a cumplir con la misión que le encomendara.

En veinte minutos estuvimos en lo de Dalmaroni; nos recibió contento y bromeando como era su costumbre, alegría que cambió al conocer los acontecimientos.

—¡Qué desgracia! –me dijo, cuando le pedí que me llevara hasta mi escuela.

-Tengo el auto en llanta y sin rueda de auxilio que mandé ayer a arreglar a Apóstoles. ¡Vení a verlo! -Y así era en efecto. El diferencial se apoyaba en un cajón que sostenía la rueda en llanta.

-¿Qué vas a hacer? —me preguntaron casi simultáneamente Rebollo y Dalmaroni.

-No me queda más remedio que apretarle la cincha a mi tordillo y salir a la disparada hasta mi escuela. Por lo tanto: ¡Manos a la obra!

-¿No quieres comer algo antes de salir? En un ratito mi señora, les prepara un bife con huevos.

-¡No hay tiempo, Jorge! No sé si llegaré con el necesario para salvar la vida de ese hombre. Debo volar, más que correr. Ya han pasado cinco horas desde el momento que lo mordió la yarará.

—¿Tienes antiofídica? –interrogó Rebollo.

-En la escuela no. Pero sé que la vez pasada unos turistas dejaron en gendarmería una ampolla. Espero que no esté vencida. ¡Bueno, muchachos! ¡Hasta otro día! -Y así diciendo de un salto monté el tordillo y salí a todo galope. El “suerte, compañero” llegó a mis oídos como a la media cuadra.

Los siete kilómetros que separaban a la escuela de Jorge Dalmaroni de la mía, los hice en unos treinta minutos; no se podía correr más, porque mi caballo no respondía y es muy difícil correr entre las sierras y piedras con un caballo viejo y de noche, pero aun así el tiempo marcado era un verdadero récord.

Cuando llegué a la casa de Miguel Pastenik, éste se disponía a subir al carro.

-Me costó mucho trabajo encontrar los caballos, compadre —me dijo—; por eso me demoré.

-No importa, compadre. Trate de llegar lo más pronto y a la menor distancia de la casa de Espíndola. En seguida que consiga un caballo en gendarmería, salgo para allá.

A trescientos metros se encontraba la escuela y mi casa. Bajé presuroso, entregué al cuidado del peón el caballo con recomendación de que lo bañara y le diera de comer, e inmediatamente me dirigí al puesto de gendarmería ubicado a escasos cincuenta metros.

El cabo Lagable se encontraba en cama. En la caballeriza me esperaba el caballo ya ensillado.

-Lamento no poder acompañarlo, Director, pero mire cómo me encuentro. Tengo cuarenta grados de fiebre. Ahí está la ampolla antiofídica. Fíjese la fecha de vencimiento -me dijo.

¡Hacía un mes que estaba vencida!

-¿Y ahora qué va a hacer? —me preguntó Lagable al enterarse.

—¡Dios dirá! —le contesté.- La vida de ese hombre depende de esta ampolla. Creo que arriesgaré el todo por el todo. Le inocularé el suero y lo sacaré hasta el camino para llevarlo a San Javier.

-Si se muere, lo pueden acusar, Don Ramallo, y puede pasar un mal momento.

-Y si no le inoculo el suero, se muere, cabo. Son seis horas desde el momento en que la víbora le inoculó el veneno. Tengo por lo menos dos horas para llegar hasta el lugar del accidente. Son ocho horas y de acuerdo a lo que me contó el chico, la yarará le inoculó en toda su potencia, y en consecuencia debo arriesgarme, si lo encuentro con vida. Por las dudas, Lagable, olvídese de la fecha de la ampolla. ¿Me lo promete?

-¿Qué fecha? —me contestó sonriendo-.¡Que Dios le ayude, maestro!

-¡Gracias, Lagable! De cualquier manera a estas horas, si no está agonizando... En fin, como usted dice. ¡Que Dios me ayude y ayude a ese hombre! ¿Sabe usted que tiene seis hijos? Hasta luego, cabo.- Y así diciendo, salí de su habitación en busca del caballo, el que monté rápidamente internándome en las sombras de la noche.

Mis ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad. A la distancia las siluetas de las sierras cubiertas de selva se recostaban en un cielo apenas clarificado por la luna que despuntaba asomándose tímidamente sobre ellas. Poco a poco mostró su redonda cara que a mí siempre me pareció risueña y que hoy, me parecía muy seria. El llanto del urutaú me hizo estremecer al penetrar en el túnel de plantas sobre la picada al internarme en la selva. Con una linterna alumbraba de vez en cuando, para no desviarme en mi derrotero, máxime que el caballo pugnaba a veces por regresar. El sonido de las herraduras golpeaba las piedras del camino y a veces resbalaba con peligro de caerse. El viaje en esas condiciones por un mal camino trazado siglos antes por los jesuitas y que yo descubriera cubierto por el bosque años antes, era en extremo penoso principalmente de noche.

Con todos los vecinos, trabajando durante quince días logramos volver a ponerlo en condiciones de tránsito, hacía tres años, y por él bajaban los niños serranos hasta mi escuela.

Cabalgaba casi agachado previendo las ramas bajas, las que trataba de descubrir en ráfagas de luz con mi linterna, Una hora más tarde me encontré con Pasternik que ya había llegado hasta el final del camino y con Clemente, hermano del enfermo, que me esperaba para acompañarme.

Desde allí comenzaba la selva tupida y debía viajar por piques no más anchos de un metro y cincuenta.

Después de saludarme, lo interrogué sobre el estado de su hermano.

-Este moite duente ¡seor! -me contestó- Su salvazao depende de vocé (1)

-Veremos qué podemos hacer, Clemente. Tenga fe que Dios nos ha de ayudar-. Inmediatamente emprendimos el camino. Los rayos de la luna ya más alta, atravesaban la densidad de la selva poniendo la plata de su luz en el estrecho sendero. Subiendo y bajando sierras viajamos otra hora.

Los sonidos de la selva, nos envolvían por todas partes. Veloces luciérnagas de esmeraldas luces ponían una nota de color en el pique. Silbidos de víboras, gritos de aves y animales nocturnos llegaban a mis oídos.

Entre ese murmullo característico de la selva, donde se mezclan mil sonidos distintos, me pareció escuchar un grito lejano.

Como si Clemente me hubiera adivinado el pensamiento, sofrenó su caballo y me dijo:

-¡Escuche, señor! Es mi hermano. ¡Cómo grita! O pobre tein dolores terribles. ¡Escuche!

A la distancia, el grito repetía: ¡Ay mio estoma! ¡Tenio friu! ¡Tenio friu! (2)

El eco de ese grito de desesperación golpeaba la selva y se escuchaba casi a dos kilómetros de distancia.

Aceleramos la marcha dentro de lo que permitía el precario pique. Poco a poco éste pareció ensancharse hasta desembocar en un claro, alumbrado ahora por la luna llena que caía en pleno sobre un rancho donde un grupo de hombres rodeando un improvisado fogón esperaban, conversando animadamente en brasileño.

A mi llegada, se levantaron respetuosamente. Había llegado el “compadre’’. Efectivamente, en las sierras donde me tocó actuar, fui padrino de muchos de sus hijos y para ellos mi autoridad no solamente radicaba en mi carácter de director de la escuela, sino en el ‘padrinazgo” que superaba a aquél. Al “compadre’’ se le debía el respeto, aún más que a un hermano, según explicaré en un capítulo posterior,

Cuando me apeé, un montón de chiquillos, mis ahijados, acudieron a pedirme su bendición, lo que hice de acuerdo con la costumbre serrana. Una sola palabra y la mano extendida sobre la cabeza ¡Bendicao! y había cumplido con el rito religioso. Los rostros de los mayores demostraban preocupación y ansiedad.

Don Pedro Espíndola era “un homme bon” (3) , querido por todos por su bondad y compañerismo.

De la puerta del rancho escapaba a la selva el grito de dolor de éste: ¡Ay meu estoma! ¡Teniu friu!

Todos me acompañaron al penetrar en el rancho, típico del lugar; paredes de barro, techo de tablitas y de una sola habitación donde se desarrollaba la vida de esta humilde gente. Doña Clemencia se me acercó y en voz baja me dijo:

¡No tiene salvación! Solamente Dios puede salvarlo. Veremos qué puede hacer y si la ciencia puede más que el curanderismo.

Un religioso silencio se hizo al acercarme a su catre. Las mujeres interrumpieron sus rezos y la mujer de Don Pedro cesó su llanto. Al verme corrió y me abrazo entre sollozos.

-Compadre! Salve a mi homme…

-¡Cálmese, comadre, y tenga fe en Dios!

Con una fingida alegría me aproximé hasta el lecho, después de desembarazarme de la comadre.

-Eh, Don Pedro -le dije dándole una palmada en un muslo—. ¡Quédese tranquilo que ya he llegado!

Me miró con sus ojos extraviados, tratando posiblemente de reconocerme. Después se desvaneció. Un grito de desesperación partió de la garganta de su esposa y el murmullo de las voces de los vecinos puso una angustia de muerte en el rancho.

Le tomé el pulso. Latía débilmente.

-Se ha desmayado -les dije-. Hagan el favor, vecinos, desocupen la habitación y traigan el farol que está en el patio.

Rápidamente cumplieron la orden. Destapé a Don Pedro. No necesité preguntar donde lo había mordido la víbora. La pierna tumefacta se había hinchado en forma impresionante. Sobre la mordedura Doña Clemencia había colocado la carne de la cola de la víbora que retiré inmediatamente. Abrí mi botiquín y desinfesté la herida.

Preparé la inyección e inoculé alrededor de la mordedura parte del suero. Con el resto le hice una intramuscular. Inmediatamente le apliqué una coramina.

Con una piola até fuertemente el muslo un poco más arriba de la tumefacción, haciendo un torniquete,

Cuando finalicé, dije:

-¡Sea lo que Dios quiera! ¡Es todo lo que se puede hacer! Ahora hay que sacarlo inmediatamente y llevarlo a San Javier o a Concepción de la Sierra.

Salí al patio, los vecinos aguardaban ansiosos e inmediatamente me interrogaron:

-¿Se salvará, compadre?

-No les voy a engañar. Está muy grave y todo depende de Dios y de la acción de la antiofídica y de la posibilidad de llegar lo más pronto posible al pueblo. Para eso necesitamos un catre fuerte.

-¡Eu tengo uno novo! -dijo Clemente,

-Vaya en seguida y sáquele las patas y lo trae lo más rápido que pueda. Ustedes corten dos varas largas y dos cortas. Busquen martillo y clavos que vamos a improvisar una camilla para transportar a pulso hasta donde nos espera el compadre Pastenik.

Inmediatamente cumplieron la orden y a la media hora teníamos lista la camilla en donde colocamos con todo cuidado a Don Pedro. Éste dormía en un sueño intranquilo. Le tomé el pulso. Me pareció que estaba mucho mejor.

Dieciséis hombres se encontraban reunidos. Ocho de ellos tomaron las varas y cargaron al enfermo. La extraña procesión inició la marcha quedando en el rancho el llanto de las mujeres y los niños que nos vieron perdernos en el pique. La luna ponía su luz de plata blanca entre las hojas de los árboles. A medida que nos alejábamos se escuchaba cada vez más difuso el llanto de la mujer de Don Pedro, que ya daba por perdido a su hombre.

Nunca podré olvidar aquella noche. Nadie que no la haya contemplado podrá imaginarse el cuadro imponente de ese grupo de serranos llevando en una angarilla a un moribundo con las ansias de salvar la vida del amigo que se escapaba en la traicionera mordedura de una víbora.

Descalzos, con ropa de trabajo, las camisas y bombachas rotas, barbudos, desgreñados, delgados sus cuerpos y sudorosos por el calor y el esfuerzo, silenciosamente subían y bajaban cerros, turnándose y salvo uno que otro monosílabo, en silencio, caminaban sin intercambiarse palabra.

En algún claro de la selva podía ver sus rostros y aquel día me parecieron un grupo de Cristos, llevando a otro Cristo agonizante en la camilla.

Mientras los seguía a pocos pasos en mi caballo pensaba sobre su vida en las selvas, sus sacrificios para obtener a través del tabaco que cultivaban el escaso emolumento con el cual sostenían miserablemente sus hogares. El tabaco negro en cuerda, ¡Cuantos sacrificios! ¡Cuántas penurias para estos hombres que hoy transportaban una camilla a través de la selva y que mañana volverían nuevamente a sus faenas que les llevaban todo el año! Hacer los almácigos, esperar la lluvia y replantar bajo ésta el tabaco. Destalar, hacer el rollo y pasarlo una y mil veces para evitar un deterioro en las rudimentarias máquinas dándoles vueltas en días y noches interminables cuando la lluvia arreciaba. Y en Misiones, con una precipitación pluvial que alcanza en ciertas épocas a los 1.800 milímetros, llovía durante semanas enteras; durante los cuales estos, mis compadres, no podían descansar. Después, la venta de la cosecha donde toda una familia dependía del precio que le pagaran sobre el tabaco negro en cuerda, catalogado en primera, segunda y tercera, según el criterio de la compañía a la que vendían éste y el humor de los recibidores o del patrón omnipotente, que decía:

-¡Hay que apretar!... Está saliendo mucho tabaco de primera, ¡Hay que apretar!

Y ello se traducía en más de segunda o tercera a pesar de que el pobre serrano había dejado parte de su vida, en uno de primera calidad.

Cuanta infamia y cuánto dolor sembrado en sus hogares! Estos hombres a quienes conocí humanos, sinceros, buenos, cínicamente eran explotados. Cuanto más trabajaban y más producían, el tabaco reducía su precio. Época aciaga en la sierra por suerte ya superada,

A la una de la madrugada, desembocamos en la picada donde nos esperaba Pastenik, Tomé nuevamente e pulso al enfermo. Éste era firme, regular y seguía durmiendo. Volvieron los serranos a sus casas, Clemente y Florencio, los hermanos de Don Pedro, nos acompañaron en el viaje de regreso. Tres horas después, llegábamos al almacén de Fermín Díaz, sobre la ruta. Don Pedro seguía durmiendo. Apenas se movió cuando le inoculé una nueva inyección de coramina. Le corrí la ligadura un poco más arriba y le pedí a Fermín Díaz que parara el primer auto que pasara para llevarlo a San Javier o a Concepción de la Sierra.

—Mañana tengo que dar clase. Nada más puedo hacer -les dije. Estoy completamente “molido” y debo regresar a la escuela.

-Vaya tranquilo, señor Director —me contestó Don Fermín Díaz. Nosotros nos encargaremos del enfermo.

Lo que voy a escribir a continuación, tal vez no se crea. Lo consideré siempre como un milagro, como algo imposible de explicar, salvo que se tenga la fe que siempre he tenido en el Supremo Hacedor.

La luna continuaba brillando en un cielo azul tornando la noche casi día, tal eran su brillo y esplendor. Las estrellas en el cielo misionero, uno de los más hermosos de esta patria nuestra, brillaban como distantes diamantes en la inmensidad del infinito.

Me dormí sobre el caballo y al cruzar un puente casi caí de él, despertándome sobresaltado. Entonces rogué a Dios, pensando en mi estado físico, que amaneciera lloviendo, única forma de librarme de dictar clase al no hacerse presentes los alumnos.

Llegué a la escuela a las cuatro de la mañana. El peón se encargó de mi caballo. Me acosté y creo que quedé dormido instantáneamente.

Cuando desperté miré el reloj y horrorizado vi que eran las diez de la mañana.

Los niños -pensé-, y yo durmiendo! Cuando me disponía a levantarme, todavía medio dormido, escuché el golpetear de la lluvia sobre el techo. Llovía torrencialmente. Después mi peón me contó que la lluvia empezó a las seis y media de la mañana y que no me había despertado, pues a la hora de tocar la campana de llamada, seguía ésta torrencialmente,

Dos semanas después vi llegar al trote de un caballo serrano a Don Pedro Espíndola. Con el rostro demacrado, pero sonriente al apearse se dirigió donde me encontraba arreglando el jardín.

Lo saludé cordialmente y feliz de verlo vivo y al parecer en plena salud.

-¡Qué tal, Don Pedro! -le dije.

-Moito ben, seor! —me contestó, a duencia ya pasou y he venido a agradecerle lo que vocé fiso por meu.

-No tiene nada que agradecer, Don Pedro, para algo sirve un amigo. ¿No le parece?

-Ye, compadre. Mais veia. Eu no se como salvé mia vida, ni como yegué a San Javier. No me elembro de nada, ni salvo cuando vocé llegó a mio rancho. Antes de perder mia conocencia, eu vi a vocé y escute sua voz cuando palmeó y me dijo: “Quédese tranquilo, que ya estoy aquí, Don Pedro.” Después... nada (4). Desperté en el hospital y cuando eu abrió los ojos me vi en una cama junto al Doctor Cuco Alegre. Me pusieron tres inyesaos mais de suero contra vívora y otras para el corazao. Despois me dieron un dos litros de sal inglesa y una tal “enema” que me dio moita vergonha, pois una moier me encajó con una jeringa—. Y siguió contando con gracia las peripecias de su tratamiento en el hospital.

-Bueno, compadre, el Doctor Cuco me dijo que si vocé no hubiera intervenido, eu sería finado. Voce me te que decir, cuánto eu debo por sua gauchada.

-Caramba, Don Pedro. Si Cuco le dijo que me debe la vida. ¿Cuánto cree usted que vale su vida? —le contesté bromeando.

Como una luz me respondió: –Vea, compadre, la vida de un pobre no vale nada.

-Pues eso es lo que me debe... -le contesté riendo ante la respuesta del señor.

Cuando se despidió y lo vi alejarse al trotecito en su caballo trepando el sendero que lo llevaba a la sierra, pensé que, efectivamente, la vida de un pobre en esas regiones ¡no valía nada! ¡Absolutamente nada!...

José Antonio Ramallo

1) Está muy enfermo señor. Su salvación depende de usted.
2) ¡Ay mi estómago!... Tengo frío!...
3) Mi hombre
4) Sí compadre. Más vea. Yo no sé cómo salvé mi vida ni como llegué a San Javier. No recuerdo nada, salvo cuando usted llegó a mi rancho. Antes de perder el conocimiento lo vi a usted y escuché cuando me palmeó y me dijo: Quédese tranquilo que ya estoy aquí Don Pedro!... ¡Después nada!..
El relato es parte del libro La curandera y el maestro. Ramallo era oriundo de Buenos Aires y trabajó como docente en la zona sur de Misiones.

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