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Confesión

domingo 02 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Confesión

El fiscal Becker y tres oficiales de la policía científica llegaron al departamento a las dos de la madrugada. Al rato llegó el forense. El cadáver tenía un solo disparo en la frente. Estaba con los brazos abiertos, boca arriba. El asesino dejó una escueta nota sobre el cadáver:

Oír a Dios. Alaba

Mientras el forense hacía su trabajo, en la sala contigua, el hermano de la víctima y el fiscal se sentaron a conversar.

–¿Cómo se llamaba su hermano?

–Pablo Nicolás Herrera. Tenía 43 años.

–¿Tenía pareja? ¿Amantes? ¿Enemigos?

–No que yo sepa. Siempre fue un tipo solitario. Nunca tenía problemas con nadie.

–¿A qué hora y cómo se enteró lo sucedido?

–Hace una hora. Yo estaba durmiendo en mi casa. Vivo cerca. Me despertó el llamado del portero de este edificio, que escuchó el disparo. Pero él dice que no vio entrar a nadie.

–Dígame, su hermano, ¿era religioso? ¿formaba parte de alguna secta? ¿Tenía alguna creencia?

–Pablo era ateo. Como yo. Ni siquiera estamos bautizados. Nuestros padres eran hippies.

–¿Utilizaba armas? ¿Sabe si tenía algún arma en su poder?

–Nunca. Mi hermano aborrecía la violencia. Cualquier violencia.

–¿Usted a qué se dedica?

–Informática, señor.

La autopsia se hizo al día siguiente. No hubo velorio. El cuerpo fue enterrado en el cementerio municipal.

En las semanas posteriores, salvo algunas precisiones, como el tipo de arma, el horario estimado y otras cuestiones, el fiscal Becker no pudo obtener grandes certezas. Pero de algo estaba seguro: debía seguir la pista del fanatismo religioso.

Analizó minuciosamente el mapa de religiones, sectas y grupos espiritistas que tenían presencia en la ciudad. Revisó archivos periodísticos en busca de crímenes o circunstancias parecidas. No encontró nada relevante.

Becker estaba seguro que la nota que el asesino había dejado encima del pecho de Pablo y la posición en cruz de sus brazos, indicaban un mensaje inequívoco. El mundo está repleto de locos, gente que alucina, personas envueltas en delirios místicos que se embarcan en las más delirantes diligencias en nombre de Dios.

La grafología, en tanto, tampoco pudo resolver el asunto. Becker llevaba la esquela en el bolsillo de su saco en todo momento. Era una letra minúscula pero concisa y prolija, escrita en tinta negra sobre un retazo de hoja cuadriculada de seis por ocho centímetros. Letra imprenta. El poco espacio entre las letras, no le restaba elegancia ni claridad al breve texto.

Oír a Dios. Alaba

Era un imperativo extraño. Un reclamo a un alma descarriada, pensaba Becker.

Al cabo de varios meses, fatigado y atribulado por nuevos casos, Becker se dio por vencido. De a poco, le fue restando tiempo y energía la investigación de ese crimen.

Pero una mañana de domingo, mientras desayunaba con Jimena, su esposa, ésta le habló al fiscal Becker, sobre el libro que esa misma mañana había conseguido en la feria. Se trata de una antología de palíndromos del autor cordobés Juan Filloy.

–¿Qué es un palíndromo? –le preguntó el fiscal a su compañera.

Jimena le explicó, valiéndose de los ejemplos de su libro.

Becker se levantó y fue hasta su oficina. Revolvió el cajón hasta encontrar la esquela. Sólo entonces descubrió la confesión.

Sergio Alvez

Inédito. Alvez nació en Posadas. Es periodista y escritor. Publicaciones: Urú y otros relatos, libro de cuentos. Y Descubiertero (cuentos).

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