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Importancia de las construcciones jesuíticas

domingo 25 de septiembre de 2022 | 6:00hs.
Importancia de las construcciones jesuíticas

Los pueblos. Están contestes los historiadores que hablan de las Misiones como testigos oculares, en que visto un pueblo jesuítico se habían visto todos, tan cercana de la identidad era su semejanza. Dice el brigadier don Diego de Alvear, en su Relación geográfica e histórica de la provincia de Misiones: «Los que viajan por ellos (los pueblos) llegan a persuadirse que un pueblo encantado los acompaña por todas partes, siendo necesario ojos de lince para notar la pequeña diversidad que hay hasta en los mismos naturales y sus costumbres». Las ruinas actuales confirman esas apreciaciones. El plano de San Ignacio, levantado por mí (otro tanto se ha hecho en San Miguel, Brasil, según Ambrosetti), es casi igual al plano de Candelaria, publicado por Gay. Sin embargo, no llegaba a tanto la uniformidad que, así como entre los indios no podía uno poseer más que otro, no pudiera un pueblo adelantar a otro en la solidez y grandeza de las construcciones y en la belleza y riqueza de su ornamentación.

Así, el mismo padre Gay nos dice que mientras la iglesia de San Miguel (Misiones Orientales, hoy brasileras) tenía 350 palmos por 120, la  de San Luis (en la misma región) tenía 300 palmos por 100 y la de Santa Rosa (Paraguay)  sólo 280 palmos de largo, lo cual no quita que fuera una de las más ricas y suntuosas, según el citado Gay, confirmándolo Moussy en la descripción que más adelante transcribo.

Mientras en todos los pueblos los techos de las casas eran de teja, en San Cosme y Jesús (Paraguay), eran casi todos de paja.

En cambio, era constante que la iglesia mirase al Norte, teniendo el Colegio a su derecha y a la izquierda el Cementerio, y que enfrente de la iglesia estuviese la plaza, de una cuadra cuadrada más o menos.

Los lados de la plaza, en que desembocaban ora 5 ora 9 calles (otra diferencia), estaban ocupados por edificios de igual construcción pero de  tamaño variable, según Doblas, entre 50 y 60 va ras de largo, por diez de ancho, y entre 80 y 100 varas de largo, según Alvear. Gay repite las dimensiones dadas por Doblas, que son también las que he hallado en San Ignacio, allí donde era posible apreciarlas.

Esos edificios, que tenían corredores en todo su contorno y estaban divididos en cuartos iguales, hacen pensar en un gran convento abierto en  cuyas celdas vivían familias en vez de monjes solitarios, y la reproducción de los individuos, lejos de ser prohibida, era alentada por medidas especiales.

A medida que la población aumentaba, los pueblos eran agrandados por la simple yuxtaposición de edificios iguales a los mencionados, en todos sentidos menos hacia el Sur, donde estaba la Santa Casa.

Ya que hablo de las casas del pueblo, debo, en honor de la verdad, hacer una aclaración que con ellas se relaciona. Gay, que ha aprovechado  bastante la Memoria de Doblas, cita un párrafo de ella, que escritores contemporáneos han reproducido, en el cual se afirma que en cada cuarto de aquellas casas vivía una o más familias, las cuales «con el desaliño que les es propio, lo tornan pronto negro, inmundo y asqueroso, notándose que pocos duermen en redes o hamacas y sí en el suelo».

Ahora bien, los que han hecho la cita han intercalado el desagradable cuadro que nos pinta Doblas, en sus descripciones de la época jesuítica, pero basta leer con mediana atención sus palabras, para ver que el Teniente Gobernador de Concepción se refería con ellas a lo que pasaba ante sus ojos, en 1785, esto es, diez y siete años después de expulsados los jesuitas y cuando los indios, bajo la dirección de Padres a quienes no querían y que muy poco o nada se ocupaban de ellos, eran, además, víctimas de la crueldad, desidia y extraordinaria rapacidad de los funcionarios civiles que habían ido a reemplazar a los jesuitas en lo temporal.

Recordemos, solamente, para dar idea de lo que fueron las Misiones en manos de aquellos señores, que habían llegado hasta señalar a la libra 12 onzas en vez de 16, como lo denunció el General Belgrano en su Reglamento para los pueblos de Misiones.

No pretendo que los jesuitas estén arriba de todo cargo, pero creo que los que se les hagan no podrán fundarse justicieramente en la falta  de orden y en el abandono de los indígenas a sus primitivas prácticas de holgazanería y desaseo,  por arrancarlos a las cuales trabajaron los jesuitas con tanto tesón.

Por lo que hace al régimen interno de los Colegios, dice Alvear (que es una autoridad bien respetable), que en ellos se vivía con el arreglo y orden de las comunidades, que todas las funciones se ejercían a toque de campana y se observaba perfecta clausura y distribución. En otros lugares habla de la «sabia política» de los jesuitas, refiriéndose a la organización y desarrollo  que habían dado a las Reducciones.

Las iglesias

Las iglesias eran objeto de una atención especial por parte de los Padres. Ya hemos visto las dimensiones que solían alcanzar. Respecto a su construcción, dice Gay: «En general las paredes son hechas en parte con piedras labradas y en parte con ladrillos crudos y blanqueados con la batinga.»

Esta es una especie de tierra arcillosa de diferentes colores, que yo mismo he visto emplear en Itaquí (Brasil), para el blanqueo de casas.

A pesar de la aserción de Gay, que parece excluir el uso de la cal, los jesuitas la empleaban indudablemente del mismo modo que cuenta Doblas se hacía en su tiempo. Según él, sólo faltaba en Misiones la sal y la cal; de la primera era preciso abastecerse en Buenos Aires «y la segunda se suplo, para blanquear las iglesias y habitaciones, con caracoles grandes calcinados que los hay en los campos con mucha abundancia y de ellos se hace exquisita cal, pero ésta sólo alcanza para blanquear y no más.»

Por otra parte, en mi última estadía en San Ignacio tuve el cuidado de recoger un poco de pintura de las paredes, cuyo análisis cualitativo,  hecho amablemente por el doctor Quiroga, ha revelado la existencia de cal.

Respecto a las piedras de construcción conviene apuntar que las empleadas en los pueblos son de dos clases: una es la arenisca de varios colores y la otra es una roca eruptiva que el doctor Holmberg llama melafira.

Es digno de notarse la diferencia de apreciación de las obras jesuíticas que existe entre los autores antiguos, según sus sentimientos con respecto a los Padres. Doblas que, como buen amigo de Azara, no los quería gran cosa, dice, al describir los templos, que no había regularidad en su arquitectura y que eran de poca «duración por la abundancia de madera que contenían, pero que, atendiendo a la pobreza de pueblos y naturales, eran suntuosos, con retablos toscos pero dorados. 

Agrega que había pocos santos bien esculpidos; que las pinturas eran toscas y desproporcionadas y las alhajas de plata muchas y grandes, aunque  de obra poco pulida, con rara excepción; las vasos sagrados, muchos y de mejor obra, algunos de oro; los ornamentos muchos, ricos y costosos.

En cambio, el célebre Alvear, de cuya obra trasciende respeto y admiración por los jesuitas, hace de sus iglesias una halagüeña descripción, cuyo extracto es éste:

Son bien fabricadas, con tres naves sobre arcos y pilares de madera y herniosa cúpula de bastante elevación. Interiormente tienen lindas cornisas y otras molduras doradas de arriba abajo o costosamente pintadas. Los retablos son de talla moderna y las imágenes de bulto, nada inferiores, de preciosa escultura. Poseen cuadros y lienzos de buen pincel y están, en general, tan ricamente alhajadas que, sin exageración alguna, pueden competir con muchas parroquias de las grandes ciudades. Concluye el primer Comisario de la segunda División de límites, por estimar como lo más admirable, el ser todo obra pura de indios recién convertidos y acabados de sacar de la selva, lo que no habla poco en favor de sus directores.

Nótase fácilmente cuánto mejor paradas salen las iglesias de manos de Alvear, que de las de Doblas. Para que el lector pueda juzgar de su respectiva veracidad, no hallo nada mejor que traducir la descripción de la iglesia de Santa Rosa, por Moussy, quien la visitó en 1856.

«Este edificio, dice, está construido con piedra y madera, siendo los muros formados por grandes bloques de asperón rojo, superpuestos y sin cemento, mientras que el techo artesonado, las columnas apareadas que lo sostienen y el pórtico en forma de concha, están formados por enormes piezas de madera perfectamente trabajadas. La longitud total del edificio, es 60 metros; al entrar en él se siente uno verdaderamente deslumbrado por la riqueza y el número de los ornamentos que en cierra. El coro está cubierto, de arriba abajo, de estatuas de santos esculpidas en madera; un San Miguel derribando al diablo, corona el arquitrabe del altar mayor; la cúpula, esculpida y pintada de rojo y oro, tiene en sus cuatro pechinas, un nicho conteniendo la estatua de un Papa. Las doce columnas apareadas que sostienen la nave, de cada lado, tienen en su intercolumnio la estatua  de un apóstol de tamaño natural; las siete capillas laterales no son menos ricas ni menos adornadas. Cuatro confesonarios, muy artísticamente esculpidos y pintados, se hallan colocados entre las capillas.»

«El bautisterio está en un pequeño santuario adosado a las paredes de la iglesia; adórnalo un grupo en madera representando el bautismo de  Jesús. La sacristía, situada al fondo y a la derecha de la iglesia, está igualmente decorada con un altar recargado de esculturas y, por fin, los vastos armarios adosados a las paredes son también ricamente esculpidos. Una fuente de mármol, desgraciadamente rota por accidente e imperfectamente restaurada, vierte agua en una gran jarra de plata, único resto de todas las antiguas riquezas de aquella magnífica iglesia. La concha del pórtico está igualmente revestida con adornos esculpidos y pintados, pero los colores han desaparecido en parte.»

«Contigua a la iglesia y próxima al gran pórtico de entrada al Colegio, se eleva una torre cuadrada de piedra, de un dibujo muy simple, la cual no ha sido nunca concluida, pero el Gobernador paraguayo trata de terminarla para colocar las campanas.»

«Las riquezas de la iglesia han desaparecido: primeramente en 1810, después bajo Francia; y, por fin, en 1848, bajo el señor López, casi todos los utensilios de plata quo quedaban han sido arrebatados.»

Predice Moussy, poca duración al edificio y agrega: «La iglesia de Santa Rosa es incontestablemente el más bello espécimen de las construcciones jesuíticas en todas las Misiones. Ciertamente, del punto de vista del arte, hay mucho que decir; las estatuas son bastante groseras, los ornamentos no atestiguan un gusto muy puro, pero el conjunto es realmente magnífico; y cuando se piensa con qué elementos, en qué país y o qué  distancia de Europa, los padres de la Compañía de Jesús han realizado semejantes maravillas, uno queda realmente confundido.»

El señor Ambrosetti, en su obra ya citada, nos da preciosos datos sobre las importantes ruinas de la iglesia de San Miguel, masa negra, enorme,  de piedra, que parece al viajero un castillo feudal. Quedan en pie el frente, la torre y las paredes, todo de piedra, perfectamente bien trabajado.

Los arcos, cornisas, capiteles, balaustradas, adornos, nichos, columnas, todo está hecho con gusto y gran prolijidad. Llamó la atención del  viajero una piedra que sirve de marco, a 6 u 8 metros de altura, a la puerta principal y tiene unos 4 metros de largo por 1 a 2 de espesor, debiendo pesar unas 10 toneladas.

También Doblas menciona tres grandes lajas, la mayor de 15 pies por 10, existentes en el pórtico de San Ignacio, hoy completamente destruido. Esos grandes bloques no son raros en las  ruinas.

Volviendo a San Miguel, dice Ambrosetti: «todas las paredes de la iglesia, aún la del frente, son de tres metros de ancho y tienen en su interior galerías con escaleras. Admirable es el ajuste de las piedras, bien aplomadas y trabajadas con mucho esmero. Los arcos del interior del templo, también son de piedra labrada, formados por cuñas que se encajan unas en otras. La torre, de la que aún se conservan tres cuerpos, tiene también escaleras en el interior do las paredes; los trozos de piedra están simplemente ajustados sin mezcla alguna.»

Es digno de mención el que en las construcciones jesuíticas no se usaran más clavos que los que servían para asegurar las cerraduras.

Con lo dicho y los minuciosos datos sobre San Ignacio que se encontrarán más adelante, los cuales pueden generalizarse a los demás pueblos con  las pocas variantes de que, por lo anterior, se tiene idea, considero suficientemente tratado el tema de las construcciones en general, y paso a dar una noticia somera del estado de las ruinas de las Misiones Argentinas. La destrucción de las Reducciones no empezó con la invasión portuguesa, como generalmente se cree, sino con la expulsión de los jesuitas.

En efecto, en 1785, ya Doblas escribía que por falta de cuidado «los pueblos se han arruinado y algunas iglesias amenazan ruina.» Los yerbales cultivados por los jesuitas estaban ya casi perdidos. 

Entre muchas otras cosas que habían tenido suerte análoga, se hallaban las bibliotecas de los Colegios con libros guaraníes impresos en las mismas Reducciones.

Vino después para los cinco pueblos de la margen oriental del Paraná, el incendio ordenado por Francia y, por último, en época mucho más moderna, la destrucción se prosiguió por las autoridades paraguayas y por los colonos. Aquellas construyeron la famosa Trinchera, cuyo lugar ocupa hoy Posadas, con materiales de las ruinas más próximas. De la Trinchera pasaron posteriormente las piedras labradas a las casas de Posadas, y he ahí cómo el trabajo de los guaraníes reducidos, ha venido a ser útil, a través de siglos, a la civilización moderna.

Por desgracia, muchas veces los colonos modernos han destruido torpemente lo que no debían ni necesitaban destruir.

Debido a todas esas causas juntas, poco o nada queda ya de las ruinas de Corpus Christi, cuyo templo «de inmensa riqueza» tenía dos medias naranjas, ni de las de Candelaria y Santa Ana; algo más hay en Loreto, y las más conservadas son las ruinas de San Ignacio, a las cuales, por su importancia, consagro más adelante capítulo aparte. Los naranjos, que han hallado en Misiones una patria, van quedando como único recuerdo de los heroicos hijos de Loyola.

De los diez pueblos restantes comprendidos en territorio argentino, San Javier, Apóstoles y Santa María la Mayor, son los que tienen más ruinas.

De los otros siete, cuatro están situados en Corrientes, y son: San Carlos, Santo Tomé, La Cruz y Yapeyú, de los que, tanto por no estar en el Territorio de Misiones cuanto por tener ya muy pocas ruinas, no me ocuparé. Diré sólo que el viajero que se dirige a Misiones por el Uruguay, podrá ver, si baja en La Cruz, un espécimen completo de los relojes de sol que se usaban en las Reducciones, y que se acostumbraba colocar en el centro del patio principal de los Colegios. Y agregaré, por lo que hace a San Carlos,  situado a 55 kilómetros al Sur de Posadas, que si se lo visita, más que el gran corralón, resto de la antigua huerta y colegio, llamará la atención del viajero la espléndida vista que se disfruta hacia la Sierra del Imán, desde una alta loma próxima a las ruinas. El paisaje que se domina es realmente delicioso y no pueden haber sido más lindos los tan mentados de la Arcadia.

Fáltame mencionar San José, Concepción y Mártires, situados, el primero en el interior y el segundo y tercero no lejos de la costa uruguaya, con los que se completan los quince pueblos de las Misiones Argentinas. Muy escaso interés ofrecen las ruinas de San José, y sobre Concepción  y Mártires se leerán algunos datos más adelante.

Ahora bien ¿qué porvenir aguarda a las ruinas? ¿Deben abandonarse por insignificantes, como alguien pretende? Más valdría demolerlas de una vez. ¿Debe, por lo contrario, conservárselas como piden algunos? Esto es lo que, a mi ver, debería hacerse, a lo menos con algunas, para que tuviéramos un espécimen de aquellas famosas Reducciones del Paraguay que tanto llamaron la atención, no ya de la América, sino de todo el mundo civilizado.

Algún día vendrán gentes de Europa, que traerán entre sus propósitos el de visitar las ruinas jesuíticas.


Del libro Las ruinas de Misiones publicado en 1901 por la Imprenta de la Nación en Buenos Aires. Queirel fue agrimensor, explorador, científico y escritor. Estuvo varios años en Misiones a fines de 1890 mensurando varios pueblos como San José y Apóstoles.

Juan Queirel 

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