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El Ángel de Capanema

domingo 26 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
El Ángel de Capanema

-Aquí traje la madera para os presentes das crianças —exclamó en perfecto portuñol el colono Waldemar Peterson mientras apiñaba tablones de madera y rollos de leña nativa en el taller del carpintero y artesano Getulio Vargas, encargado de los convertirlos en bellos juguetes a ser distribuidos en vísperas de Noche Buena entre los niños del Paraje Cabure-í, municipio de Comandante Andresito.

Getulio vio la luz en Capanema, a orillas del río San Antonio, sinuoso y profundo caudal de agua que delimita los países hermanos de Argentina y Brasil. Era el hijo mayor de una familia numerosa. Desde pequeño acompañó por las “favelas” a su padre Josimar entregando “presentes de natal” a los niños carenciados. Su progenitor lo hacía como un acto de acción de gracias y devoción al Divino Niño por la salud y principalmente por el trabajo, ya que producía leche a pequeña escala y la entregaba en la Cooperativa Agroindustrial COAGRO, motor de la economía local. Cuando su padre fue al encuentro del Creador, Getulio se hizo cargo de la tradición familiar de Navidad, de llevar regalos a los niños. Aprendió de su tío el oficio de carpintero y artesano. Durante sus tiempos libres en el taller, fabricaba una diversa variedad de juguetes de madera con insumos que los vecinos le acercaban conociendo su noble destino.

Al cumplir 30 años de edad se casó con una bella mujer descendiente de ucranianos quien juró amarlo y brindarle un hogar feliz desbordante de hijos. Después de 5 años de matrimonio y varios estudios médicos, le detectaron un cuadro de esterilidad. De común acuerdo ambos decidieron dar por concluida la relación y Getulio, embriagado de frustración, se mudó hacia el país vecino para iniciar una nueva vida y menguar su trastorno anímico. En el Paraje Cabure-í se inscribió en el “Plan de Colonización Andresito” y con un permiso de ocupación de 25 hectáreas comenzó a levantar su casa-taller, a cultivar yerba mate, aprender el idioma español y a venerar todos los símbolos patrios argentinos, requisitos esenciales para organizar formalmente aquel recodo de la Patria. Fue aquí que retomó su compromiso social de Navidad con los niños. Año tras año todos los 24 de Diciembre, cuando el alba regalaba su mejor postal, el carpintero cargaba los juguetes en un carro polaco tirado por dos bueyes y visitaba las colonias recorriendo extensas serranías, llevando alegría a todos los pequeños y esperanzas a las familias que aguardaban la celebración del nacimiento del Redentor. Con el tiempo el carpintero pasó a ser prácticamente una institución. Era reconocido en las colonias por su bondad, amabilidad y honestidad. Para él todos los niños “eran sus hijos”, fortuna que la madre naturaleza le había vedado. Pero esa felicidad que sembraba en cada familia que visitaba contrastaba con la soledad de su hogar, donde una imagen del Divino Niño con lumbre de vela, le hacía compañía en las Noches Buenas.

En diciembre de 1985, con 75 años cumplidos, su hermano menor Ayrton lo encontró de casualidad en una fiesta de agricultores. Getulio lo invitó a su casa para que vea los trabajos que había confeccionado durante el año para los niños, continuando el legado familiar heredado de su padre. Entusiasmado por el reencuentro y la viva tradición familiar, Ayrton lo convenció para que el 24 de diciembre a la tarde, una vez finalizado su recorrido en las colonias de Andresito, cruce el río y lleve presentes a los niños de la favela Santo Expedito, donde supo acompañar a su papá, para después aguardar “a natividade” de Jesucristo junto a sus hermanos.

Luego de un abrazo interminable, Ayrton le confirmó que lo esperaría la tarde del 24 de diciembre a las 19 horas en el sector costero del río conocido como “passagem das mulas”.

Sumamente emocionado, el carpintero construyó una canoa en 72 horas para atravesar el río y llevar una carga importante de “brinquedos” al vecino país. La dejó en la casa de “Careca”, un colono que vivía lindante al Pasaje de las Mulas, lugar donde el río portaba su caudal más angosto.

En vísperas de Navidad las tormentas se hicieron presentes en plenitud. Llovía copiosamente. “Es bendición” decía Getulio por las chacras mientras entregaba juguetes a los niños. La media tarde trajo consigo lluvias más tenues pero ninguna esperanza de escampar. El Carpintero había terminado su recorrido en Andresito y estaba muy ansioso para cruzar el río con los presentes, entregarlos a los niños de la favela y reencontrarse con sus hermanos. El río San Antonio, ensanchado de ira, bramaba su furia acaudalada, extremadamente peligroso para cualquier mortal.

—Hacelo amanhã. —le dijo Careca mientras observaba al empapado anciano cargar los juguetes de madera en la canoa.

—Están esperando por eles. —le respondió el carpintero sentenciando su decisión de cruzar.

El ocaso ya estaba rondando en la frontera y no había tiempo que perder. Getulio soltó la amarra de la canoa y traccionando con ligeras remadas inició el combate de travesía con el turbulento río. Para darse ánimo pensaba en la sonrisa de esos niños, en el orgullo que hubiera sentido su padre y en la natividad del Divino Niño en Belén. Pero las fuerzas de sus brazos fueron cediendo, el torrente embestía brutalmente sobre los maderos de la canoa que perdía equilibrio al estar con exceso de carga. Y en un descuido el accidente sucedió. Las aguas turbias abordaron la canoa engullendo a su capitán y a su cargamento. La noche descendió trágica, desplegó sus alas y se posó sobre el obeso caudal que continuó su viaje agitado sin navegantes a la vista.

Su hermano Ayrton lo esperó hasta las 21 horas. Convencido de que Getulio no efectuó la travesía por las inclemencias del tiempo y la bravura del río, decidió retornar a su hogar. Al pasar por la favela se encontró con una veintena de niños alborotados por los minúsculos pasillos, mostrando y disfrutando de sus nuevos juguetes artesanales de madera. Reconociendo el estilo de su hermano en esas piezas, Ayrton le preguntó a los pequeños dónde habían obtenidos esos presentes.

—Un avõ vestido de branco nos deu. —respondieron con una mirada feliz y cargada de inocencia. Estas palabras alegraron a Ayrton que rápidamente salió en busca de su hermano por la favela, pero para su tristeza, preocupación y confusión, no lo encontró. Al día siguiente fue hasta su hogar en el Paraje Cabure-í y el éxito tampoco lo acompañó. Getulio había desaparecido. El último en verlo con vida fue el ribereño Careca quien declaró en la policía que intentó convencerlo de no hacer la travesía, pero el amor por los niños fue superior al riesgo que desafiaba. Nunca encontraron su cuerpo. Fue declarado ‘Ausente con presunción de fallecimiento”.

En las navidades siguientes y hasta la fecha, sucesos extraordinarios o inexplicables vuelven a ocurrir. Relatos inocentes y sinceros de “crianças” que afirman haber recibido en las favelas juguetes de madera, de la mano de un “velhinho” vestido de blanco, que los mismos niños lo bautizaron EL ANGEL DE CAPANEMA. Cuentan los moradores de la zona que llegado el mes de diciembre, suelen observar por las noches en el Río San Antonio, a un hombre vestido de blanco remando en una canoa. “No lo teman y déjenlo tranquilo” advierten, “es solo un ángel del Divino Niño enalteciendo el Espíritu de Navidad”.

Juan Marcelo Rodríguez

Segunda mención especial del IX Concurso Nacional de Cuentos navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral. Rodríguez es de Posadas

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