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Los inmunes

domingo 12 de diciembre de 2021 | 6:00hs.
Los inmunes

Desde que disponen de la Difusora Prioral, y aunque ya casi no aparecen, juegan con nuestras mentes como un gato con un ratón acorralado. Cuando oímos los altavoces en medio de la noche la sangre se nos paraliza. Apenas conseguimos dormir. Pese a los ansiolíticos y los somníferos, las vigilias nos devoran la razón, reduciéndonos a unos espectros que por fin nos hundiremos por completo en la muerte o la locura, o en ambas a la vez. Ah, los insomnios… Escrutar el silencio que nos aplasta, a la espera de que resuene el Hola, hola, probando, probando, y luego la maldita presentación: De nuevo en el aire, Difusora Prioral, publicitaria, informativa y cultural…

Anoche habló Adalberto Recabarren, a quien dábamos por difunto. Estaba en las últimas cuando los enfermeros lo retiraron de su casa. Al día siguiente vimos pasar al padre Basilio y nadie dudó de que iba a darle la extremaunción a Recabarren, pues el cura no sale sino para suministrar ese sacramento. Como cada vez que pasa, su figura, impresionante por la combinación de la sotana negra y la máscara antigás que le mandó el obispo, hizo que nuestros corazones temblaran. Pocos no habrán rezado una oración por Recabarren, hombre correcto, intachable, buen padre de familia y honrado comerciante, que comulgaba todos los domingos y crió a sus hijos en el estudio y el respeto, ¿cómo no apiadarse? Sin embargo, anoche los altoparlantes propagaron su voz y nuestra compasión se tornó en el más violento odio.

Habló con una elocuencia que no le conocíamos. No dijo nada que ya no hubiésemos oído. Que somos unas cucarachas, que este encierro es propio de miserables cobardes, etcétera. ¡Pero de qué manera lo dijo! Que nos miremos en los espejos. Y que nos miremos también los unos a los otros, y contemplemos la porquería en que nos ha convertido el terror al virus. Y que pensemos que ésta es la imagen de nosotros que se llevarán al futuro nuestros hijos y nuestros nietos que nos sobrevivan. Cuánta severidad y cuánta convicción… Después, nos enteramos de que muchos estallaban en llanto mientras lo escuchaban. Nada que ver lo de Adalberto Recabarren con las burlas con que nos bombardean los otros inmunes. Tampoco tiró mierda contra nadie, algo frecuente en los discursos de los demás. La señora Rosalía Saucedo, por ejemplo, reputada por amantísima esposa, relata depravaciones sexuales increíbles a las que su marido la habría sometido durante sus quince años de matrimonio. Él se suicidó tres semanas atrás. Pepete Elizondo proclama que detesta a su padre por despótico y avaro, y que decidió renunciar a su herencia. Increpa al padre con frases durísimas, obscenas algunas. El coronel Duarte se las agarra con el Ejército Argentino. Sin duda, si alguna vez el mundo se normaliza, le quitarán el grado y la mensualidad del retiro. Manga de inútiles, grita el coronel. Que sólo sirven para desfilar, que por cagones se rindieron en Malvinas, grita.

Pero vayamos al principio. Los inmunes surgieron al mes y pico de haber comenzado la cuarentena. Los pioneros fueron el sepulturero más viejo, los dos mendigos del pueblo, una enfermera, algunas chicas del prostíbulo, una lavandera y el recolector de la basura. Por hallarse muy expuestos al virus, se contagiaron, superaron la enfermedad y se inmunizaron mientras la pandemia aún invadía Buenavista. Y no tardaron en formar esa tribu maligna, engendro de Satanás. El primer indicio de su insolencia lo tuvimos ya la primera noche que se manifestaron. Hay que aclarar que se manifiestan siempre por las noches. Durante el día, cuando nos ponemos los barbijos y salimos por nuestros menesteres perentorios, a comprar alimentos o algún remedio o a pagar una cuenta que no admite prórroga, ellos permanecen quién sabe dónde, porque en sus domicilios no están. Las veces que fuimos a buscarlos no los encontramos. Pero las noches les pertenecen. En la oscuridad reinan.

Aquella primera noche el impacto fue terrible. Había luna llena. Escuchamos un tambor y nos asomamos estupefactos por las ventanas. El basurero aporreaba el tambor. Los demás iban detrás, lentos, prosopopéyicos. Algunas de las mujeres desarrollaban una extraña coreografía, una especie de danza de sonámbulas. Vestían ropas que les habían sacado a los cadáveres de las víctimas del virus.

Las consecuencias, desde luego, resultaron muy penosas. La señora Eusebia Leguiza sufrió un soponcio al reconocer el traje con el cual se había vestido al cadáver de su esposo. Lo reconoció por la condecoración que el gobierno provincial había otorgado al terrateniente por sus contribuciones al progreso de la ganadería en la región, todavía prendida junto a la solapa izquierda. La madre del flaco Berlingeri, el jefe de los Boy Scouts, enloqueció al reconocer el uniforme respectivo. Hubo ataques de llanto y de furia que se prolongaron hasta el amanecer.

El segundo desfile sucedió una semana después. Habían muerto siete contagiados más. Entonces, todos los inmunes salvo el del tambor realizaban la danza solemne. Desfilaron con antorchas y pancartas. Un cartel decía La vida es para corajudos. Y otro: Merézcanse el mañana.

Pero recién nos planteamos la cuestión de su, llamémosle, ideología, cuando empezaron a utilizar los altoparlantes de la Difusora Prioral (con el consentimiento del propietario, que se incorporó a la facción ni bien ganó la batalla contra el virus tras una larga agonía). Desde entonces hemos procurado detectar en sus mensajes algún trasfondo intelectual coherente. Hoy muchos pensamos que es éste: los inmunes entienden que quien vence a un virus tan terrorífico se vuelve un ser superior, se eleva a un supremo nivel espiritual, y que por ello la pandemia representa una oportunidad única, imperdible, para el mundo: la de que nazca una casta de superhombres que lo conduzca hacia un futuro venturoso o algo así. Y para afianzar su sentimiento de superioridad —opinamos quienes sostenemos dicha teoría— nos bombardean con su desprecio y se esmeran en pisotear públicamente aquello que constituye la causa de las represiones más intensas que soportaron. En el caso del alemán Otto Reiser, su masculinidad, por ejemplo. Una abominación bastante increíble, pues cuando se radicó en Buenavista nuestro relojero don Otto hasta despertó presunciones de una pertenencia a las SS, por su rudeza. Ahora, para convencernos de la homosexualidad que declara por los altoparlantes debe exhibirse hecho una loca, peluca rubia, tacones, vestido y maquillado como una puta. Pero en la mayoría de los casos la demostración implica una venganza feroz. En el caso del Pancho Quesada hallamos un paradigma en ese sentido. Durante tres décadas, y con los beneficios obvios, el Pancho trabajó en política para el doctor Rovira Páez, caudillo autonomista. La sombra del doctor, alardeaba el Pancho, su mano derecha. Y en cuanto cargo desempeñó su caudillo él estuvo a su lado como asistente más o menos encubierto, siempre con un sueldo estatal. Pues bien, el Pancho Quesada suele denunciar minuciosamente, a través de las bocinas, los chanchullos cometidos por Rovira Páez en la función pública.

Alguien con vena poética dijo por ahí que con tanta delación y tanto sinceramiento (nota: los adulterios sospechados e insospechados predominan, sin duda) este pueblo se convertirá en un cementerio de caretas. Un gran acierto poético.

Sólo pudimos destruir unas pocas bocinas. Las bajamos con pértigas y piedras, las achatamos a garrotazos, pero no actuamos con la necesaria diligencia; al día siguiente las demás desaparecieron con sus cables y ya no vimos ninguna. A todas luces, ahora ellos arman y desarman su sistema acústico por las noches. Pero por mucho que vigilamos no logramos localizar ni una sola bocina. Aquí surgen hipótesis muy diferentes. Que se valen de altoparlantes inalámbricos, que quizá uno solo muy potente, que varios parlantes móviles. Talento tecnológico no le falta a don Jubileo, el dueño de la Prioral. Incluso hay quienes opinan que los parlantes ya no existen, que padecemos alucinaciones auditivas.

Tampoco, pese a los diversos recursos que empleamos, conseguimos impedir las pintadas en los muros. Cada día encontramos una distinta que nos exhorta a atrevernos, a lanzarnos a la intemperie con la cara descubierta, a recuperar nuestra dignidad y conquistar una libertad absoluta. Nuestro tormento crece constantemente. Ya no tenemos esperanzas de que una autoridad cualquiera frene a los inmunes. Aquí nadie gobierna nada. El Intendente Municipal huyó con su familia a un pueblo menos atacado por el virus, el presidente del Concejo Deliberante y el Juez de Paz lo imitaron, el comisario murió entre las primeras víctimas de la enfermedad, los demás policías se esfumaron. Hemos urgido el socorro de poderes provinciales y nacionales pero la pandemia, al parecer, inmovilizó al país entero. ¿Y qué chances nos quedan de proceder nosotros mismos? Ya se dijo, hoy ellos se muestran raras veces: apariciones como la del relojero, individuales y demasiado sorpresivas y fugaces para que reaccionemos a tiempo. Reacciones exitosas hubo, es verdad, con algunos inmunes cosidos a balazos, pero no las suficientes para detenerlos. Además, las confusiones nos desconciertan. Alguien llama por teléfono a media madrugada para advertirnos que un Inmune viene hacia acá, uno acecha hasta el amanecer con el arma gatillada y resulta que el avistamiento consistió en una pesadilla del informante.

Y aún hay que mencionar otros factores que debilitan nuestro odio. Por ejemplo, la idea de que en cualquier momento el virus nos enferma y nos curamos, y así, sin temeridades, pasamos a las filas de los inmunes.

Y también esta idea que nos tortura especialmente: que quizá no tememos al virus, que quizá lo que nos aterra es la posibilidad de inmunizarnos.

José Gabriel Ceballos

*Perteneciente al libro “Buenavista capital del sexo”, publicado este año por editorial Palabrava. Ceballos es de Alvear, Corrientes. Ha publicado varios libros de poesía y de cuentos. Premio Peirotén de Poesía de Santa Fe (Argentina); en 1997

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