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La curva, el pico y el trazado

domingo 21 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
La curva, el pico  y el trazado

Todo el mundo sabía de la existencia de una curva peligrosa en el camino y que  había que sortearla  para arribar a una plataforma despejada a partir de la cual se podría relajar la atención en la marcha. También sabía que, antes de llegar a esa curva y doblarla, se tendría que alcanzar el pico de lo que parecía ser una cuesta interminable (la curva estaba después del pico) y embebidos en ese conocimiento seguimos el trazado de la ruta que unos pocos, en algún ignoto lugar del mundo, nos marcaron.

Marchábamos sin apartarnos de la senda (de mostrárnosla se ocupaba el director del camino desde toda pantalla activa desplegada ante nuestros ojos las veinticuatro horas del día) No había margen para el error. No existían las colectoras ni las difusoras, ni los cruces, ni los puentes, ni los tréboles, ni las rotondas. Solo esa ruta escarpada, angosta, despareja, atravesada de hondonadas, baches, montículos y pedregullo por doquier.

Íbamos unos tras otros, en fila, separados por la distancia  que los ingenieros viales nos impusieron mantener como medida eficaz para evitar que, en plena ribada, se produjera un embotellamiento capaz de ocasionar un tapón en el desplazamiento hacia el destino, o lo que es peor, un choque en cadena con la consiguiente caída de los impactados por los encontronazos.

Quejosos y asustados nos movíamos dentro de los andariveles del trazado, vislumbrando las sombras que rodeaban el pico de la cuesta y sabiendo que al entrar en esa negrura tendríamos que enfrentar condiciones climáticas extremas (vientos huracanados, fríos gélidos y oscuridad) La negra nube suspendida sobre la parte más alta de la montaña nos hacía pensar en la adversidad de tener que alcanzarla y  la imposibilidad del retorno.

No se podía retroceder. No era posible detenerse. La marcha, el camino y la esperanza era lo único que teníamos. Sabíamos que si lográbamos superar el pico llegaríamos a la curva y tras ella, al descanso. Que la ruta se ensancharía convirtiéndose en una pista  pareja y segura (sin sinuosidades, elevaciones o descensos peligrosos) y nos devolvería, luego de un rodeo,  al paraíso de donde habíamos salido.

Detrás  quedaban los momentos más lindos (recuerdos que amontonamos y  apretujamos en la maleta al emprender el viaje) noches perfumadas de jazmines en los patios de las guitarreadas a la luz de la luna; mesas compartidas por muchos; parejas enamoradas secreteando bajo las farolas de la ciudad; jóvenes articulando destrezas y suspiros en las idas y venidas frente al espejo; parques infantiles irradiando risas, juegos, corridas y gritos; escuelas abriendo sus puertas de par en par para lanzar a  las calles mareas juveniles que lo arrasaban todo oxigenando el aire y llenando de colorido las arterias y las vidas. La vida misma.

El viaje surgió de un día para el otro como la única alternativa de sobrevivencia en ese mundo que conocimos pero del cual deberíamos alejarnos para encontrar  el camino de la curva, el pico y el trazado…No sabíamos hacia dónde nos dirigíamos ni si podríamos regresar. El imperativo era partir y el encierro era el vehículo. El descenso estaba prohibido, la respiración controlada y filtrada y, según el protocolo de viaje, llevábamos unos frascos de un gel mágico con la prescripción de  frotarnos las manos todo el tiempo.

En el camino los ingresos a los pueblos estaban obstruidos por montículos de tierra, palos y piedras. A los costados se sucedían aldeas sitiadas, territorios desiertos,  ciudades fantasmas, casas de puertas y ventanas tapiadas. La noche y el día se asemejaban en la quietud y la vastedad del silencio aturdía durante las horas de luz y amedrentaba en la oscuridad. La vida se había aquietado al punto de casi desaparecer… pero seguíamos contando los kilómetros que superábamos siempre con la vista orientada hacia el pico y a la espera de la curva tras la cual, viviríamos de nuevo.

De tanto en tanto los voceros de los organizadores del viaje alertaban que pronto llegaríamos al pico  y después desembocaríamos en la curva y aprovechaban el momento para contarnos de las desgracias sufridas por aquellos que no habían querido emprender el camino o habían intentado retroceder. Unos y otros –decían- “están saturando las postas de reserva de oxígeno…” Aterrados ante la perspectiva de tener que necesitar algunos tubos y no tenerlos, cerrábamos los oídos a otras voces y permanecíamos en la senda…

Y en ella estamos aún. El trazado nos llevó a un cañadón al costado del cual acampamos para recibir el suministro de sustancias de protección. Nos las dieron a todos… y ahora nos dicen que podemos continuar el viaje solos, que luego de recibir todas las porciones de la mezcla salvadora (no nos dijeron cuántas serían) viajaremos más seguros… sin embargo, muchos de los que recibieron el compuesto han comenzado a caer descompensados en los precipicios circundantes y desaparecen rápidamente en la oscuridad de la noche antes de que los demás viajeros podamos notar sus ausencias.

La curva, el pico y los autores del trazado nunca  aparecieron…

Nielsen es cuentista, poetisa y compositora de música. Tiene varias publicaciones y participó en antologías.

Norma Nielsen

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