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Cabucho

domingo 14 de noviembre de 2021 | 6:00hs.
Cabucho

Cabucho había nacido en la selva a orillas del Urugua-í, en el hueco de una cancharana. Llegó al pueblo en trueque. El cambio fue hecho entre mujeres y, como es sabido, el caburé-í reniega de ellas.

Su legendaria plumita escondida bajo el ala izquierda, solo tiene poder entre los hombres. Para darles mujer y fortuna. Pero, generalmente, el hombre confunde la acepción de las palabras y, elementalmente, piensa en polleras y billetes. Entonces, es lógico que el bueno del pajarito no pueda cumplir su misión, ya que su profundo sentido está más allá de la comprensión de los hombres.

Como su nueva dueña viajaba, me pidió cuidárselo por veinte días. En la presentación, Cabucho me miró fijamente con ojitos de viejo. Su fealdad de bonsái lechuza se completaba con afiladas garras y pico encorvado. No me gustó, pero como el compromiso estaba aceptado, lo llevé con bastante mala gana.

Pobrecito mi querido Cabucho. Detrás de su fealdad escondía un corazoncito tan tierno y tan bueno, que mi pobre condición humana no supo descubrirlo en aquel primer careo. Pichón aún, le di libertad dentro de casa que la sobrevoló a fondo, posándose finalmente en mi hombro. Acariciándome la oreja con el pico, por sus silbidos mimosos pretendí creer que me aceptaba, y, también, mi nido. Su ala chiquita se extendió con la mía y fue él quien ganó mi amistad. Aunque no hablábamos el mismo idioma, nos comprendíamos. Cabucho no me exigió aprender a hablar en caburé, ni yo a él en hombre. Sentí vergüenza de haberlo visto feo y compararlo con una mini lechuza.

Cabucho –como todos los de su especie- era carnívoro. De noche hacen sus cacerías merodeando nidos y si tienen pichones, mejor. Por lo tanto, tenía prohibido andar suelto en el parque, al que solo accedía dentro de su jaula, volada en rasantes reconocimientos por los zorzales, acostumbrados a anidar y procrearse libremente entre las azaleas y jazmineros. Más tímidos, se mantenían a la expectativa los chingolos y los jilgueros. Cabucho seguía a todos prendido con sus garras a los infranqueables barrotes, con ganas de hacerlos almuerzo, girando su cabeza como calesita sin control. Para terminar con vuelos rasantes, expectativas nerviosas y mareos de Cabucho, lo volvía a sus fronteras bajo techo y la paz reinaba en el jardín.

Hacía piruetas patitas arriba, se encrespaba como gallina clueca y salía del encierro sobre mi brazo para agarrar con sus garras carne cruda de mis dedos y hartarse sin problemas.

Compartíamos el dormitorio. Yo en mi cama, él posado sobre la parte superior de la puerta entreabierta, hecho una bolita de plumas, hasta mi despertar. Entonces volaba a mi pie y desde ese atalaya comenzaba a contonearse recorriendo mi metro ochenta hasta la cabeza, sin perder el compás. Con pico y garras escarbaba suavemente mis cabellos y haciendo equilibrio sobre la frente me miraba fijo, terminando el saludo, todo encrespado, junto a la oreja. Le devolvía sus mimos rascándole la cabecita. Le gustaba y, feliz, quedábase quietecito, con los ojos cerrados, silbando a medio tono. Todas las mañanas nos intercambiábamos esa cuota de diez minutos de ternura. Si llovía, la alargábamos otros diez.

Para evitar cualquier accidente, al salir lo dejaba encerrado. Me silbaba al ruido de las llaves en los regresos, espiando mi entrada desde un rincón de la jaula. Le daba libertad, tras las consabidas patitas arriba, encrespadas, silbiditos y arrumacos en la oreja.

Nos queríamos tanto, que el plazo de la devolución se me hizo torturante. Y llegó. Triste, lo llevé enjaulado. Dije de su maravilloso comportamiento y lo dejé libre. Posado en mi hombro esquivó a su dueña con agresivos contoneos, arrimándose a mi oreja. Le sangró las manos a quien intentó acercársele, desgarró un cortinado, derribó un velador y entró a la jaula, arrinconándose furioso. Desconsolado, me fui. Al siguiente día la dueña fue a verme. Había resuelto regalármelo porque la atacaba sin piedad, negándose a comer.

El reencuentro fue conmovedor. Al oír mi voz voló por toda la casa, regresando con un trocito de carne en sus garras poniéndomelo entre los labios. Se arrebujó en mis manos, encrespado, con los ojitos cerrados, silbando quedamente.

Era tan chiquito que mis lágrimas le empaparon sus plumitas. Pero no le importó, porque sabía que eran de ternura. Me lo dijo con su corazoncito porque no sabía hablar en hombre. Y yo le entendí, aunque no hablaba en caburé-í

Iguazú 1981. El autor, que residió en Puerto Iguazú, nació en 1920 y falleció en Buenos Aires en 1998.

Alberto Caravaglia

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