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Taller literario

domingo 31 de octubre de 2021 | 6:00hs.
Taller  literario

Son relatos extraordinarios. Nos cuesta mucho superar los efectos de sus lecturas. Cada vez que el alemán lee uno en el taller, nos quedamos como zombies, y todo se prolonga por varios días y noches. El poeta Ceferino Miranda sólo emborrachándose hasta la inconsciencia logra reponerse, según sus propias palabras. La señora Lila y don Lisandro sufren insomnios invencibles. Para la mayoría de los talleristas las peores consecuencias son las pesadillas. El Chiche Miqueri me suele llamar por teléfono en plena madrugada, recién salido de un sueño horroroso engendrado unas horas antes en el taller. Desconozco recetas para disipar tanta angustia, por supuesto, pero al parecer la conversación telefónica lo ayuda un poco al Chiche. También en mí esos textos siembran horribles pesadillas. Me llenan el cerebro de agonías.

Don Otto Reiser apareció en el pueblo unos treinta años atrás, con su mujer doña Emilce y los dos primeros hijos. Ni el señor ni la señora Reiser cambiaron mucho desde entonces. El alemán ya tenía esas manchitas en la cara y completa su calvicie; su pequeña esposa ya se parecía a una muñeca por esa como máscara de cosméticos y pasmo que —bien se podría creer— tal vez la preserva del tiempo. El hombre ya cargaba con esas gruesas cejas blancas que producen un vivo contraste con la piel trigueña y los ojos celestes, su enjutez no perdió derechura. Poco después de que ocuparan el chalet contiguo al Centro Cívico, que alquilaron y más adelante compraron y en cuyo garaje el alemán enseguida instaló su relojería, doña Emilce informó en el vecindario que el señor Reiser había llegado al país huyendo de la guerra y que ambos se habían conocido en Santa Fe, de donde venían ahora. Pronto les nacería aquí el tercer y último hijo. Pronto la familia Reiser se integró al pueblo cuanto la natural reserva de un desterrado permite suponer. Por dar ejemplos, aunque se ganó al pueblo entero por clientela el señor Reiser jamás solicitó que se lo admitiera como socio en el Club Social, pero su esposa ejerció varios cargos en la Congregación de la Virgen. En fin, acabamos por sentir a don Otto como un vecino más, pese a su parquedad para el trato.

Ahora debo referirme a nuestro taller literario. Lo bautizamos “El Rincón de Polimnia” porque al principio sólo leíamos poesía. Los cuentos románticos del Chiche Miqueri, los capítulos de una novela infinita que la señora Lila escribe desde hace medio siglo sobre sus antepasados, y los editoriales que don Lisandro Arzuaga pergeña para su semanario “El Progreso”, determinaron poco después que lo llamáramos simplemente el taller literario. Empezamos cinco: el poeta Ceferino Miranda, la Neneca Gaúna, el Chiche Miqueri (que reemplazó sus versos de amor por sus cuentos desde cierto juicio cruel de Ceferino Miranda), la señorita Jazmín y yo. No sé bien si la idea se le ocurrió a la Neneca o al Chiche; ambos anduvieron juntos difundiendo la iniciativa. Desde la primera sesión nos juntamos en el salón municipal, que el Chiche consiguió con su primo el Intendente. El poeta Miranda asumió la dirección por unánime decisión de los otros cuatro fundadores y continuó dirigiendo el taller hasta hoy. Aunque con frecuencia el poeta nos hace la rabona, seguramente por obra de bebidas espirituosas, y otras veces concurre con lucidez sólo suficiente para permanecer sentado y a los cabezazos contra el sueño, su dirección no se discute, debido a su brillante trayectoria literaria, la cual incluye publicaciones en los diarios de la capital provincial. La señorita Jazmín concurrió tres meses nada más, hasta que sus males seniles la postraron para siempre. Llegó a leer unos ovillejos dedicados a unos santos. Sus funerales constituyeron la primera oportunidad para que el taller se mostrara públicamente; mandamos una corona pagada en partes iguales y la Neneca Gaúna leyó una oración fúnebre en representación del grupo. En la reunión siguiente se presentó don Lisandro Arzuaga, quien confesó no haber participado antes por su archiconocida enemistad con la señorita Jazmín, odio nacido de un remotísimo amor borrascoso. Ceferino Miranda saludó dicha incorporación como “un ejemplo de sublime humildad”, en consideración a la larga experiencia acumulada por el nuevo tallerista en el oficio de escribir. Hubo quien sintió tal saludo como una genuflexión del poeta tendiente a garantizar su espacio lírico habitual en el periódico de don Lisandro. Éste nunca falta, y cada jueves nos lee su editorial para la semana siguiente, sin dejar de recordarnos que el periodismo es también un género literario. Por la época en que se agregó don Lisandro ya habíamos cambiado el horario. Primeramente nos reuníamos los jueves al anochecer. En cuanto fijamos el horario de las veintiuna y treinta se sumó más gente. Siete personas, con don Lisandro. Dos comerciantes, que por sus negocios tenían el tiempo demasiado justo para concurrir al anochecer: el mercero Nassim, sonetista aceptable, y el boticario, que corrige y corrige unos acrósticos escritos en su adolescencia para una muchacha a la que amó desesperadamente. También se incorporaron por entonces cuatro mujeres. La del juez de paz, la del dentista y su prima la costurera fueron para espiar nada más. Se entusiasmaron con los chismes de las charlas preliminares, se aburrieron hasta los bostezos durante las lecturas y acabaron por abandonar el taller. María Antonia no. María Antonia resultó una revelación. Don Ceferino el poeta ha pronosticado un futuro glorioso para esa poesía profunda y dolorosamente sensual, angustiosamente erótica, que las malas lenguas del taller atribuyen a la añeja virginidad de su autora. Dice el Chiche Miqueri: si María Antonia conociera la cara de dios, chau poesía. María Antonia parece a salvo de estas maledicencias. Su semblante trágico, ojeroso, bello quizás antes de que su dueña se convirtiera en una solterona definitiva, no refleja el aquí y el ahora sino cuando ella saluda al llegar y al despedirse y cuando don Cefe la alaba.

Pero la mayor revelación del taller es don Otto. El alemán se incorporó hace un año y pico. Los primeros meses los pasó sin leer nada. Se sentaba y permanecía todo el tiempo escuchando, tieso, grave. Como aún hoy, no se comprometía con opiniones sobre los textos ajenos. Hasta que un jueves lluvioso que estábamos unos pocos pidió turno para leer algo propio.

Lleva leídos unos diez relatos. Uno mejor que el otro. Porque no se puede cuestionar semejante calidad literaria. Dostoyevski, Kafka, se dice en el taller, y ninguna comparación parece suficiente. Las pesadillas, las angustias, las depresiones y demás efectos que nos provocan esos textos prueban su valor literario. El problema es otro. Me explico, ya nadie duda en el taller de que, por su fuerza, dichos textos están fundados en vivencias personales y de que el punto de vista del narrador es el de uno de los verdugos. Además, si bien no hay ninguna expresión que identifique al narrador con los verdugos (loas a la raza aria, por ejemplo) tampoco aparece piedad hacia las víctimas. Y hay algo más, algo tremendo, que hoy también tenemos por cierto: el narrador no sólo pertenece al bando de los verdugos sino que está entre los jefes. Las narraciones contienen detalles elocuentes al respecto.

Pero qué literatura, qué literatura. “Amanecer en el campo de concentración”, “Los alaridos”, “Cuando llegan los trenes”, “El que encendía los hornos”, por citar algunos títulos, relatos imborrables, demoledores. Y don Otto lo sabe. Hay que verlo actuar en el silencio que sigue a su lectura, doblar los papeles con morosa solemnidad, pararse, arrojarnos un seco buenas noches, golpear suavemente los tacos y marcharse lento, con los celestes ojos todavía brillantes, algo todavía aflojándose en su aquilina nariz y sus mejillas, un rictus casi imperceptible en sus labios.

Los demás nos quedamos un rato sin hablar. Por fin nos levantamos y vamos saliendo entre balbuceos. Cada jueves se nos hace más difícil enfrentar los efectos de esos malditos relatos, más difícil volver a creer que tal vez el alemán nos miente, que tal vez él no sea el autor.

José Gabriel Ceballos

Ceballos es de Alvear, Corrientes. Ha publicado varios libros de poesía y de cuentos. Premio Peirotén de Poesía de Santa Fe (Argentina); en 1997.

El cuento está incluido en el libro El patrón del Chamamé, premio Educa 97 en Costa Rica.

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