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La bifurca

domingo 17 de octubre de 2021 | 6:00hs.
La bifurca

Frente al altar, con la imagen de un Cristo dando su vida por los hombres, se encontraba Denis, recitando una plegaria. Sus manos contenían un rosario, el cual se movía cada vez más a causa del pavor. Con cada oración los recuerdos lo lastimaban más y más. Claro que no lo quiso hacer, o al menos eso confesó cuando las autoridades se hicieron presente en el lugar.

La mañana en que ocurrió todo fue igual a las demás. Se levantó, preparó un mate amargo y se puso a ver el periódico. Le esperaba una ardua jornada laboral. Al finalizar de tomar su mate caminó hasta la sala y se fijó en un cartel que estaba pegado en la heladera que decía “miércoles 10 de junio cena con hermanos”.

Cuando salió del trabajo, fue hasta el supermercado a comprar algunos alimentos. Ese día irían a su casa sus hermanos. Hacía seis meses que no se veían. La última vez que estuvieron juntos la cosa no terminó para nada bien. Por una vieja discusión fue que casi terminaron a las trompadas.

Aseó la casa y preparó la sala en donde se ubicarían a mirar el partido. Porque ese día jugaba la selección por las eliminatorias. El primero de los hermanos en llegar fue Ernesto. Era el más parecido a Denis. De ojos marrones, tez trigueña y cabello negro opaco. Eso sí, Ernesto era de mayor estatura.

Denis trabajaba de gerente en un local comercial, su hermano mayor se dedicaba al taller de automóviles. Ernesto empezó a contar sobre su reciente separación con su esposa, quien había sido la manzana de discordia entre los hermanos. Para no ahondar en el tema, Denis se fue a cocinar, dejando a su hermano en la sala, con la televisión encendida.

Al pasar media hora llegó a la casa el otro hermano, Octavio. Este era el del medio, y siempre se caracterizó por ser el más extrovertido de los tres. Siempre andaba con una sonrisa en el rostro. Apenas ingresó a la casa pronunció unas palabras jocosas. Esa era su esencia. Los dos hermanos se quedaron mirando la televisión.

Octavio y Ernesto sabían que el menor de los hermanos preparaba platos exquisitos, pero que nunca le gustaba mostrar sus secretos culinarios. Las pastas le salían de maravilla, digna de un restaurant gourmet. Entre charla y charla, el ambiente hogareño se fue colando por cada rincón de la casa. Faltaba una hora para que empiece el partido. El periodista comentaba que iba a ser una noche muy dura para los futbolistas, ya que se enfrentaban al puntero, y de perder, quedarían fuera del Mundial. Cuando dijo estas palabras en la casa sonaron los murmullos, y el aliento no se hizo esperar. Tenían plena fe que esa noche sucedería algo mágico.

Con gran euforia Denis los llamó a la cocina, en donde ya había puesto la mesa para cenar unos deliciosos ravioles caseros. A los dos hermanos se les hizo agua la boca cuando vieron la comida. El aroma que despedía daba ganas de sumergirse de lleno a los días de infancia, en donde fueron tan felices.

Comenzaron a cenar entre anécdotas, vino tinto y buena energía. Se trató por todos los medios de evitar cierta conversación, que había provocado la bifurca entre los hermanos. Denis no probó un bocado, ya que no le gustaba cenar. Eso sí, compartió la mesa mientras bebía una limonada.

El nerviosismo se podía ver en el rostro de los jugadores, en el rostro de los hinchas, y en el de los hermanos, que estaban pegados a la pantalla. Un tiro libre que encajó en el poste derecho los sacó un suspiro acompañado de alguna que otra palabra. Faltaban solo diez minutos para que termine el partido. Todo indicaba que la selección se perdería el próximo mundial.

En el tiempo adicional, con la euforia y la impotencia, el hermano mayor soslayó a Denis, reprochándole que no hubiera ido hasta su casa. Que era “mufa”. Y entre los gritos del relator, apareció la recriminación que tanto estaban evitando… “¿Por qué me engañaste con Mariana?” y al pronunciar esto el ambiente se tornó tenso. El hermano del medio quiso apaciguar las aguas, pero era casi inevitable que la ruptura de los hermanos fuese para siempre.

Denis recibía las injurias del hermano mayor, insistiéndole en que todo era mentira, que jamás engañaría a su propia sangre. El pitazo final del árbitro coincidió con el portazo que lanzó Ernesto al salir de la casa. Al parecer no había vuelta atrás. Octavio no sabía qué hacer, para donde ir, había quedado en el medio de la discusión, y optó por retirarse casi inmediatamente.

Los días posteriores continuaron con la ruptura total. Ninguno de ellos llamó al otro. Pero todo eso cambió cuando sonó el teléfono de Denis. Habían pasado cuatro días de aquella noche. La llamada era algo imprevista y lo dejó anonadado. Desde el hospital una enfermera contaba que sus hermanos estaban internados.

No hubo tiempo para más, se estaban muriendo. Según los médicos se trataba de un veneno para rata. Inmediatamente fue detenido. Los policías realizaron una pesquisa exhaustiva en el hogar, en donde hallaron el maldito veneno para ratas. Estaba en la alacena, junto con algunas bolsas de harina y paquetes de azúcar.

En vano quiso resistir, su destino ya estaba escrito, al igual que el titular del periódico del día siguiente que decía “Hombre envenena y mata a sus hermanos”. A pesar de que juró no haberse dado cuenta haber colocado el veneno, lo cierto es que sus hermanos no regresarían, y el dolor lo cargaría por siempre, al igual que el Cristo en la cruz. Habían pasado varios años de aquella noche. Al pagar su condena recuperó la libertad. Sin embargo, como todas las noches, estaba nuevamente junto al altar para jurar que nunca se dio cuenta de la equivocación de frascos, sabiendo que nadie lo creía. Esperaba que lo escuche aquel hombre de ojos caídos que siempre estaba esperándolo con los brazos abiertos.

César Batista

El autor es profesor en Historia y miembro de la Sadem. Publicó el año pasado el libro «Plenilunio».

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